Baggio, Del Piero y Totti: la dolce vita

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Por Manuel Cobo.

Se ha retirado el último representante de una estirpe de artistas del fútbol italiano. Una especie en extinción. Il Trequartista. Il Grande Capitano de la Roma ha dicho adiós. El Olímpico lo despidió en una sencilla y emocionante ceremonia que nos recuerda el lado humano y bello del deporte.

Totti, mediapunta de talento exquisito y carácter difícil, pasará a la historia del fútbol por varios motivos: ha ganado un Mundial con La Azzurra, el Calcio y otros títulos domésticos, y sobre todo pertenece a ese selecto grupo de jugadores que siempre han jugado en un mismo equipo. Ha llegado un momento en el que un club grande como es la Roma se ha mimetizado con su capitán.

Totti ha hecho y deshecho, ha quitado y puesto entrenadores. Todas las decisiones que se tomaban en el club se consultaban primero con él, y lo mejor de todo es que tanto aficionados como club eran felices viendo feliz a su ídolo. La felicidad de una persona por encima de los intereses de un club. Un caso digno de análisis.

Pero la retirada del 10 es relevante también por otros motivos. Finaliza con él una era del fútbol italiano. Ese fútbol que a muchos les resulta aburrido, áspero, pedregoso y antiestético. Fútbol resultadista. Fútbol con cuatro estrellas mundiales encima de su escudo. Fútbol con marca registrada.

El primer recuerdo que tengo de la selección italiana es en el Mundial de 1994 celebrado en Estados Unidos. Los niños que vimos aquel torneo asistimos al canto del cisne de alguien que nuestros mayores nos decían que era un dios caminando entre hombres. Un tal Maradona.

Pero con el jugador con el que muchos nos quedamos, aquel que se nos quedó grabado en la retina, fue un liviano mediapunta con coleta macarrilla (tantas veces imitada en aquellos tiempos) que nos envió para casa en cuartos con una jugada de quilates y que después, en aquella final dramática, conocería la maldición de los penaltis.

Roberto Baggio se llamaba, y rebosaba clase por los cuatro costados. Los líderes de aquella Italia eran otros. La vieja guardia del imperial Milan de Sacchi. Quizás era por el contraste entre tanto defensa aguerrido y centrocampista peleón, el caso es que los que vimos algo especial en Baggio no nos equivocamos. No sabría decir cuántos títulos ha ganado.

Lo único cierto es que cuando lo he visto en un campo de fútbol me he quedado embelesado apreciando esa tranquilidad, esa sangre fría. Esa forma de moverse en el lugar donde los mediocentros de gancho carnicero y centrales de codos afilados no detectaban su presencia. O cuando lo hacían, ya era tarde.

Recuerdo incluso una pachanga en el Santiago Bernabéu en uno de esos partidos de viejas glorias donde el que más destacaba en cada control y caricia al balón era Il Divino.
Contemporáneo a su época era otro jugador de similares características que empezaba a dar sus primeros pasos. A diferencia de Baggio, que no tenía tanto apego a unos determinados colores, el jovencito Alessandro pronto despertó el interés de uno de los buques insignia de Italia.

En la Juventus de Turín, Il Pinturicchio creció, ganó, perdió, bajó a Segunda, volvió a subir y sigue siendo uno de los mayores ídolos de La Vecchia Signora. Su fugaz paso por Australia y finalmente la India, en la prórroga de su carrera, no emborrona en absoluto lo que este asistente, goleador en momentos decisivos, fantástico lanzador de faltas y líder dentro y fuera del campo ha sido.

Dueño del 10 de La Azzurra hasta que llegó Totti y luego fantástico 7 que consiguió goles inolvidables saliendo desde el banquillo. Que se lo digan a Alemania en su Mundial 2006. Uno de los mejores partidos de fútbol que servidor ha visto. Cannavaro, Totti, Gilardino y Del Piero. Eterna Italia.

Ahora nos quedamos huérfanos de renacentistas del balón. Ojalá pronto la tierra de la tetracampeona del mundo nos ofrezca otro jugador que rebose glamour. Esperamos con ansia el regreso de la dolce vita para deleite de nuestros ojos futboleros.

Fuente de la imagen: BioBioChile.

Juristas Desencadenados, 2017.

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Los dioses no quieren morir

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Por Manuel Cobo.

Al comienzo del primer Grand Slam del año, pocos daban (dábamos) un duro por esta final. Los aficionados siempre estamos deseando descubrir un nuevo ídolo, una nueva estrella mundial del deporte que nos encandile. Es algo natural, aunque contenga también un matiz de desagradecimiento hacia los que tanto nos han hecho disfrutar.

Cada aficionado tiene una o varias disciplinas deportivas que le gustan especialmente. Fútbol, baloncesto y automovilismo en mi caso. Pero cuando Nadia Comăneci aparece como una diosa de la perfección en los Juegos Olímpicos de Montreal 76, Ali y Frazier hacen temblar Manila o Alberto Tomba se desliza por Sierra Nevadael deporte se transforma en otra cosa. En epopeya y drama. En belleza. Quizás en eso tan etéreo que llaman arte.

Eso es en lo que se ha convertido el tenis desde que Roger Federer y Rafa Nadal se dedican profesionalmente a dar sartenazos a la pelota. Y cuando además se da la afortunada circunstancia de cruzarse en la pista, el síndrome de Stendhal se convierte en rutina. El asombro es costumbre juego tras juego y set tras set. Estos legendarios duelos, como los Celtic-Lakers de los 80, tienen la capacidad de trascender su propio deporte. Atrae al profano. Al que cuando le hablan de empuñadura universal o tie-break te mira como las vacas al tren. Dos jugadores que han conseguido que los Sampras-Agassi de mi infancia parezcan duelos menores. Y eso que ese período de la vida todo lo agranda.

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Hemos estado pendientes del reinado de Novak Djokovic —fantástico e impredecible jugador— y los récords que podía derribar. Hemos visto crecer y creérselo al escocés Andy Murray. Ver a otro suizo evolucionar a la sombra del amo del tenis —vaya mérito el de Stan Wawrinka— y a otros tipos resucitar de sus cenizas como el cañonero Juan Martín del Potro; por no hablar de Grigor Dimitrov, talentoso búlgaro de futuro esplendoroso.

Pero lo que se nos había olvidado de forma flagrante es que los dioses no quieren morir. Que los campeones no se pueden enterrar. Tantas veces hemos echado tierra sobre los mejores deportistas español y helvético de la historia que, a ellos, salir de sus tumbas a lo Beatrix Kiddo o Hugh Glass no les molesta.

Por mi parte, solo puedo decir dos cosas: perdón por no creer en los gigantes y gracias otra vez por esta década larga de deporte con mayúsculas.

Fuente de las imagen de cabecera: Vavel.

Juristas Desencadenados, 2017.

LeBron James: el jugador que nunca deja de creer

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Por Manuel Cobo.

LeBron «King» James nunca fue santo de mi devoción. No me llenaba el ojo. Todo lo que se escribía de él me parecía exagerado. Denominado «El Elegido», LeBron era un adolescente cuando ocupó portada de la revista Sports Illustrated. Se hablaba de su físico privilegiado, de su ambición descomunal y de que estaba llamado a marcar una época en el baloncesto estadounidense.

En el Mundial de Japón de 2006 (ha pasado una década…), de maravilloso recuerdo para los aficionados españoles, el de Akron protagonizó un sonoro fracaso junto con Dwyane Wade y Carmelo Anthony como principales estrellas. No vi en ese jugador nada más que unn físico tremebundo. Un jugador explosivo que anotaba mediante entradas a canastas indefendibles. Lo más parecido a un buldócer en un parqué. Chocar contra él era una mala noticia. Su tiro exterior, visión de juego, defensa o liderazgo aún eran aspectos manifiestamente mejorables.

En la temporada siguiente, la 2006/07, el alero de espaldas hercúleas consiguió lo impensable. Llevar a sus Cavaliers a una final de la NBA por primera vez en su historia. Para muchos, entre los que me incluyo, se trataba de un auténtico milagro. La derrota contundente ante los de Popovic y Duncan (el tiro a tabla sin ti ya no parece tan bello) fue inevitable.

Mientras la megaestrella evolucionaba en su juego, su equipo se quedaba estancado y caía en tres finales de conferencia frente al Big Three de Boston en dos ocasiones y con los Orlando Magic en otra. Aquellos sinsabores y su condición de agente libre provocaron que el jugador más cotizado del momento tomara la decisión de buscar un equipo ganador y conseguir al fin su ansiado anillo. Es aquí cuando su grado de impopularidad despegó definitivamente. Su presentación en Miami tampoco ayudó.

Aquellos Heat repetían la fórmula de tres estrellas que dio éxitos a Celtics y Lakers, y aún así no consiguió su objetivo al primer intento. A pesar de tener como compañeros a Bosh y Wade; Lebron volvió a toparse con un equipo texano. Los Mavericks de Nowitzki retrataron como pocos equipos las carencias de un jugador al que le faltaban recursos en ataque. En ello se aplicó durante el verano siguiente. Si algo ha demostrado esta fuerza de la naturaleza es que nunca se rinde. A pesar de la mofa, los memes, los símiles con la saga de Tolkien y demás creaciones de los anti-LeBron o meros aficionados al baloncesto con dosis de mala leche. Hasta la conocida firma de ropa deportiva supo sacar partido a este fiasco con algún spot marca de la casa.

En su etapa en el estado soleado, finalmente se impuso la capacidad de resiliencia del jugador todoterreno, que logró dos anillos consecutivos. El segundo ante los Spurs, consumando así su venganza. No obstante, al año siguiente, se repitió la final y los Parker, Ginóbili, Duncan y un nuevo perímetro joven que estaba fraguando Don Greg volvió a amargar al de Ohio.

Su balance era de dos anillos y cuatri finales en la etapa Miami. Cinco finales en el total de su carrera. Una estadística que otros históricos de la NBA sin título firmarían con sangre pero que, aun así, para la prensa y el propio James resultaba pobre. Y en ese momento de su carrera toma la decisión más arriesgada de su treyactoria. Volver a casa. A la ciudad que le llamó Judas. El lugar donde quemaban su camiseta. Pero poco le importó eso. Él tenía un sueño. Ganar con el equipo de su estado. Su voluntad de hierro, un puñado de refuerzos, y otra campaña de marketing sensacional hicieron el resto.

El hijo pródigo se reconcilió con sus vecinos y consiguió que sus Cavs regresaran a las finales. Lo que no entraba en los planes es que un tal Stephen Curry escoltado por un equipazo apareciese casi de la nada para amargarle la operación. Y sí, el pobre LeBron volvió a perder. Y también volvió a renacer de sus cenizas. Y con cambio de entrenador incluido a mitad de temporada Tyronn Lue aún no se lo cree logró al fin materializar un sueño largamente esperado. Por el camino también nos ha dejado enfrentamientos frente a España en los juegos Olímpicos de Pekín y Londres que han quedado en la retina del aficionado al deporte de la canasta.

En definitiva, el líder de Cleveland es un jugador capaz de participar en las cinco posiciones de la cancha, dar el máximo en el momento preciso en ataque y en defensa, ceder protagonismo a sus compañeros repartiendo juego. Se ha convertido en un jugador impresionante. El tipo de jugador que de primeras no te convence pero que te va ganando poco a poco. Un líder dentro y fuera de la cancha. No es Michael Jordan, ni Magic Johnson, ni Larry Bird. Tampoco Kobe Bryant o Tim Duncan. Incluso se puede admitir que Curry, Durant, George, Wade o Anthony pueden tener tanta calidad o más que él, pero dudo mucho que posean un corazón de campeón como El Rey.

Y es que aquel adolescente del que hablaba al principio del artículo ha cumplido gran parte de las expectativas. Pocos pueden decir eso. Es alguien que está marcando los actuales tiempos de la competición norteamericana y que sigue luchando encarnizadamente por evitar que los fabulosos Warriors, los siempre efectivos Spurs o cualquier otra sorpresa que pueda surgir impidan que su dimensión siga agrandándose. Dicho lo cual, creo que este año la final será la misma y ganarán los de Steve Kerr.

Fuente de la imagen: futbolytv.com.

Juristas Desencadenados, 2016.

De la Serna: el ministro que no te esperas

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Por Manuel Cobo.

Se ha celebrado desde las páginas más rosas de la prensa de Madrid la llegada al Gobierno de un paisano. Íñigo de la Serna, el flamante ministro de Fomento y exalcalde de Santander, ha irrumpido en el nuevo ejecutivo de Rajoy lo de nuevo lo digo simplemente por algunas carascon su porte de galán de telenovela y su fama de buen gestor de lo público. Ya incluso hay quien lo coloca en las quinielas de futuribles sucesores a corto plazo del presidente.

Al español no cántabro le resultará una figura un tanto desconocida, más allá de alguna aparición fugaz en una televisión de ámbito generalista con motivo de algún éxito deportivo. Efectivamente, espectador atento, era el tipo que salía detrás de Ruth Beitia y Laura Nicholls. Pero, más allá de alguna declaración protocolaria ocasional, quizá el compatriota extremeño se pregunte «¿qué tipo de ministro puedo esperar?». La amiga murciana, razonablemente informada, de igual forma puede asaltarle la duda de «¿ante qué clase de político me encuentro?».

Bien; sin ánimo de ser exhaustivo y con la optimista idea de que un ciudadano extremeño o una ciudadana murciana lean este blog; me voy a atrever a sintetizar sus datos más relevantes. Estos conocimientos son únicamente proporcionados por la cercanía de convivir en la capital de La Montaña:

El George Clooney cántabro, como ha bautizado erróneamente algún medio de la Meseta si a un actor famoso se da un aire es a Richard Gere de joven creció políticamente bajo el ala de Gonzalo Piñeiro. Otrora insigne regidor santanderino y también exsenador.
Una vez cogido el testigo, De la Serna ha estado al frente del consistorio de La Novia del Mar durante dos legislaturas con mayoría absoluta; siendo la actual, que acaba de dejar, la única en la que se ha visto en la necesidad de buscar el apoyo de otro grupo (Ciudadanos) para poder gobernar.

Se trata de un político que maneja bien el relato público y se mueve con agilidad en los medios de comunicación. Casi siempre es él el que lleva la iniciativa de la agenda política y maneja los tiempos como pocos. No obstante, hay que tener en cuenta que la presión mediática que se soporta en una capital pequeña no es la misma que la que debe aguantar un ministro.

Durante sus años al frente del consistorio, Santander ha experimentado una transformación importante. Transformación visible en forma de escaleras mecánicas en las calles más empinadas, rehabilitación de la zona más degradada del frente marítimo y, por supuesto, el gran proyecto estrella aún por acabar. El museo de la Fundación Botín diseñado por Renzo Piano. Estructura situada en una zona privilegiada de la ciudad y que promete ser un gran foco de atracción cultura y turística. Forma parte además de un proyecto más amplio. El denominado anillo cultural. (Publicidad: ya estáis tardando en visitar La Tierruca si no la conocéis aún). Le gustan las obras. Es indudable.

Pero no todos son luces. Aún no se tiene claro por estos lares si el Mundial de Vela fue un éxito rotundo o moderado, o un fracaso moderado o rotundo. Incluso conozco personas que no se enteraron de que semejante competición se estaba celebrando en la bahía de su ciudad. En determinados momentos, las sombras se han vuelto demasiado tenebrosas: la reciente sentencia del Tribunal Supremo que ha tumbado nada más y nada menos que el Plan General de Ordenación Urbana o el tristemente célebre caso Amparo. Aún hoy me pregunto si todo aquello fue necesario para construir un vial cuanto menos discutible que no parece haber aliviado mucho el tráfico de la zona.

Luces y sombras de un valor en alza en el Partido Popular y en el nuevo Gobierno central. No valoraré positivamente que no haya sido sujeto de ningún proceso judicial porque sería triste argumentar eso como un mérito en el currículo de un servidor público, más allá de que el panorama sea el que todos conocemos. Sí valoro que el máximo responsable de obra pública de España sea un ingeniero de caminos, canales y puertos. Veremos su desempeño. Ya ha hecho alguna declaración en la que afirma que las infraestructuras son una forma de vertebración del país. Verdad verdadera que dirían en cierto anuncio.

Estaremos atentos si esa vertebración a través de los proyectos que emprenda su ministerio cristaliza en unas mejores comunicaciones que aumenten las inversiones empresariales y en consecuencia también el empleo. Y, aunque suene provinciano, si de paso Cantabria consigue un tren del siglo XXI que pueda conectarnos con Madrid, en lugar del actual del XIX que se queda bloqueado en Reinosa por la dichosa catenaria, pues mucho mejor.

Fuente de las imágenes: El Diario Montañés y FEMP.

Juristas Desencadenados, 2016.

Un monstruo viene a aburrirme

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Por Manuel Cobo.

Advierto al lector que esta crítica puede estar contaminada por la agotadora promoción a la que la película que analizo se ha visto sometida. Ese aparato propagandístico de Telecinco ha podido influir en que la cogiera manía antes de verla. Ha habido un momento en estas semanas en que incluso las superproducciones de Marvel o DC parecían cine independiente al lado de semejante campaña. No obstante, y a pesar de la advertencia, intento destripar lo que me ha parecido la cinta, separándola del ruido generado a su alrededor antes del estreno en salas. Vamos a ello:

Juan Antonio Bayona había filmado anteriormente un gran debut con El orfanato y luego vino Lo imposible. Su ópera prima era una película atmosférica con ecos procedentes de Arenas de Iguña entre otras influencias. El cinéfilo de retinas desgastadas podía intuir que detrás de la cámara se encontraba un artesano. Un cineasta de género.

Con su segunda obra llegó el bombazo. El tsunami que inundó la taquilla y también los Goya. Un espectáculo visceral de supervivencia. Un entretenimiento y sufrimiento familiar digno de aplauso, pese a la escasa profundidad de su libreto. El cineasta catalán se situaba como un nuevo buque insignia de nuestro cine. Y recordaba también a sus compañeros de gremio que es posible emprender grandes proyectos con repartos internacionales. Algo que desde Amenábar parecía casi olvidado.

Ahora nos ocupa un monstruo. De nuevo, gran presupuesto, reparto internacional y efectos de primera para contar una historia sencilla. Nada que decir sobre esa combinación, puesto que en muchas ocasiones es la ganadora.

Sin embargo, durante el visionado tuve la sensación de que se repetían situaciones, que había excesivo subrayado y que, en general, la metáfora se podía visualizar a kilómetros de distancia. Lo suelto ya: el guion es muy pobre. No está acorde al resto de aspectos artísticos y técnicos. Y Bayona tampoco sabe disimularlo.

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«Juan Antonio Bayona, no es fácil ser tú».

Además, a pesar de ser una historia emotiva —busca la lágrima fácil sin rubor, hay demasiados tiempos muertos y faltan elipsis—, resulta un tanto fría. Quizás sea la factura anglosajona lo que contribuya a esa frialdad, que al menos yo intuí. Los actores cumplen sin más. Toby Kebbell aparece con cara de estar aún rumiando el fiasco de su Doctor Muerte en el reboot fallido de la ya de por sí fallida saga de Cuatro Fantásticos. El mejor intérprete para mi sorpresa fue el niño, Lewis MacDougall.

Y otra cosa que no puedo resistirme a comentar es la siguiente: el monstruo es un brasas. Sus historias para ayudar a elaborar el duelo al niño me aburrieron soberanamente. Por momentos pensé que era un psicólogo argentino, con perdón. Quizás es que soy un insensible o me pilló en un mal día.

El caso es que esta película sobre el poder de curación de la ficción o la imaginación como lugar donde refugiarnos de la cruel realidad ya se ha hecho en varias ocasiones hace no mucho. Donde viven los monstruos, de Spike Jonze, o El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, son superiores a esta cinta en ese ejercicio.

De todas formas, hay que seguir la pista de este pequeño y ambicioso cineasta porque pertenece a esa generación de realizadores españoles interesantes que no tienen miedo a emprender proyectos internacionales, como Paco Cabezas o nuestro paisano Nacho Vigalondo, entre otros. Veremos si el encargo jurásico de Spielberg le hace seguir creciendo como artista.

Ahora bien, si Liam Neeson lleno de ramas me obliga a decir que es lo que más me ha gustado de la filmografía de este director, me quedaría sin atisbo de duda con el piloto de Penny Dreadful.

Bayona no es ese genio que algunos nos han querido vender. No es Spielberg (ni Zemeckis, ni siquiera Abrams). No creo que se encuentre ni siquiera en el top 5 de directores españoles actuales. Y, desde luego, de esta última remesa de cine español, prefiero antes a hombres de mil caras, tardes de ira, Julietas e incluso olivos a monstruos de este tipo. Es lo bueno del cine. Toda obra artística está sujeta a debate y discusión. Lo importante es que te guste (o no) a ti.

Efectivamente, un monstruo viene a vernos. Lo hace cada vez que tenemos la desgracia de caer en cualquiera de los canales de Mediaset.

Fuente de las imágenes: Periodista Digital y Jot Down.

Juristas Desencadenados, 2016.

PSOE: año cero

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Por Manuel Cobo.

Un personaje femenino en Europa, de Lars von Trier, decía: «Alemania necesita que alguien la ame». Eso mismo creo que necesita el partido político más antiguo de nuestra historia. Después de 137 años el partido socialista obrero español asistió el sábado a un nuevo Suresnes. Es verdad que no era un Congreso y que el contexto histórico es distinto, pero a efectos prácticos para la organización es prácticamente lo mismo. Se viven días decisivos; el sábado 1 de octubre de 2016 lo fue, para el PSOE y la izquierda española en general.
Quizás haya analistas o incluso dirigentes que no sean conscientes de ese carácter histórico; sin embargo, las circunstancias así lo indican. La izquierda española, siempre tan volátil y fragmentada, ha vivido tras la crisis de 2008 que aún persiste en diferentes variantes cada vez más preocupantes (ya no es solo económica y social) el nacimiento de ese fenómeno que atiende al nombre de Podemos. Fenómeno larvado en la universidad, internet y en platós de televisión de medios de la derecha más dura. Paradójico país donde los haya este que nos toca habitar.

Ese fenómeno se observaba desde los de la rosa con extrañeza, indiferencia o, cuando menos, frialdad. Mientras Pedro Sánchez era aupado a la secretaría general gracias al apoyo de Susana Díaz; los Pablo Iglesias, Iñigo Errejón, Juan Carlos Monedero y compañía articulaban un discurso cercano a la calle indignada. El resto es historia.

Ahora, asistimos al reseteo del viejo PSOE. Nadie se atreve a pronosticar quien liderará el partido después de la gestora. Ni siquiera se sabe muy bien que legitimidad tiene este organismo provisional a la hora de establecer una postura respecto a la posible investidura de Mariano Rajoy. Los circunspectos tertulianos de diferentes tendencias auguran una abstención y una legislatura corta.

Pero ,más allá de eso. ¿cuál será el partido que encabece la izquierda española a partir de ahora? ¿Quién se pondrá enfrente de la derecha y la combatirá ideológicamente?
Cuando parecía que Podemos se resignaba a no culminar su asalto a los cielos y empezaba a enredarse de nuevo en debates internos, la olla exprés de Ferraz ha estallado en mil pedazos, dando a la formación morada un nuevo aire.

En Suresnes se redefinieron objetivos, programas y liderazgos. En general, nació un nuevo partido cuando más falta hacía para el futuro del país. Tengo serias dudas sobre si ahora las filas socialistas poseen una generación de políticos capaz de estar a la altura de una empresa semejante. Pero más les vale espabilar y no perder más el tiempo porque, a pesar de su carácter y personalidad como entidad, hemos visto caer imperios mucho más grandes. Y aquellos que se resquebrajan desde dentro resulta harto complicado reestructurarlos.

La palabra clave o leitmotiv tras el terremoto del sábado es coser. Ya pueden coger hilo y aguja porque tienen trabajo por delante. Consiguieron la cabeza del sorprendentemente firme y atrincherado Sánchez pero por el camino los barones, críticos o como queramos llamarlos han podido dejarse muchos girones de credibilidad en el asunto. El fantasma de la etérea UCD se puede aparecer en cualquier momento.

Juristas Desencadenados, 2016.

Ángel Viadero, el ilusionista

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Por Manuel Cobo.

Comenzó la temporada 2016/2017 del Racing de Santander en 2.ª B. Y el arranque no ha podido ser mejor en cuanto a números se refiere. Primeros de la tabla de nuestro grupo tras cinco partidos. Cuatro victorias y un empate fuera de casa. La mano del entrenador se empieza a notar. Y a los números hay que unir las sensaciones positivas. Es decir, los detalles tanto en el campo como fuera de él. No voy a caer en el símil fácil y hacer leña del árbol caído porque lo pasado ya no tiene arreglo.

Ciñéndome a la actualidad del viejo Racing, que es al fin y al cabo lo que nos importa, hay que decir que los fichajes parecen responder. Héber Pena desborda y aporta calidad. Aquino y César Díaz trabajan, buscan el apoyo y también la profundidad, y además se complementan bien con Coulibaly. Caye Quintana abre espacios y tiene movimientos de buen delantero. Se hace presión alta en fases del partido, combinadas con otras de repliegue y juego a la contra. A Granero se le ve con más galones que nunca, siendo el capitán una de las piedras angulares sobre las que se mueve el equipo. Existe cada vez más solidez defensiva. En definitiva, el equipo tiene buena pinta.

Pero de lejos, lo que más me está gustando de este ilusionante arranque es que el entrenador parece tener las cosas claras. Sus ruedas de prensa son didácticas. Tiene un tono amable pero sabe contestar y defender su filosofía cuando es preciso. El entrenador del Pontevedra puede dar fe.

Ha dejado alguna frase que por simple que parezca no me resisto a citar. El míster cántabro que dirige la nave verdiblanca hacía el ansiado ascenso suelta sin rubor alguno: «el fútbol es gol». Perogrullada máxima que de forma absurda algunos han puesto en segundo plano respecto a sacar el balón jugado desde el área pequeña.

En 2.ª B, ni las áreas pequeñas ni las grandes están para hacer triangulaciones. Aunque respeto a quien quiera hacerlo. Ojalá todos nuestros rivales adopten ese modus operandi y podamos recuperar el balón ahí arriba.

Lo malo de esta categoría infernal es que es larga como un día sin pan. E incluso puedes hacer una gran fase regular y luego fracasar en el play-off. O viceversa. Pero de momento, este equipo, aún en construcción y pendiente de ensamblar, está arriba. Siempre será mejor limar las imperfecciones con el viento a favor. Que siga soplando esa galerna y ojalá un míster cántabro sea profeta en su tierra.

La ilusión no debe cesar. Ya sea desde tribuna o desde la Gradona, aprovechemos esta corriente para que se convierta en marea imparable. Estamos dando los primeros pasos para volver donde merecemos. Sigamos animando. Sigamos ilusionados.

PD: Paco Fernández, eres grande.

Juristas Desencadenados, 2016.

Cantabria: la novena provincia andaluza

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Por Manuel Cobo.

Es algo ya común y habitual. La Feria de Abril se celebra en Sarón, Solares y otras localidades. Y en la Semana Grande de Santander los trajes de faralaes, los rebujitos, las sevillanas y demás folclore andaluz forma parte del paisaje y paisanaje. Vaya por delante que no tengo nada en contra de la tierra de Antonio Machado. Al contrario. Me gusta conocer e incluso celebrar tradiciones de otros lugares. Lo que llevo peor es asumir como propia la cultura de otro lugar, si además viene aparejada un desprecio a lo propio.

Solo en Cantabria se puede suscitar un debate sobre una bandera como el lábaro. ¿Os imagináis las mismas críticas sobre la incompatibilidad de ambas banderas en las comunidades limítrofes del norte? Yo tampoco.

Solo aquí, decir que hay que apoyar a los bolos o ir con albarcas y traje montañés puede acarrear que otro paisano te llame paleto, aldeano o epíteto semejante. Bailar ‘La Macarena’ en Puertochico, en cambio, es sinónimo de modernidad y buen gusto.

Confieso que no entiendo este fenómeno de autoflagelación y sentimiento de vergüenza por las tradiciones cántabras que sienten no pocos habitantes de La Montaña. Algo se estará haciendo mal. Sentirse orgulloso de ser pasiego, meracho, campurriano, castreño, pejino o de cualquier otra maravillosa localidad de nuestra comunidad no está reñido con bailar sevillanas. Claro que no. Pero la danza de Ibio también merece su sitio. Mucho más sitio. Y eso no es abundar en nacionalismos excluyentes. Irrelevante políticamente hablando en número de votos y presencia pública.

No pasa nada porque de vez en cuando se vea una banderola blanca y roja enorme presidiendo alguna rotonda de la capital. Un lábaro ya supongo que es mucho pedir. No nos hace menos españoles. No da alergia. Incluso se puede poner a Benito por la megafonía cantando. Tampoco pasa nada. Nadie va a votar más a un partido o a otro por semejante acto transgresor.

Abrazar sin temor lo que somos no debería verse como algo extraño en determinados sectores de la sociedad santanderina. Por poner un ejemplo.

La única manera de quitar ciertos complejos es así. Con naturalidad. Rindiendo homenaje a nuestro pasado y de vez en cuando intercalando una canción de Camarón a ‘La Fuente de Cacho’. Porque nuestros hermanos andaluces nos quieren y es una de las comunidades donde más cántabros residen. Esa en la que tantos jándalos hicieron fortuna. Y nuestros ases del bolo palma: Salmón, Óscar y compañía seguirán yendo al Torneo de Cádiz; pero tampoco hace falta que nos convirtamos de facto en la novena provincia de Andalucía.

Juristas Desencadenados, 2016.

La realidad supera a la ficción: el cine, fábrica de sueños y de pesadillas

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Por Raúl Carral.

Es curioso que, cuando se tiene que cambiar, modificar o derogar una ley para tipificar una actividad delictiva o aumentar las penas, es cuando ha producido un hecho tan grave que obliga a realizar alguna de las acciones antes mencionadas. Y vamos a ser francos, esto ha ocurrido sobre todo cuando se han producido las infracciones más graves a la sociedad y ello ha producido un claro rechazo social y político, lo que ha provocado una transformación normativa por parte de los gobiernos y el sistema judicial pero también un incremento de la conciencia social, en acciones que antes eran, para la mayoría social, insignificantes, pero que, tras la realización de un hecho de elevada gravedad, se convierten en delito y provocan un rechazo en los ciudadanos.

Y el cine ha sido desde luego una clara muestra de esta situación. Y con ello, algunos ejemplos, concretamente tres:

  • ‘Holocausto caníbal’:

En los años 70, Ruggero Deodato, un director italiano cuya trayectoria inicial empezaba con buen pie, al ser asistente de grandes directores de su patria, sufrió un cambio en su vida cinematográfica al dirigirse al pantanoso mundo del cine explotaition o de clase B, en ocasiones bastante bizarra. Y más concretamente, se dirigió al cine de caníbales, un subgénero gore caracterizado casi siempre por el siguiente esquema: un grupo de exploradores jóvenes se dirigen a explorar una zona donde hay tribus caníbales y tras una serie de desencuentros bastantes graves con los salvajes, terminan siendo asesinados de la forma más macabra posible, casi siempre por venganza de los indígenas por las continuas vejaciones de los exploradores. Y es aquí cuando debemos hablar de Deodato, y más concretamente su obra más conocida: ‘Holocausto caníbal’, película estrenada en 1980.

El director italiano Ruggero Deodato y cartel de su obra maestra.

Fuente: cinewalkofshame.com y gnula.nu.

Pero claro, expliquemos un poco de qué va el film, el cual no se diferencia especialmente de lo citado anteriormente: un antropólogo decide realizar una expedición para buscar a un grupo de exploradores que han desaparecido en la selva amazónica en una anterior incursión. Tras dar con el poblado de los salvajes, encuentra una serie de películas caseras, en las que los exploradores extraviados habían rodado su periplo selvático. Después de hacer un trueque con los salvajes y conseguir el material, vuelve a la civilización y visiona las cintas, donde encuentra auténticas locuras: violaciones, agresiones y hasta asesinatos de los exploradores a los salvajes y la posterior venganza de estos al observarse en las grabaciones como los exploradores son asesinados, mutilados y devorados por los indígenas.

Bien, aparte de los macabros descubrimientos, ¿cuál es el problema legal de esta película? En un principio, debemos hablar de la famosa teoría según la cual, los actores habían sido asesinados de verdad para provocar un mayor efecto y publicidad a la película, debido a que era una película tan real y con efectos especiales tan limitados que mucha gente, incluida las autoridades italianas se creyeron que estaban viendo una película snuff (muertes violentas reales grabadas en directo) y Ruggero fue condenado por asesinato de los actores, aunque al final se descubrió que todo era una campaña publicitaria para favorecer el morbo sádico de futuros espectadores, lo cual funcionó porque, aunque la película fue prohibida en más de 50 países y censurada en otros, arrasó espectacularmente donde consiguió estrenarse, convirtiéndose en un taquillazo y película de culto posteriormente. Pero este no fue el motivo por el cual se hizo tristemente famosa esta película y provocó consecuencias legales.

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Una escena bastante realista del film.

Fuente: cinefagosmuertos.com

Entonces, ¿por qué es conocida esta película y especialmente de forma negativa? Porque aunque no murieron personas en esta película, sí murieron animales. Y no estoy hablando de muertes accidentales, sino de auténticos festivales de barbarie sin sentido contra los animales. Y es que en esta película es destripada una tortuga viva, cortada la cabeza de unos monos, asesinadas arañas y ratas almizcleras y disparado un cerdo en la cabeza sin ningún motivo, ya que, entre uno de los muchos fallos de guion, la muerte de los animales se produce de forma dolosa y sin ningún sentido a la historia. Y si ya es deplorable matar animales de verdad y grabarlo, es todavía peor hacerlo sin motivo alguno.

Como es obvio, la muerte real de los animales no pasó desapercibida. Diversos espectadores, asociaciones ecologistas, protectoras de animales y partidos políticos echaron pestes del film por tal salvajada y fueron a pedir responsabilidades legales y judiciales a Deodato. Pero no se pudo hacer mucho, porque las leyes para la protección de los animales eran muy limitadas y más aún en espectáculos cinematográficos, por lo que, tras el escándalo surgido, se empezaron a regular los derechos y la protección de los animales en estos eventos en Italia, ya que se temía que el éxito del film animara a que aparecieran imitadores de este género y que se repitieran tal espectáculo dantesco en próximas cintas. Y no era este aviso algo baladí, ya que el género del cine gore caníbal empezó a extenderse en los años 80 y ‘Holocausto caníbal’ tiene el curioso récord de ser una película que tiene cuatro secuelas iguales (todas piratas, obviamente) las cuales quisieron aprovechar el morbo y éxito comercial de la primera.

El caso es que se consiguió algo bastante admirable: se empezaron a proteger los derechos de los animales con mayor esfuerzo, se aseguró su protección en los rodajes cinematográficos y empezó a desarrollarse una conciencia social con y para los animales en una época finales de los 70 en la que esta temática no estaba muy desarrollada aún. Y esto tiene su importancia porque en aquellos tiempos la protección de los animales en la industria cinematográfica (y en otros ámbitos) era básicamente inexistente y en otras películas anteriores a ‘Holocausto caníbal’, los animales si debían sufrir lesiones o hasta morir para grabar alguna escena de un film cualquiera una caza, una persecución en un safari, una escena bélica con munición que podría provocar lesiones o un wéstern de serie B, los animales eran obligados a actuar sin protecciones o seguridad alguna sin respetar su salud y descanso o incluso eran asesinados de forma real si se buscaba aumentar el realismo, con la característica que nadie le daba apenas importancia, porque eran escenas en otras películas más autorizadas, nada sanguinarias o violentas y consecuentes con el guion (por ejemplo, ‘La caza’ de Carlos Saura de 1966).

Es bastante irónico que la película más cruel rodada con animales haya sido una de las bases para proteger los derechos de los seres irracionales y evitar su maltrato, tortura y asesinato y evidentemente lograr acercar a la sociedad de aquellas tiempos una conciencia de protección animal que cada día, por suerte aumenta más.

Por último, y para intentar defender a Deodato (ardua labor la mía), decir que el director y actores de la película han manifestado su arrepentimiento tiempo después por el uso brutal de los animales en el film y que la película, bien analizada, podría ser un magnífico reflejo de la crueldad irracional del ser humano civilizado frente a la población indígena, que solo ataca para defenderse del hombre blanco cruel y tiránico por los abusos desproporcionados cometidos a aquella.

  • El caso Morrow:

Explicamos este caso. Vic Morrow era un actor de cine y televisión caracterizado por interpretar personajes secundarios malos o autoritarios debido a su aspecto físico. En 1981, con 52 años, pensaba en retirarse del cine hasta que Spielberg le ofreció rodar la película ‘En los límites de la realidad’, dirigida por diversos directores —entre ellos, John Landis, de la que Spielberg era productor.

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Vic Morrow en ‘Semilla de maldad’ (1955).

Fuente: Wikipedia.

Morrow aceptó encantado realizar la película, pensando que sería un éxito de taquilla y ayudaría a realzar su carrera y posterior retiro. Por desgracia, en una de las escenas finales ocurrió un terrible accidente. Morrow tenía que huir por el caudal de un río, sosteniendo a dos niños vietnamitas (Myca Dinh Le, de 6 años, y Renee Shin-Yi Chen, de 7) mientras detrás se producían una serie de terribles explosiones en un campamento vietnamita y con un helicóptero encima de los actores y a escasa altura de los mismos, por lo que era una escena de gran peligrosidad y a altas horas de la mañana, así que no parecía una buena idea su grabación, aunque se decidió rodarse finalmente al asegurar los especialistas que, a pesar del peligro, todo estaba controlado

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Los pequeños niños actores Myca Dinh Le y Renee Shin-Yi Chen.

Fuente: moviepilot.com.

Durante el transcurso de la escena, las explosiones fueron tan potentes que desestabilizaron el helicóptero y cayó encima de Morrow y los niños con fatales consecuencias. Morrow y uno de los niños fueron literalmente decapitados por las aspas del helicóptero y el otro niño murió por el peso del armatoste mecánico. Para colmo de males, la escena del horrible accidente fue grabada en directo por las cámaras.

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El helicóptero tras el accidente.

Fuente: traslascamaras.com.

La muerte de Morrow y los niños sacudió al público y obviamente se celebró un juicio contra Landis y el resto del equipo por negligencia y homicidio imprudente. Durante el proceso, se demostró que los niños actores habían sido contratados ilegalmente, lo que enturbió más la situación. Al final, Landis y el resto del equipo fueron absueltos, pero por medio de este caso se consiguió legalizar y mejorar las condiciones de seguridad en los rodajes con efectos especiales, se protegieron con más ahínco los derechos laborales de los niños actores menores de edad y se dio un claro aviso a Hollywood, porque con el boom de los filmes de acción y aventuras en los 80, ya se habían producido más accidentes de helicópteros y hasta 13 muertes de extras, las cuales habían pasado desapercibidas; pero el fallecimiento de un actor principal como Morrow en una producción del rey Midas de Hollywood sí provocó una llamada de atención.

  • El asesinato de Rebecca Schaeffer:

Esta actriz estadounidense, muy conocida en Estados Unidos por su papel en la serie de televisión ‘Mi hermana Sam’, falleció en 1989 a los 22 años, asesinada por un stalker o acosador, un desequilibrado mental llamado John Bardo. Y es que el delito fue muy fácil de cometer porque en ese tempo las leyes antiacosadores eran muy suaves y se consideraba a los fans insoportables como una carga personal que debían soportar los famosos y apenas se ofrecía protección a los mismos o a las personas acosadas en general.

Bardo estuvo acosando a la actriz durante trez años. Para colmo, mandó una carta de amor a Schaeffer y un encargado del club de fans de la actriz, se la respondió como si fuera suya, lo que provocó un anhelo mayor del stalker a la actriz, demostrando también el poco tacto social del club de fans, al considerar a Bardo como un simple enamorado y no como una persona que debería ser investigada, ya que tenía un largo historial de acosos a otras famosas y la carta era extremadamente posesiva. Tras ello, Bardo intentó dirigirse en un par de ocasiones al estudio en el que la actriz trabajaba, en una de ellas armado, pero fue rechazado por los guardias de seguridad, lo que fomentó su odio a la actriz por tal rechazo de los miembros de seguridad.

Rebecca Schaeffer y John Bardo.

Fuente: alchetron.com y criminalia.es.

Al ver que sería muy difícil conseguir hablar con ella en el estudio, Bardo decidió buscar su domicilio. Para ello, contactó con un detective que le brindó la dirección de la actriz, la cual fue conseguida simplemente sabiendo el número de la matrícula de coche de Schaeffer y con una simple llamada al departamento de tráfico el Departamento de Vehículos Motorizados, el cual le dio la información al detective sin apenas problemas y este a Bardo.

Armado con una pistola, y ya sabiendo su dirección, el acosador se dirigió a casa de su futura víctima. En un principio, Schaeffer, tras hablar con él un rato, le rechazó amablemente y le pidió que no volviera a hacerlo, a lo cual aceptó; pero tiempo después Bardo volvió a la residencia de la actriz y al abrir esta de nuevo la puerta, Bardo le disparó a quemarropa y huyó. Los servicios médicos atendieron a Rebecca pero nada se pudo hacer por su vida. Bardo fue detenido tiempo después, confesó el delito, de una forma totalmente tranquila y despreocupada y con todo lujo de detalles, y fue condenado a cadena perpetua.

Al igual que la muerte de Morrow, la de Schaeffer fue muy criticada, por lo que el sistema judicial y legislativo americano jugó su carta ante la gravedad del tema y la posible repetición de delitos similares por imitadores. El acoso pasó a convertirse en un delito más grave, se aumentó la protección a las víctimas de los delitos de acoso y se endureció la ley de protección de datos en muchos registros para que estos no puedan ser entregados a cualquier persona, favoreciendo la privacidad e intimidad total de los registrados.

Como se puede ver, la realidad supera a la ficción. El escándalo provocado por estos hechos tuvo al final una buena consecuencia. Motivaron a los legisladores a moverse, trabajar y sobre todo tomarse en serio actividades ilícitas que antes pasaban desapercibidas. Pero ojo, no sólo a los legisladores, la gente empezó a involucrarse más en evitar este tipo de actividades tras el shock recibido, es decir, despertó una conciencia social que sería muy recomendable que vuelva a aflorar en los tiempos actuales.

Fuente de las imagen de la cabecera: moviepilot.com.

Juristas Desencadenados, 2016.

Tras las huellas de la alienación social

(Reflexiones en torno al espectáculo y la sociedad de consumo)

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“El consumo es un mito. Es decir, es una palabra de la sociedad contemporánea sobre sí misma, es la manera en que la sociedad habla de sí. Y, de algún modo, la única realidad objetiva del consumo es la idea del consumo, es esta configuración reflexiva y discursiva, retomada indefinidamente por el discurso cotidiano y el discurso intelectual, y que ha adquirido fuerza de sentido común”.1

Jean Baudrillard, ‘La sociedad de consumo’ (1970).

Por Guillermo Caloca.

¿Qué significa y qué implicaciones tiene estar alienado? ¿Qué mecanismos operan en este fenómeno contemporáneo de masas? ¿Contamos con herramientas para explicar, criticar y poder analizar la alienación? ¿Dónde y de quién o quiénes podemos rastrear elementos para comprender su naturaleza y causa? Sobre la base de este tipo de interrogantes planteados pretende el presente escrito ahondar en un breve y modesto análisis, abierto a la discusión, acerca del problema endémico que aqueja a la población de las democracias burguesas más avanzadas, en donde está reconocida formal y aparentemente la libertad de expresión y de pensamiento, pero paradójicamente los sujetos no tienen opiniones propias, no tienen pensamiento crítico ni demasiadas posibilidades de adquirirlo, ni saben qué hacer con su libertad. Basta decir, de antemano, que este escrito no tiene pretensiones de abordar la cuestión del cómo superar la alienación social puesto que tal tarea requeriría mayor tiempo y espacio y porque debería ser más una tarea práctica que teórica. Lo que aquí se analiza críticamente parte de una premisa aterradora que se da en la realidad social del tiempo histórico en que vivimos: el hecho de que nunca tantos fueron alienados por —y en beneficio de— tan pocos. Se trata de profundizar, subvirtiendo las apariencias, en el porqué y en el cómo de este fenómeno.

Cuando el joven Karl Marx tenía 26 años trató de analizar críticamente la categoría de enajenación humana o alienación en sus llamados Manuscritos económico-filosóficos. Según Marx, esta enajenación o alienación se origina y se manifiesta por medio de la relación social del trabajo y la naturaleza que éste tiene en el capitalismo: es un trabajo forzado, en donde los trabajadores no se afirman sino que se niegan en él en tanto que los productos del mismo no les pertenecen, y el tiempo que se dedica al trabajo no son horas felices sino desgraciadas durante las cuales el trabajador:

“[…] no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. […] Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste”.2

Así pues, la alienación surge, en un primer momento, en el ámbito del trabajo, en la producción. Sin embargo, en la sociedad del siglo XXI, especialmente en Occidente, se han desarrollado formas mucho más complejas y sutiles de alienación social que se extienden más allá de la relación laboral, de la esclavitud asalariada. En la medida en que los avances científicos y técnicos, el desarrollo de la maquinización y el subsiguiente incremento de la productividad laboral y la sobreproducción de mercancías a nivel mundial se fueron multiplicando a lo largo de todo el siglo XX, se fue generando, cada vez más, una ingente masa de población superflua, que ya no era necesaria ni rentable para las exigencias de la acumulación y la competencia capitalistas; el sistema estaba sustituyendo, en forma de progreso técnico, fuerza de trabajo (cualificada y no cualificada) por medios de producción más perfeccionados, más rentables y útiles que los propios trabajadores. El sistema va necesitando cada vez menos trabajadores, expulsándolos del ámbito del trabajo no sólo temporalmente sino, en muchos casos, para siempre:

“[…] carecer de un puesto de trabajo se percibe cada vez más como un estado de «redundancia» (ser descartado, etiquetado como superfluo, inútil, incapacitado para trabajar y condenado a permanecer «económicamente inactivo»). Estar sin trabajo implica ser prescindible, quizás incluso ser prescindible para siempre, destinado al basurero del «progreso económico», un progreso que, en última instancia, se reduce a realizar el mismo trabajo y conseguir idénticos beneficios, pero con menos personal y «costes laborales» inferiores”.3

Este «ejército industrial de reserva» del que hablaba Marx, continúa hoy engrosando sus filas indefinidamente. Aquí es donde surge la necesidad de crear e incentivar una cultura del ocio o incluso una industria cultural, como la llegó a calificar la Escuela de Frankfurt, para mantener a todo esa población innecesaria entretenida, calmada con promesas de evasión o de felicidad para que obedezcan y al menos consuman, ya que las dificultades del capitalismo ya no son tanto cómo producir muchas mercancías, sino venderlas y convencer a los consumidores de que realmente las necesitan.

En la sociedad actual del siglo XXI, donde las imágenes, las pantallas, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y la televisión gobiernan con férrea autoridad la totalidad de la vida social, sigue plenamente vigente la formulación de Guy Debord —más vigente aún, si cabe, que cuando lo escribió a finales de los 60 para analizar y describir con bastante acierto el grado de alienación y deshumanización al que llega nuestra civilización. El concepto que utilizó fue el de «sociedad del espectáculo»:

“El espectáculo, entendido en su totalidad, es al mismo tiempo el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento del mundo real, una decoración sobreañadida. Es el núcleo del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares —información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo actual de vida socialmente dominante. Es la omnipresente afirmación de una opción ya efectuada en la producción, y su consiguiente consumo. La forma y el contenido del espectáculo son, del mismo modo, la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. El espectáculo es también la permanente presencia de esta justificación, en cuanto ocupación de la parte primordial del tiempo de vida que transcurre fuera del ámbito de la producción moderna. […] La realidad vivida se halla materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, […] la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sustento de la sociedad actual”.4

Por tanto, en la sociedad existente la alienación social, analizada por Debord, ha conquistado el terreno del ocio, del tiempo libre, es decir, aquel espacio de tiempo que le quedaba al trabajdor como libre para dedicarse a sí mismo, a su autorrealización personal, al libre desarrollo de su personalidad, al cultivo de sus amistades, su creatividad, su espíritu, su descanso. Actualmente, en cambio, toda una industria del ocio, del entretenimiento, entra en forma de ruido en nuestras casas por los televisores y lo hace a gritos o en nuestras cenas y reuniones con amigos o familiares mediante la omnipresencia de pantallas, de sonidos, de imágenes, de esas mercancías de alta tecnología que son nuestros SmartPhones, de las fiestas y eventos sociales cuyo sentido y función no se entienden sin el exceso, sin el despilfarro material, sin el hiperconsumo, sin la excrecencia que como la canción de los Rolling no consigue ni puede conseguir la satisfacción. Es la lógica de la mercancía del criterio cuantitativo a ultranza que invade el ocio, el tiempo libre, hasta aniquilarlo convirtiéndolo en un espectáculo que “no conduce a ninguna parte sino salvo a sí mismo”5. En este sentido, lo que importa recalcar de la alienación social que impera y se reproduce por el capitalismo cobrando forma de espectáculo, de sociedad de consumo, de pensamiento único, etc. es que no tiene nada de inocente ni de neutral, ya que está siendo fomentado y puesto en marcha por la clase dominante. Si la alienación social se agudiza y cobra formas tanto más seductoras, sutiles y perfeccionadas cuanto más se desarrolla la técnica, la explotación y precariedad laboral, la industria cultural y del ocio que embrutece a las masas es tan sólo porque favorece a los intereses e ideología de la clase capitalista, conformando en las masas una falsa conciencia, una inversión de lo real, difundiendo entre ellas el modo de vida de la burguesía como ideal para toda la sociedad y ocultando la inconciliabilidad de los intereses de las clases sociales en lucha.

Al no encontrar el sujeto ni la autorrealización, ni la satisfacción, ni la felicidad en el trabajo forzado, ni en el ocio mediado por la lógica de la mercancía que se revela a todas luces insatisfactorio, las masas acaban entregándose a las formas más básicas, degradadas, brutales, banales y superficiales de evasión, de desconexión con el mundo real, profundizando en su alienación adoptando una conducta autómata que se confunde con la del animal:

“De esto resulta que el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la habitación y al atavío, y en cambio en sus funciones humanas se siente como animal. Lo animal se convierte en lo humano y lo humano en lo animal. Comer, beber y engendrar, etc., son realmente también funciones humanas. Pero en la abstracción que las separa del ámbito restante de la actividad humana y las convierte en fin único y último son animales”.6

No es tan solo que se dé esta inversión de las funciones humanas y animales, como señala Marx, sino que dentro de la categoría de lo humano, el estado alienante de sí mismo, conforma a un sujeto consumista degradado a su condición más infantil, se normaliza la conducta del eterno adolescente caprichoso, inseguro, que no se conoce a sí mismo ni entiende del todo el mundo que lo rodea aunque finge entenderlo, que es ignorante aunque finge saber lo que no sabe, que está desinformado pero trata de hacer ver estar a la última, fruto todo ello de una interiorización en su estructura del carácter de la lógica competitiva con sus iguales consumidores. Tal es el tipo de sujeto imperante que brutalmente se manifiesta a través de las diversas formas de alienación social.

La madurez y el adulto han muerto; la ideología del consumo homogeneiza a la sociedad en una masa honda y profunda de adolescentes consumistas compulsivos. Instalado en la brecha abierta entre el rechazo a la niñez y el miedo o desprecio a la tercera edad, el adolescente como agente social en las relaciones de consumo —caracterizado por los rasgos de narcisismo, rebeldía, la satisfacción inmediata y caprichosa de sus deseos individuales, la búsqueda de «ser verdaderamente uno mismo», etc.— opera, aun sin ser consciente, en base a las mismas premisas de una sociedad de consumo de la que, en principio, se quiere diferenciar, en tanto que participa de las mismas motivaciones psicológicas que quienes venden, publicitan, promocionan, etc., productos y servicios de consumo. Así pues, las pretensiones de diferenciación son un eficaz instrumento medial y congruente que logran una identificación con la ideología del consumo, vinculando recíprocamente a los consumidores con los productores y, por ende, a ambos dentro de la totalidad.

Y es necesario el matiz: ideología consumista no necesariamente quiere decir comprar mucho y/o gastar mucho dinero. No se trata de una mera cuestión de cantidad. Se trata más bien de la inserción en el carácter y en la actitud de aquello que Baudrillard denomina la «lógica del signo», es decir; valorar los objetos no por su valor de uso —y ya ni tan siquiera por su valor de cambio—, sino por un status asignado socialmente a los objetos de consumo, de tal suerte que el adoctrinamiento deviene en modo de vida ideal, referente, vale decir, dominante. Dijérase, en palabras de Gramsci, que deviene en hegemonía cultural (de consumo, específicamente).

Cabe entender que la aceptación de este valor de signo de los sujetos con respecto los objetos es tributaria de la ideología de la clase dominante burguesa y que la normalización de esos signos (ideológicos) opera eficazmente desde los aparatos ideológicos del Estado de que dispone la clase dominante. Y aquí cabría hablar de todos aquellos valores socialmente conceptuados como positivos dentro de la cultura (hegemónica) del ocio y del espectáculo, aprovechados por el sistema ideológico de consumo para crear nuevas «necesidades» al consumidor medio y normalizado (aquel que se inserta en las clases subalternas), haciéndole creer que es soberano, que realmente decide y define o conforma libremente dichas «necesidades», cuando en realidad “ya no trabajamos para nuestras necesidades, sino para el capital. El capital genera sus propias necesidades, que nosotros, de forma errónea, percibimos como propias”7. Al estar la lógica de la mercancía ampliada a todos los ámbitos de la vida social, todas estas «necesidades» particulares, tomadas una a una, son irrelevantes en su deseo de ser «satisfechas», puesto que se encuadran en un sistema de pseudonecesidades donde ya no impera el valor de su uso, de su goce, sino la lógica del deseo o consumo. Ya no estamos hablando de un deseo de consumo, sino más bien de un consumo del deseo, que es permanente, ilimitado, insatisfactorio, incompleto, sustituible a cada momento por un nuevo objeto, socialmente fetichizado. Es la obligación (¿dictadura?) —desde la ideología del consumo— de gozar, de ser feliz (análoga a la obligación de trabajar y producir), de la cual nadie debe sustraerse, pues en tal caso se le recordará al consumidor que ya no tiene derecho a ser feliz; «es un antisocial». En esa imposición del goce, de la diversión, de la «fiesta» se evidencia la denegación de la satisfacción del deseo. Lo que hay es una continua reproducción del espectáculo sostenida por el temor a «perderse» algo (cualquier instante de «diversión», lo que sea). Por ello, más que de «evasión» (hacia un afuera) sería más preciso hablar aquí de encierro (hacia dentro); el objeto de consumo que aísla y vuelve a las muchedumbres solitarias. Esta especie de diversión por imposición se torna, de este modo, en un aburrimiento endémico que reproduce la insatisfacción social crónica.

De este modo, se venden y promocionan las promesas (valores) de «felicidad», de «evasión», de «fiesta», promesas de «eterna juventud», de «autorrealización», «autoperfección», etc, que no sirven, pues, a otro fin que a la perpetuación de la falsa conciencia por excelencia; el dominio total sobre la vida social del espectáculo debordiano, de la sociedad unidimensional marcusiana; la clara ratificación de la hegemonía burguesa —imbuyendo a la clase proletaria de una conciencia antagónica a sus intereses— en el terreno ideológico de la lucha de clases.

Así pues, en ese marco general hecho a medida de ese sujeto unidimensional de Marcuse —o automático, que diría Jappe—, la ideología del consumo trasciende más allá de los meros hábitos y actitudes puramente personales, esto es; tiene implicaciones en el plano político en el sentido de que reproduce la autoalienación, en el sentido de que, aparentemente, enquista la lucha de clases en una suerte de espectáculo permanente donde el votante y el consumidor participan de la misma lógica del consumo, tal como señala Byung Chul-Han:

“La libertad del ciudadano cede ante la pasividad del consumidor. El votante, en cuanto consumidor, no tiene un interés real por la política, por la configuración activa de la comunidad. No está dispuesto ni capacitado para la acción política común. Sólo reacciona de forma pasiva a la política, refunfuñando y quejándose, igual que el consumidor ante las mercancías y los servicios que le desagradan. Los políticos y los partidos también siguen esta lógica del consumo. Tienen que proveer. De este modo, se degradan a proveedores que han de satisfacer a los votantes en cuanto consumidores o clientes. La transparencia que hoy se exige de los políticos es todo menos una reivindicación política. No se exige transparencia frente a los procesos políticos de decisión, por los que no se interesa ningún consumidor. El imperativo de la transparencia sirve sobre todo para desnudar a los políticos, para desenmascararlos, para convertirlos en objeto de escándalo. La reivindicación de la transparencia presupone la posición de un espectador que se escandaliza. No es la reivindicación de un ciudadano con iniciativa, sino la de un espectador pasivo. La participación tiene lugar en la forma de reclamación y queja. La sociedad de la transparencia, que está poblada de espectadores y consumidores, funda una democracia de espectadores”.8

Lo patológico de esta sociedad capitalista, en lo que concierne al carácter de los explotados y oprimidos por el sistema, transita en la contradicción entre esa pasividad moderna del espectador y del votante y la frenética actividad impuesta al trabajador-consumidor que termina por degenerar, cada vez más, en un tipo de sujeto (sujeto en el sentido de estar sometido) que es el esclavo ideal —al que sobre el papel, formalmente, se le reconoce un elenco de derechos y libertades— que se caracteriza por ser apático, desgastado por el cansancio, desorientado por la desinformación, hipnotizado por las modas, seducido por la publicidad, codicioso y devoto del dinero; sometido a lo que manda la tribu, arrogante dentro de esa errónea seguridad de sí mismo que da el estar alienado; débil con los fuertes, fuerte con los débiles; ultraindividualista, fanático de los deportes y los estadios; profeta especializado en banalidades e ideas intrascendentes, narcisista, egocéntrico, gregario; consumidor de las mitologías del momento más inmediato, sin memoria, racista y misógino, etc.

Desde la irracionalidad de su racionalidad, que diría Marcuse, el sistema, a fuerza de promocionar y explotar la libertad (de consumo, de elección, etc.) acaba generando, paradójicamente, reflejos de sumisión y coacción imperceptibles:

“El rasgo distintivo de la sociedad industrial avanzada es la sofocación efectiva de aquellas necesidades que requieren ser liberadas —liberadas también de aquello que es tolerable, ventajoso y cómodo mientras que sostiene y absuelve el poder destructivo y la función represiva de la sociedad opulenta. Aquí, los controles sociales exigen la abrumadora necesidad de producir y consumir el despilfarro; la necesidad de un trabajo embrutecedor cuando ha dejado de ser una verdadera necesidad; la necesidad de modos de descanso que alivian y prolongan ese embrutecimiento; la necesidad de mantener libertades engañosas tales como la libre competencia a precios políticos, una prensa libre que se autocensura, una elección libre entre marcas y gadgets. […] La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación. Y la reproducción espontánea, por los individuos, de necesidades superimpuestas no establece la autonomía; sólo prueba la eficacia de los controles”.9

Referencias:

1. BAUDRILLARD, J.; La sociedad de consumo, Siglo XXI, 2ª edición, 2011, pág. 247.

2. MARX, K.; Manuscritos de economía y filosofía, Alianza Editorial, 3ª edición, 2013, pág. 139.

3. BAUMAN, Z.; Tiempos líquidos: vivir en una época de incertidumbre, Tusquets Editores, 4ª edición, 2013, pág. 101.

4. DEBORD, G.; La sociedad del espectáculo, Pre-textos, 2ª edición, págs. 39 y 40.

5. DEBORD, G.; op. cit., pág. 42.

6. MARX, K.; op. cit., págs. 139 y 140.

7. BYUNG-CHUL, H.; Psicopolítica, Herder, 1ªedición, 2014, pág. 19.

8. BYUNG-CHUL, H.; op. cit., págs. 23 y 24.

9. MARCUSE, H.; El hombre unidimensional, Ariel, 1ª edición, 2010, págs. 46 y 47.

Juristas Desenadenados, 2016.