Entrevista a Francisco Carral

Decidimos realizar una entrevista a Francisco Carral, abogado y profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Cantabria, sobre su experiencia como docente universitario, su labor como letrado y el mundo jurídico en general.

Por Manuel Cobo y Juanjo Gutiérrez.

Juristas Desencadenados: ¿Te preocupa la opinión que tiene la ciudadanía de la profesión de abogado, de los jueces y de la justicia en general?

Francisco Carral: La mala fama de los juristas y la Justicia en general es tan antigua como la civilización. Ya decía Platón que la Justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte.

Su misión es tan difícil —dar a cada uno lo que se merece, nada menos— que es natural y comprensible que sea denostada, pero no percibo que sea este un momento especialmente difícil. Al contrario, creo que los jueces se han colocado del lado de los ciudadanos en muchos de los graves problemas que la crisis financiera ha provocado: productos financieros, ejecuciones hipotecarias, protección a los consumidores…

J. D.: ¿Crees que están justificadas algunas críticas o que se basan en tópicos y estereotipos falsos?

F. C.: Naturalmente, hay muchos aspectos del funcionamiento de la justicia que deben mejorarse, especialmente su inadmisible lentitud.

Pero también hay muchas críticas fruto de la ignorancia. Si recordáis, yo os conté en clase un ejemplo ilustrativo. Un titular de un periódico criticaba, con encendida indignación, a un juez por haber considerado que un reo no había actuado con ensañamiento, pese a haber asestado más de treinta puñaladas a su víctima. El Derecho es una disciplina muy técnica, especialmente el Derecho Penal y el ensañamiento es una agravante consistente en incrementar de manera innecesaria el sufrimiento de la víctima. En el caso de la noticia, el forense certificó en el juicio que la primera puñalada ya fue mortal y que las restantes fueron, por tanto, inocuas, por lo que, técnicamente insisto, no podía dictaminarse que había ensañamiento.

J. D.: Entrando en materia. ¿Qué tipo de asuntos sueles llevar? ¿Cómo es el día a día de un abogado en el despacho y en los juzgados?

F. C.: Sobre todo asuntos en el orden jurisdiccional Civil y Mercantil, pero también contencioso-administrativo y  social y, en menor medida, penal.

El régimen de trabajo de un letrado está marcado por los señalamientos judiciales. Los letrados pasamos las mañanas en los juzgados, celebrando vistas, comparecencias…y por las tardes recibimos a los clientes, hablamos con los compañeros o nos dedicamos al estudio de los asuntos y la redacción de los escritos forenses.

J. D.: ¿Cree que en España debería existir libertad absoluta para testar o por el contrario le parece bien la actual regulación?

F. C.: En mi modesta opinión, el sistema actual de legítimas sucesorias carece de sentido. Tiene su origen en el Derecho Romano, en una sociedad totalmente distinta a la de hoy. Entonces, con una esperanza de vida mucho más baja, su fundamento era proteger al núcleo familiar cuando faltara el patriarca.

En nuestros días, lo normal es que cuando fallecen los progenitores, sus familiares tengan una edad en la que ya sean independientes económicamente, por lo que esa finalidad de protección pierde su razón de ser. Debe, pues, darse libertad al testador y si tiene unas relaciones familiares normales, sin duda dejará su patrimonio a sus descendientes, pero si no es así, debe tener libertad absoluta para decidir.

Creo que esa tendencia se va imponiendo y el Tribunal Supremo va girando a una interpretación correctora de la desheredación, siendo cada vez menos restrictivo a la hora de admitirla.

J. D. Nos consta que algunos despachos y bufetes ya incluyen servicios de mediación para procesos de separación y divorcio. ¿Crees que es una buena herramienta y que a la larga se impondrá al pleito?

F. C.: Todo letrado que se precie de serlo, te dirá que el pleito es la solución extrema, como la cirugía en la medicina, que debe evitarse siempre que sea posible. Cualquier sistema de solución de conflictos basado en la autocomposición, es decir, que sean los propios interesados quienes solventen sus discrepancias —aun con el apoyo de un mediador— debe merecer nuestro apoyo.

J. D.: Personalmente como vives tu profesión. Antes de entrar a la sala del juzgado, ¿Tienes miedo? ¿Estás nervioso? ¿los nervios o pánico escénico son algo que desaparece o se supera con el tiempo y la experiencia o esa adrenalina es necesaria para el correcto desenvolvimiento de un abogado en la sala?

F. C.: Un letrado jamás debe tener miedo a entrar en sala. Al estar realizando una labor fundamental en una sociedad, está protegido por la Ley, situándole en igualdad de altura que al juez en Estrados.

Pero sí debe estar en tensión y con concentración plena en el asunto encomendado. Una dosis mínima de estrés es imprescindible para mantener nuestros reflejos alerta ante las vicisitudes que vayan surgiendo a lo largo de la vista.

Por supuesto, la experiencia modifica nuestra actitud para bien y los nervios que nos atenazan y nos pueden bloquear cuando afrontamos nuestros primeros juicios se van atenuando con los años, como en cualquier actividad.

J. D.: ¿Cómo y por qué te decantaste por esta profesión?

F. C.: Mi padre es abogado y los hados se conjuraron para que se cumpliera el ineludible destino de continuar la saga familiar.

J. D.: Se han hecho estadísticas diciendo que ésta profesión provoca o es tendente a provocar estrés, signos de depresión, adicciones. ¿Leyendas urbanas o gajes del oficio?

F. C.: El abogado asume una enorme responsabilidad. Para que un justiciable se decida a acudir a nosotros es porque realmente tiene un problema que considera muy grave: recuperar una casa alquilada, evitar un desahucio, lograr la custodia de los hijos…y ya no digamos si se trata de responsabilidades penales que puedan suponer la privación de libertad.

Al acudir a vernos, deposita en nosotros la esperanza de que solucionemos esos problemas que para él son esenciales. Y eso puede suponer una carga emocional muy pesada para el profesional y le puede generar, naturalmente, mucho estrés. El método por el que se opte para soportar esa tensión es, obviamente, una decisión personal. Alguno opta por correr maratones y otro prefiere un buen Rioja, como en cualquier otra profesión.

J. D.: ¿Cómo fue tu primera incursión en la realidad jurídica? Tu primer caso. “Esa primera vez que nunca se olvida”.

F. C.: Fue un asunto de robo con homicidio, muy sonado en su día, en el que defendimos al acusado y que acabó en el Tribunal Supremo, confirmando una condena de 30 años.

Confieso que fue muy frustrante, porque consideré y considero, con toda la objetividad de que soy capaz, que no había las pruebas suficientes como para considerarlo autor. Desde entonces, he mantenido reticencias respecto a que el derecho penal sea un instrumento muy eficaz para lograr aproximarse a la verdad material, pero no hemos sido capaces de inventar nada mejor, supongo.

J. D.: ¿Crees que el Derecho y más estrictamente el oficio de abogado requiere tener unas habilidades ampliamente desarrolladas? ¿Ser sociable es un requisito para ser un buen abogado?

F. C.: Desde luego la abogacía exige unas capacidades específicas. Requiere conocimiento profundo de una Ley siempre cambiante; requiere la capacidad de análisis para el encaje de una realidad compleja en normas jurídicas a menudo insuficientes; requiere el control de una jerga específica y unas dotes de argumentación muy desarrolladas; y requiere, por último, de un gran dominio de la oratoria.

La sociabilidad es, también, muy necesaria. Somos intermediarios entre el ciudadano y la Ley, lo cual nos exige capacidad para relacionarnos con otros operadores jurídicos (Compañeros, procuradores, jueces, fiscales, notarios, registradores…) y, sobretodo, con el cliente, al que debemos transmitir confianza y cercanía, que requiere una elevada dosis de empatía.

J. D.: En la carrera de Derecho no hay una asignatura que esté enfocada al trato con el cliente. ¿Cómo se llega a dominar este arte no escrito?

F. C.: Recuerda que la carrera no te prepara para ser abogado, sino para ser jurista.

Es difícil enseñar discursivamente a tratar a un cliente. Como en cualquier oficio, el método más eficaz es ver como lo hace un maestro. En mi caso, tuve la suerte y el privilegio de ver a mi padre en acción, cuyo trato con la gente siempre ha sido una de sus mejores cualidades, lo que me ha facilitado muchísimo el aprendizaje, porque no olvides que es un aprendizaje: se aprende a tratar a la gente.

J. D.: Seguramente habrá gente que te ha preguntado: ¿Defenderías a un culpable o a un asesino? ¿Qué les respondes?

F. C.: Por supuesto que he defendido y defenderé a un culpable. En caso de que las evidencias sean abrumadoras, tu misión será asegurarte de que en el proceso se respetan los derechos fundamentales de tu cliente y las reglas del proceso y, a partir de ahí, intentar que la pena a imponer sea la menor posible, dentro del margen legal.

Pero lo importante es que el jurista debe ser consciente de que la defensa de un culpable es la mejor garantía para los inocentes. El proceso debe respetarse escrupulosamente siempre. Si las pruebas incriminatorias se obtienen de manera ilegal, aunque evidencien la culpabilidad, debe absolverse al acusado, porque eso asegurará que nunca se podrán conseguir pruebas irregularmente para condenar a un inocente.

J.D. : Compatibilizas tu oficio de letrado con la de impartir clases de Derecho Civil en la Universidad de Cantabria. ¿Qué te incitó a embarcarte en el buque de la docencia? ¿Tus expectativas se ajustaron a la realidad? Con cuál de las dos facetas disfrutas más? ¿En cuál te sientes más cómodo?

F. C.: La llegada a la docencia fue accidental. Un antiguo amigo, compañero de promoción que se quedó en la facultad, me propuso sustituir a un profesor enfermo. Tuve muy poco tiempo para pensármelo y por eso cometí la imprudencia de lanzarme a hacer algo para lo que no me había formado.  Y debo decir que me alegro mucho de haber sido tan osado, porque se ha revelado como una experiencia fantástica y apasionante y que hasta ahora ha funcionado muy bien.

Disfruto, desde luego, mucho más con la docencia que con la abogacía. La enseñanza es un privilegio y una actividad muy gratificante. La abogacía es una batalla mucho más dura, no lo dudes.

 Juristas Desencadenados, 2015.

 

 

 

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