El discreto encanto del patriarcado

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Por Guillermo Caloca.

Reconociendo que la violencia contra las mujeres es una manifestación de desequilibrio histórico entre la mujer y el hombre que ha llevado a la dominación y a la discriminación de la mujer por el hombre, privando así a la mujer de su plena emancipación;

Reconociendo que la naturaleza estructural de la violencia contra las mujeres está basada en el género, y que la violencia contra las mujeres es uno de los mecanismos sociales cruciales por los que se mantiene a las mujeres en una posición de subordinación con respecto a los hombres;

Preámbulo del Convenio de Estambul1

El objeto y la intención de este artículo es indagar en algunos aspectos, aportar herramientas teóricas y aclarar prejuicios y conceptos, del modo más didáctico posible, sobre una serie de cuestiones que, en un artículo anterior2, el compañero Manuel Cobo o bien ya dejó planteadas, o bien las dejó sin abordar y que, por ser un tema tan amplio, confuso y complejo —más de lo que a simple vista pudiera parecer—,  se antoja especialmente útil e interesante profundizar en su desarrollo.

En aquel artículo, el compañero Manuel Cobo comenzaba señalando sintéticamente cuáles han sido las principales medidas jurídicas implementadas por el Estado español en los últimos años en materia de violencia de género, como son: la aprobación de la Ley 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género de 28 de diciembre (modificada por la Ley 7/2015 de 21 de julio) que crea nuevos tipos penales y establece como novedad los Juzgados de Violencia sobre la Mujer cuyas competencias objetivas se ven ampliadas con la introducción del nuevo art. 87 ter de la Ley Orgánica del Poder Judicial; la modificación del Código Penal por la Ley Orgánica 1/2015 de 30 de marzo, etc…

Seguidamente, tras este repaso legislativo, el compañero, muy pertinente y acertadamente, llega a plantearse unas preguntas inquietantes que apuntan hacia las raíces, de carácter extrajurídico, del problema:

“¿Qué sucede en la sociedad española? ¿Por qué a pesar de tal batería de medidas este fenómeno tan repugnante no cesa?

Es verdad que se han puesto en marcha desde hace años campañas de concienciación, servicios de ayuda a la mujer maltratada. Que las penas para el maltratador y asesino se han agravado. ¿Ha cambiado algo?

Bajo mi humilde punto de vista subyacen problemas en nuestra sociedad que son impermeables a todas estas propuestas y modificaciones legales. […] Y desde luego el Derecho no puede arreglar situaciones que ya están enquistadas de forma tan lamentable en una sociedad”.

En efecto, si después de tales medidas desde que en 2004 el gobierno de Zapatero aprobara la vigente Ley contra la Violencia de Género se comprueba el hecho de que casi en el mismo período (2003-2015) han sido asesinadas 980 mujeres3 no podemos esperar que desde el ámbito del Derecho —concretamente, del Derecho Penal— se vaya a dar solución a toda una forma de opresión y dominación patriarcal de carácter histórico y estructural cuyas implicaciones repercuten a nivel político, económico, social, cultural, etc. Es a partir de preguntas de este tipo cuando podemos comenzar a visualizar que las herramientas legales y judiciales son condición necesaria pero no suficiente. ¿Cómo se va a combatir o eliminar el patriarcado legislativamente si el patriarcado no está expresado ni se ha instaurado exclusivamente en y por las leyes? Como había señalado el compañero, aquí subyacen problemas más profundos, endémicos, que son impermeables a lo estrictamente jurídico.

Partiendo de aquí, surge la intención en este escrito de poner de relieve y en tela de juicio ciertos prejuicios que el sentido común patriarcal ha venido reproduciendo a modo de pautas de pensamiento y comportamiento inherentemente machistas en una sociedad construida principalmente por y para nosotros mismos; los hombres.

Un ejemplo paradigmático de estos prejuicios, tan expandido y popularizado hasta el punto de que ya casi es de sentido común (machista), es el tópico falaz de la «gran cantidad» de denuncias falsas de mujeres contra sus parejas que probaría el hecho, supuestamente incontestable, de que la opresión se ejerce «en ambas direcciones». El tema de las denuncias falsas es precisamente un asunto que preocupa en la Fiscalía General del Estado, por lo que desde el año 2009 se hace un seguimiento exhaustivo de las mismas y sobre cuya base se evidencia que “[e]ntre 2009 y 2014, de las 783.826 denuncias presentadas, sólo ha habido 49 condenas por denuncia falsa. […] Si comparamos las cifras, las condenas representan sólo el 0,006% de las denuncias.”4

Es notorio, por tanto, que el número de casos en que se deduce testimonio contra la mujer por delito de denuncia falsa (arts. 456 y 457 del Código Penal) o falso testimonio (art. 458 y ss. C.P.) se revela insignificante con respecto al total de denuncias presentadas, como se puede visualizar en el siguiente diagrama elaborado por el Consejo General del Poder Judicial5 donde se compara la variación porcentual producida entre 2009, primer año en que se registra el seguimiento de las denuncias falsas, y 2016:

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Cabe hacer una precisión al respecto para señalar que no es equiparable una sentencia absolutoria o un sobreseimiento provisional por falta de pruebas a una denuncia falsa6, confusión que puede llevar a sostener falazmente la «tesis de las denuncias falsas» en virtud de la cual proliferan ubérrimas denuncias falsas gracias a las cuales las mujeres obtendrían privilegios procesales y ayudas asistenciales sirviéndose de las ventajas jurídicas de la Ley 1/2004.

No obstante, la finalidad de este escrito es trascender más allá de lo jurídico para ahondar en los aspectos ideológicos y sociológicos que subyacen bajo las manifestaciones más virulentas y sangrientas —las inmediatamente perceptibles—  del patriarcado para así dirigir el enfoque hacia una autoconciencia crítica sobre nuestro histórico papel privilegiado de comodidad y conformismo en detrimento de la subordinación, exclusión, sufrimiento e invisibilización de las mujeres; dar cuenta, por tanto, de cómo y en qué medida el patriarcado —en tanto que relación social— se reproduce y perpetúa como hegemonía ideológica en y desde la totalidad de la vida social, política, cultural…

¿Y en qué consiste esta hegemonía? Al igual que ocurre con la hegemonía del pensamiento burgués implementada desde la Revolución francesa, la hegemonía patriarcal opera desde los aparatos del Estado en su versión represiva, pero, sobre todo, en su versión ideológica y que, en cierto modo, podría decirse que ambas —ideología burguesa y normatividad heteropatriarcal— se yuxtaponen y se interrelacionan a la hora de conformar el sentido común dominante en la sociedad capitalista. No obstante, esta yuxtaposición ideológica no es inherente a la historia desde el origen de los tiempos, puesto que la fuerza hegemónica patriarcal lleva muchos más siglos funcionando como máquina de opresión para la mitad de la humanidad. Desde que existe el patriarcado, su hegemonía se ha adaptado a —y se ha complementado con— la ideología y a los aparatos ideológicos de la clase social que en cada tiempo y lugar históricos ha detentado el poder, reforzando así el orden existente y su forma de ver el mundo.

Si bien es cierto que esta hegemonía patriarcal se refuerza, yuxtaponiéndose a la burguesa, desde el Estado y sus leyes tanto por la represión como por la ideología, no lo es menos que también opera desde el ámbito privado, consistiendo tal hegemonía en lo que Gramsci entiende como “la correspondencia espontánea y libremente aceptada entre los actos y los principios admitidos por cada individuo, entre la conducta de cada persona y los fines que la sociedad se plantea como necesarios, correspondencia que es coactiva en la esfera del Derecho positivo técnicamente entendido y es espontánea y libre (más estrictamente ética) en aquellos ámbitos en que la coacción no es estatal sino de opinión pública, de ambiente moral, etc.”7

 Así pues, lo relevante del poder estatal, lo que le confiere ese marcado carácter masculino, no es que el Estado esté copado en su mayoría por el sexo masculino sino que la forma, la perspectiva desde la que se ejerce ese poder es masculina y las leyes al servicio de ese Estado perpetúan esa dominación; la masculinidad como referencia de todas las cosas en las relaciones en el seno de la sociedad civil y entre ésta y el Estado. Esa forma de poder se canaliza y opera tanto en el ámbito público como privado de nuestra sociedad a través del Estado (aparato de aparatos) y de sus aparatos ideológicos —que más abajo describiremosdestacando, sobre todo, en el ámbito privado, la institución de la familia por ser donde se reproduce desde la más temprana infancia la educación patriarcal y donde cristaliza el trabajo doméstico de las mujeres, pilar invisible y fundamental de la sociedad capitalista:

“El trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir a los que ganan el salario, física, emocional y sexualmente, tenerlos listos para el trabajo día tras día. Es la crianza y cuidado de nuestros hijos —los futuros trabajadores— cuidándoles desde el día de su nacimiento y durante sus años escolares, asegurándonos de que ellos también actúen de la manera que se espera bajo el capitalismo. Esto significa que tras cada fábrica, tras cada escuela, oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres que han consumido su vida, su trabajo, produciendo la fuerza de trabajo que se emplea en esas fábricas, escuelas, oficinas o minas. Esta es la razón por la que, tanto en los países «desarrollados», como en los «subdesarrollados», el trabajo doméstico y la familia son los pilares de la producción capitalista. La disponibilidad de una fuerza de trabajo estable, bien disciplinada, es una condición esencial para la producción en cualquiera de los estadios del desarrollo capitalista. Las condiciones en las que se lleva a cabo nuestro trabajo varían de un país a otro. En algunos países se nos fuerza a la producción intensiva de hijos, en otros se nos conmina a reproducirnos, especialmente si somos negras o vivimos de subsidios sociales o si tendemos a reproducir «alborotadores». En algunos países producimos mano de obra no cualificada para los campos, en otros trabajadores cualificados y técnicos. Pero en todas partes nuestro trabajo no remunerado y la función que llevamos a cabo para el capital es la misma”.8

Se pone de manifiesto, entonces, que allí donde no pueden llegar el Estado y sus leyes ni sus aparatos ideológicos son las instituciones de la sociedad civil las que mejor pueden contruibuir a perpetuar la hegemonía patriarcal allí donde —como en la familia— no hay necesidad de intervención directa por parte del Estado, constatando, de este modo, que “el ámbito de libertad privada de los hombres es el ámbito de subordinación colectiva de las mujeres”.9

Esta normatividad androcéntrica proyecta en la existencia del hombre la cualidad de su inmanencia. Es decir, en un contexto de hegemonía patriarcal, la mujer encuentra explicación o justificación de su destino en otro ser: el hombre. En el patriarcado, la mujer no existe para sí misma. El hombre, por el contrario, contiene en sí mismo su razón de ser, pues “[l]a fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación: la visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla”.10 La jerarquía de valores vigente en esta sociedad es tributaria del criterio y los intereses que los hombres hemos impuesto como referencia implícita. La inmanencia de la existencia del hombre es la que explica, en buena parte, nuestra posición de privilegiados en la sociedad patriarcal y el hecho de que “durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural”.11

Pero hay un elemento de carácter más ideológico que represivo que coadyuva, de manera casi imperceptible, a reproducir esta hegemonía y que es esencial tener muy presente: la violencia simbólica. ¿Qué es y cómo opera? Veamos lo que a  este respecto señala Nuria Varela:

“La violencia simbólica no es “otro tipo de violencia” como la física, psicológica o económica, sino un continuo de actitudes, gestos, patrones de conducta y creencias, cuya conceptualización permite comprender la existencia de la opresión y subordinación, tanto de género, como de clase o raza. La violencia simbólica son los resortes que sostienen ese maltrato y lo perpetúan y está presente en todas las demás formas de violencia garantizando que sean efectivas. Cuando hablamos de violencia simbólica nos referimos, como plantea Alda Facio, a la familia patriarcal, la maternidad forzada, la educación androcéntrica, la heterosexualidad obligatoria, las religiones misóginas, la historia robada, el trabajo sexuado, el derecho monosexista, la ciencia ginope, etc… pero fundamentalmente a los gestos, silencios, miradas, signos, mensajes, que hacen posible que esas instituciones existan porque constituyen y designan en mujeres y varones, desde que nacen, la posición social que ocuparán, el rol de género a través del cual ejercerán posiciones de poder o de subordinación”.12

Podemos apreciar, que se trata de formas muy sutiles de nocividad social pero tan fuertemente arraigadas en la mentalidad y la conducta que se tornan imperceptibles, casi invisibles, que tienden a jerarquizar las relaciones entre hombres y mujeres en perjuicio de éstas, puesto que, como dice Bourdieu, las dominadas “aplican a las relaciones de dominación unas categorías construidas desde el punto de vista de los dominadores, haciéndolas aparecer de ese modo como naturales.”13 Cabe destacar, asimismo, lo que Bourdieu nos advierte tener en cuenta a la hora de delimitar el concepto de violencia simbólica; lo que éste no es y todo aquello con que no debe confundirse:

“Al tomar «simbólico» en uno de sus sentidos más comunes, se supone a veces que hacer hincapié en la violencia simbólica es minimizar el papel de la violencia física y (hacer) olvidar que existen mujeres golpeadas, violadas, explotadas, o, peor aún, querer disculpar a los hombres de tal forma de violencia. Cosa que, evidentemente, no es cierta. Al entender «simbólico» como opuesto a real y a efectivo, suponemos que la violencia simbólica sería una violencia puramente «espiritual» y, en definitiva, sin efectos reales. Esta distinción ingenua, típica de un materialismo primario, es lo que la teoría materialista de la economía de los bienes simbólicos, que intento elaborar desde hace muchos años, tiende a destruir, dejando que ocupe su espacio teórico la objetividad de la experiencia subjetiva de las relaciones de dominación. […] No voy a afirmar que las estructuras de dominación sean ahistóricas, sino que intentaré establecer que son el producto de un trabajo continuado (histórico por tanto) de reproducción al que contribuyen unos agentes singulares (entre los que están los hombres, con unas armas como la violencia física y la violencia simbólica) y unas instituciones: Familia, Iglesia, Escuela, Estado.”14

Así pues, la violencia simbólica se halla ínsita y es un elemento fundamental en lo que Althusser denomina los aparatos ideológicos del Estado15, a saber: los aparatos ideológicos de información (prensa, radio, televisión, etc.); los aparatos ideológicos políticos (el sistema político, sus distintos partidos…); los aparatos ideológicos escolares (el sistema de las distintas escuelas públicas y privadas); los aparatos ideológicos sindicales, religiosos, familiares y culturales. Es decir, se trata de aquellas instituciones políticas, sociales, económicas, etc., desde las cuales se reproducen las relaciones capitalistas de explotación, la ideología y los intereses de las clases dominantes, aunque habría que añadir que en esos aparatos ideológicos la imposición de la dominación masculina por medio de la violencia simbólica juega un papel transversal en todos ellos, tanto desde el ámbito público como privado. Para sintetizarlo a modo de simplismo: el Estado y sus aparatos ven y tratan a las mujeres tal como los hombres ven y tratan a las mujeres.

No es arriesgado aventurarse a decir que la ocultación de esta violencia simbólica, es decir, su no comprensión, —en tanto que no es inmediatamente visible, en tanto que no es fenomenológicamente perceptible— puede dar cuenta de por qué se tiende a considerar al patriarcado como una forma de opresión menor, secundaria, ya que éste sólo oprimiría (según el relato hegemónico construido) en aquellos casos aislados en que mata, viola, acosa, agrede o humilla físicamente. El hecho de que sea arduo y costoso entender y percibir la violencia simbólicia como una forma de opresión —así como defenderse de ella— es lo que tal vez explica que muchos hombres lleguemos a contarnos a nosotros mismos que por no violar a mujeres o por no maltratar físicamente a nuestra pareja no somos machistas, no somos opresores, y que todas aquellas conductas, gestos y creencias, que realmente se encuadran bajo el signo de la violencia simbólica, no son para nosotros sino «lo que está mandado», es lo socialmente permitido y asumido y, aún más, es lo que las propias mujeres desean que les digan, que les hagan o que piensen de ellas. De este modo, es debido a la ocultación de esta violencia simbólica que se justifica como algo normal que «llorar como una mujer» sea signo de debilidad en los hombres; que ser un cobarde sea equivalente a ser «un marica»; que las mujeres sean «putas» o «zorras» según vistan de determinada manera antinormativa; que para «estar buenas» deban ajustarse al aspecto dictado por la industria de la moda o la publicidad; que sea conveniente en este contexto social heteropatriarcal que las dejen entrar sin pagar a una discoteca (lo cual se suele aducir como un «privilegio» de las mujeres para minimizar o negar el patriarcado); que el propio lenguaje constate la dominación masculina y la discriminación de la mujer empleándose sin ser cuestionado; que la empatía por parte de los hombres sea casi una utopía, etc.

También la polémica y controvertida Valerie Solanas pone de relieve esta violencia simbólica cuando recuerda una típica situación que millones de mujeres se ven compelidas a tener que soportar casi a diario y que es incuestionada por los hombres:

“El macho no ve para nada incorrecto entrometerse en los pensamientos de cualquier mujer, aunque se trate de una completa desconocida, en cualquier lugar y en cualquier momento, sino que se siente indignado e insultado cuando se le menosprecia por hacerlo, y también confundido: no puede entender por qué alguien puede preferir un minuto de soledad antes que la compañía de un indeseable”.16

Como bien dice Solanas, esta violencia simbólica es tan imperceptible que si una mujer decide defenderse de ella puede conllevar el enfado y la total incomprensión de los hombres que tenemos ese tipo de comportamientos y actitudes. Esa imperceptibilidad hace que ese tipo de comportamientos, palabras, gestos, etc., no sean algo que deba ser corregido, puesto que es incuestionable, sino que, al contrario, se hace (solemos hacer) gala de ello.

En definitiva, el lector podrá concluir después de todo lo dicho que, aunque no vaya a darse una solución de hoy para mañana a las formas más graves y sangrientas de violencia de género que con frecuencia aparecen en los telediarios, al menos habrá tomado una ligera conciencia —si no lo había hecho ya— sobre las formas de opresión de machista más imperceptibles, más cotidianas y más normalizadas que los maltratos físicos, feminicidios, acosos, violaciones, etc., y que son previos y simultáneos en el tiempo a la realización de estas conductas atroces. Si comenzamos por visualizar, desde nuestra pequeña jurisdicción personal, nuestras propias conductas tóxicas de carácter simbólico y a autocorregirlas —en mayor medida si somos hombres— no sólo estaremos más capacitados para sensibilizarnos integralmente sobre las dimensiones de la opresión patriarcal y para adelantarnos a su influencia, sino que seremos mejores personas, concibiendo y gestionando nuestras relaciones sociales de una manera más sana, para nosotros mismos y para los demás. Ahora bien, huelga decir que este escrito no contempla, ni lo pretende, un estudio total y completo ni sobre las causas históricas y sociales de la dominación patriarcal como tampoco ofrece guía alguna para la acción colectiva que requeriría una transformación radical del orden social existente, materia que excede sobremanera el ámbito y el espacio de este trabajo. No debemos olvidar que la ideología machista dominante se puede y se debe subvertir mediante una toma de conciencia que la combata pedagógicamente, pero que es necesario además modificar las bases materiales que reproducen y legitiman histórica y estructuralmente dichas pautas de pensamiento y conducta que subordinan a las mujeres para, de este modo, iniciar un efectivo proceso de emancipación colectiva y total de la opresión patriarcal.

Bibliografía:

  1. CONSEJO DE EUROPA, Convenio sobre prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica (11 de abril de 2011) http://www.msssi.gob.es/ssi/igualdadOportunidades/internacional/consejoeu/CAHVIO.pdf
  2. MANUEL COBO, Violencia de género: la lacra de la sociedad española que debe terminar. Juristas Desencadenados (3 de marzo de 2016) https://jdesencadenados.wordpress.com/2016/03/03/violencia-de-genero-la-lacra-de-la-sociedad-espanola-que-debe-terminar/
  3. Cifras oficiales extraídas de las estadísticas elaboradas por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género para el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad: http://www.violenciagenero.msssi.gob.es/violenciaEnCifras/victimasMortales/fichaMujeres/home.htm

En este escrito se ha optado por prescindir de la cifra de víctimas referidas al año 2016, por no haber concluido éste. De haber incluido en el cómputo las víctimas asesinadas en este año la cifra total, al momento presente de redactar estas líneas, sería de 993. Hay que señalar que, aún con todo, ésta es una cifra muy pequeña que contempla tan sólo un período muy limitado y concreto si tenemos en cuenta que el Ministerio de Sanidad registra datos oficiales de víctimas mortales desde el año 2003.

  1. DIARIO EL MUNDO, Entrevista a Pilar Martín Nájera, Fiscal de Sala delegada de Violencia contra la Mujer (26 de noviembre de 2015) http://www.elmundo.es/sociedad/2015/11/26/56564863e2704ee77b8b456d.html
  2. CONSEJO GENERAL DEL PODER JUDICIAL, Estudio sobre la aplicación en la Ley Integral contra la Violencia de Género por las Audiencias Provinciales (marzo de 2016) pág. 169.
  3. A este respecto, véase la distinción entre la no condena y la falta de prueba suficiente en la Memoria de la Fiscalía General del Estado (2012) pág. 642 y ss. y los motivos de absolución en el Estudio sobre la aplicación en la Ley Integral contra la Violencia de Género por las Audiencias Provinciales elaborado por un Grupo de expertos y expertas en Violencia Doméstica y de Género del CGPJ (marzo de 2016) pág. 37 y ss.
  4. ANTONIO GRAMSCI, La política y el Estado moderno. Ed. Biblioteca Pensamiento Crítico (2009) pág. 229.
  5. SILVIA FEDERICI, Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Ed. Traficantes de Sueños (2013), págs. 55 y 56.
  6. CATHARINE A. MCKINNON, Hacia una teoría feminista del Estado. Ed. Cátedra (1995) pág. 301.
  7. PIERRE BOURDIEU, La dominación masculina. Ed. Anagrama, S.A. (2000) pág 22.
  8. VIRGINIA WOOLF, Una habitación propia. Ed. Seix Barral (2008) pág 28.
  9. NURIA VARELA, Violencia simbólica. (2013) http://nuriavarela.com/violencia-simbolica/
  10. PIERRE BOURDIEU, op. cit., pág 50.
  11. PIERRE BOURDIEU, op. cit., pág 50.
  12. Véase LOUIS ALTHUSSER, Ideología y aparatos ideológicos del Estado. (1970)
  13. VALERIE SOLANAS, Manifiesto SCUM. Ed. Herstory (2008), pág. 38.

Fuente de la ilustración: jorgebosia.blogspot.com

Juristas Desencadenados, 2016.

 

 

 

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