El caminante y su sombra

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Por Manuel Cobo.

Estamos de resaca electoral. La de la izquierda y Ciudadanos intuyo que viene con dolor de cabeza y molestias estomacales. Y es que las encuestas y sondeos a pie de urna fallaron. Al estilo de un McLaren-Honda de estas dos últimas temporadas de Fórmula 1. Una traca. Aunque fiarse de israelitas y otras encuestas tampoco es la mejor estrategia. Pasamos del sorpasso al gatillazo. Y ni los más optimistas de Génova pensaban en un resultado semejante.

Sin duda, fue una noche complicada de gestionar para los que más ambiciones tenían. En un primer momento, en lo que respecta a Unidos Podemos, me gustó su reacción asumiendo que eran unos resultados decepcionantes. Lo dijo Íñigo Errejón, y también Pablo Iglesias. Las caras eran las típicas de un boxeador sonado. Cariacontecidos. Destacaba la de un Alberto Garzón que se jugaba mucho.

Pero en el intermedio entre esa primera comparecencia y la segunda fue donde algo sucedió. Quizás era necesaria esa arenga. Nunca he visto tan encendido al hombre con cara de niño. También creo que influyeron esos gritos en la fiesta del Partido Popular. Escuchar ese lema y grito de guerra en boca de los seguidores del rival tuvo que ser la mecha que encendió ese discurso enardecido.

Ahora toca desactivar el modo poscampaña y que España al fin tenga Gobierno. También toca por parte de la izquierda gestionar el varapalo.

Que el PSOE salga medio sonriendo al ver que ha aguantado la segunda posición no parece la mejor digestión. Y más si tenemos en cuenta que son sus peores resultados en democracia. Es un golpe duro. Pero no es menos cierto que pueden consolarse con que siguen siendo la fuerza hegemónica de la izquierda. Triste consuelo, pero consuelo al fin y al cabo. El ruido de sables me temo que continuará en Ferraz para mayor ansiedad de Pedro Sánchez.

Tampoco se puede decir que se trate de un no rotundo al cambio, pero está claro que la ciudadanía parece haber dado por concluido el momento para un ejecutivo de izquierdas. Las razones son variadas y se pueden explicar:

Es indudable el trasvase de votos del partido de Albert Rivera al PP apelando a la siempre efectiva estrategia del voto útil. También ha funcionado el discurso del miedo al comunismo disfrazado de morado socialdemócrata escandinavo. Su calado es innegable y esto unido a la tradicional fidelidad suicida del votante de la derecha ha hecho el resto.

Pero eso no explica del todo esa subida. Existen otros factores decisivos: La abstención y división del voto zurdo, que empieza a ser un mal endémico para los partidos de ese espectro ideológico. O incluso me atrevo a especular con la posibilidad de una fuga de votantes del ala más liberal de los de Ferraz hacia la derecha. Hasta el brexit a última hora ha podido influir en ese postrero empujón final del votante indeciso.

Otro asunto que no es baladí es ese aborto de legislatura sin Gobierno. Desde el 20 de diciembre de 2015 hasta el 26 de junio pasado, la sociedad española parece que ha tomado nota. Los que más se han mojado son los que más diputados han perdido (PSOE y Ciudadanos); los que amagaron pero no se decidieron (la confluencia IU-Podemos) han quedado igual. Y los que se quedaron haciendo la estatua desde el mismo 20 de diciembre por la noche han sido los triunfadores.

Y es aquí donde quería llegar. Al líder del partido ganador. A ese cadáver político mil veces enterrado que responde al nombre de Mariano Rajoy. Un muerto más vivo que nunca. Un zombi político que goza de una salud envidiable. Un tipo que lleva toda la vida en política. Lo recuerdo como ministro desde los 90 y ahí sigue. Inmune a críticas internas de líderes poderosos que dudaban de su carácter, a elecciones perdidas, a hilillos negros de plastilina o a corrupción de color aún más oscuro, a ministros espiados y con amigos imaginarios, a contables que cuentan sobres, a alcaldesas folclóricas metidas a senadoras o a pujantes movimientos políticos nuevos.

Un político de verbo manifiestamente mejorable, con el carisma justo, tics faciales y una comicidad involuntaria que resulta una mina para los humoristas de este país. Ese personaje que ha hecho de don Tancredo un tipo activo es el que ha triunfado. Y tengo el íntimo convencimiento de que él tampoco sabe muy bien cómo lo ha hecho.

Si se sigue su trayectoria, se puede observar que su máxima de “no tomar ninguna decisión también es tomar una decisión” le ha funcionado en todas las crisis que ha abordado. Y no han sido pocas. Igual es que su flor es inmensa. O que tiene a Soraya. O que está al frente de un partido con la base de votantes más sólida de este país.

O quizás que este caminante tiene una sombra que le susurra al oído. Y no me refiero a Bárcenas. Porque en Jorge Moragas también reside gran parte de este milagro político con barba. El tramoyista de la política de pelo rizado que domina como nadie los escenarios, los tiempos, y que consigue que su jefe salga airoso en los momentos de mayor apuro.

Un analista político sobresaliente que sabe anticiparse a los movimientos del rival. Intuir qué mensajes llegan mejor a su electorado tradicional y cuáles al del votante indeciso. Sale poco en los medios pero los maneja como pocos y es capaz de ganar el debate del debate poniendo a su jefe al teléfono con Ferreras en laSexta mientras se alejan en el coche oficial. Los pequeños detalles de la política. Los decisivos. Como en tantos otros aspectos de la vida. Con discreción y sin aspavientos.

La izquierda quizás necesita algo menos de alardes y más Moragas. Y también asumir lo antes posible que España es sociológicamente de derechas y que para mover a su electorado necesita mucho más. Para empezar un mensaje ideológico menos cambiante y alambicado. Algo sencillo que no se pierda en la retórica de las ideas.

Porque una perogrullada de Rajoy llega más a los suyos que una cita de Gramsci al electorado de izquierdas. Está comprobado. No hay que olvidar que esto es España.

Fuente de la imagen: El Mundo.

Juristas Desencadenados, 2016.

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Poscampaña y Ferraz: o cómo ser Pedro Sánchez y no morir en el intento

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Por Manuel Cobo.

La precampaña, tras la primera legislatura sin lograr formar Gobierno de nuestra democracia del 78, se ha hecho muy pesada. La campaña por extensión añade un mayor plus de hartazgo viniendo de donde venimos. Pero lo que me preocupa y me aterra de verdad es la poscampaña. Es ahí donde está la clave. En el tiempo de formar un ejecutivo y de que los partidos aparquen sus eslóganes y frases hechas.

En la fallida, breve (aunque a la vez eterna) y esperpéntica legislatura que hemos vivido sin que hubiera nuevo Gobierno, lo que ha faltado ha sido precisamente desconectar el modo poscampaña.

En un ejercicio de fe casi suicida, creo que los políticos de las distintas fuerzas parlamentarias se darán cuenta del panorama ante el que se encuentran. Y del papelón y ridículo histórico que harían si provocasen unas terceras elecciones sin haber conseguido entenderse.

La única novedad, si atendemos a la tendencia que apuntan las encuestas, es que la llave de un posible Gobierno la va a tener el PSOE. Los programas de unos y otros ya son conocidos, sus discursos también; pero son los socialistas los que tendrían que hablar claro, ya sea antes o después de las elecciones, sobre que decisión van a tomar. En algún momento deberán pasar de las palabras a los hechos.

El cambio es su leitmotiv. Siendo consecuentes con ese ansiado cambio, lo lógico sería pactar con Unidos Podemos. Sin embargo, desde dentro del partido del puño y la rosa y sus satélites (saludos a Cebrián) no lo ven con buenos ojos por variados motivos. Estratégicamente para los socialistas todo dependerá de si finalmente se cumple lo pronosticado y la confluencia que encabeza Pablo Iglesias y, en un segundo plano que quiere ser primero, Alberto Garzón, consigue finalmente ese tan cacareado sorpasso.

Si es así, y el partido que lidera es un decir Pedro Sánchez se convierte en la tercera fuerza del país, sería un suicidio político que aceptara ese pacto de izquierdas. No para la carrera de Pedro Sánchez, que conseguiría una vicepresidencia probablemente, pero sí para los de Ferraz.

Pero esto no deja de ser vaticinios de un oráculo que siempre o casi siempre se equivoca.

No hay que olvidar que ese posible pacto tiene dos escollos muy duros. Por un lado el pacto con Ciudadanos que arrastra de la legislatura pasada y por el otro, y este sí que es un obstáculo difícilmente salvable para un partido que se denomina a sí mismo constitucionalista, la promesa de permitir un referéndum en Cataluña sobre la independencia que recoge la confluencia Unidos Podemos.

Y tras el único debate a cuatro de la campaña, todo ha seguido en el aire. Con insinuaciones de gran coalición, de pacto de izquierdas y más rumorología que confunde y aturde más al votante indeciso.

¿Sería mucho pedir para el ciudadano saber que pactos estarían dispuestos a realizar y cuáles no? Supongo que sí. Una frase que me llamó la atención del intento de debate del otro día fue una pronunciada por Pablo Iglesias: “En una negociación no hay líneas rojas” Yo creo que sí. Pero en todo caso, parece una invitación de la pujante formación morada, para la que incluso el tema del referéndum podría ser negociable. Yo, al menos ahí, veo un guiño. Guiño que por cierto, no sé si vio el que tenía que verlo.

En todo caso, la mayoría de analistas y también el observador medio sabe que la pelota se encuentra en el tejado de Ferraz y da la sensación de que a Pedro Sánchez (vaya época para ser secretario general elegiste, muchacho) empieza a picarle el traje, y también la de que su careta de calculada ambigüedad se le puede caer en cualquier momento empieza a ser palpable. Incluso puede que ya se le haya caído. Los Jordi Sevilla y demás barones con ansias de liderazgo y/o poder supongo que tampoco ayudan.

Si hay un político que no me gustaría ser ahora mismo es el candidato socialista. Su futuro está más en el alambre que nunca. No es una decisión sencilla. Ni tiene contrincantes sencillos. Ni a la derecha ni sobre todo a la izquierda. Ese que le susurra aquello de “no soy tu adversario, Pedro”.

Más que una china en el zapato, lo que puede suponer para el fotogénico socialista este fenómeno político, no suficientemente analizado como merece viendo su éxito, es una rama de un árbol estampándose en su cara. Metáfora visual que los votantes, militantes y dirigentes del PSOE no querrán que se convierta en profética. ¿O igual sí?

De momento, creo que Susana Díaz ya se ha puesto el peto para salir a calentar.

Fuente de la imagen: El Confidencial.

Juristas Desencadenados, 2016.

La edad de oro de las obviedades

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Por Manuel Cobo.

No se cuándo sucedió. En qué momento las obviedades empezaron a ser aplaudidas con gran entusiasmo. Como si fueran ideas innovadoras o revolucionarias. Supongo que está intrínsecamente ligado con el auge de la mediocridad y la estupidez más contumaz.

Los idiotas sin fronteras siempre dispuestos al más difícil todavía provocan que cuando alguien dice algo de cajón de madera de pino parezca un genio venido del futuro o de otra galaxia.

Por poner dos ejemplos al calor de la actualidad: llevar esteladas a un recinto deportivo no es inconstitucional. Pitar el himno de España tampoco.

No hace falta haber estudiado Derecho para saber eso. A poco que uno esté mínimamente formado, conozca las bases de una democracia o simplemente tenga dos dedos de frente lo entenderá perfectamente. Lo de los sentimientos y el debate político es otro tema. A mí no me gusta que se pite el himno de mi país. Pero no se puede prohibir hacerlo y mucho menos meter en la cárcel a alguien por ello. ¿Tan complejo resulta el asunto? ¿Tan en las trincheras estamos aún? ¿Seguimos sin aprender nada de nada?

La política se debate mejor con la cabeza que con las tripas. La gente debe poder expresarse en libertad con el único límite del Código Penal. Cada vez que alguien expresa que quiere independizarse de España u otra persona dice que no está de acuerdo y que cree en la unidad de la misma o que deben decidir todos los españoles; la otra parte no debería tomárselo como una afrenta personal, como una ofensa a su honor o dignidad, como una especie de duelo a muerte del siglo XVIII.

Me resulta tan absurdo como delirante. Confieso también que me proporciona momentos de humor que me alegran los días menos jocosos.

No creo ser el único que percibe, en los últimos años, esa escalada de tensión e histeria tanto entre nuestros representantes como en la sociedad.

Y además se añade al contexto internacional en el que nos encontramos con la crisis de los refugiados de Siria, la crisis económica que nunca acaba (sí, aún existe pese a lo que nos venden algunos), las emergencias sociales consiguientes, el auge de la ultraderecha en Europa y lo que no es Europa (saludos, Donald Trump). Es preocupante cuando menos.

Pero volviendo al contexto español, lo alucinante es que parece que hablar de política en este país de forma sosegada sin la camiseta del partido al que supuestamente perteneces fuera una utopía. Igual es cosa mía y no soy plenamente consciente del tipo de país en el que vivo. No deja de ser España. La patria de Valle-Inclán. El esperpento permanente.

Una mina de oro para la tragicomedia. Berlanga disfrutaría como un gorrino en un lodazal de estos tiempos tan confusos. Tiempos sacados de una viñeta de la revista El Jueves.

A veces tengo la paranoica sensación de que vivo rodeado de actores que interpretan un papel. Un síndrome de El show de Truman o The Cabin in the Woods que empieza a ser algo agobiante. Casi asfixiante. Marionetas o títe… Mejor no sigo. Tampoco quiero tentar a la suerte.

Por cierto, el otro día se celebró un partido de fútbol, se pitó el himno nacional, se vieron esteladas en la capital del reino y la vida siguió… “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”, que cantaba Sabina.

Que todos los dramas sean como ese.

Fuente de la imagen: El País.

Juristas Desencadenados, 2016.