La edad de oro de las obviedades

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Por Manuel Cobo.

No se cuándo sucedió. En qué momento las obviedades empezaron a ser aplaudidas con gran entusiasmo. Como si fueran ideas innovadoras o revolucionarias. Supongo que está intrínsecamente ligado con el auge de la mediocridad y la estupidez más contumaz.

Los idiotas sin fronteras siempre dispuestos al más difícil todavía provocan que cuando alguien dice algo de cajón de madera de pino parezca un genio venido del futuro o de otra galaxia.

Por poner dos ejemplos al calor de la actualidad: llevar esteladas a un recinto deportivo no es inconstitucional. Pitar el himno de España tampoco.

No hace falta haber estudiado Derecho para saber eso. A poco que uno esté mínimamente formado, conozca las bases de una democracia o simplemente tenga dos dedos de frente lo entenderá perfectamente. Lo de los sentimientos y el debate político es otro tema. A mí no me gusta que se pite el himno de mi país. Pero no se puede prohibir hacerlo y mucho menos meter en la cárcel a alguien por ello. ¿Tan complejo resulta el asunto? ¿Tan en las trincheras estamos aún? ¿Seguimos sin aprender nada de nada?

La política se debate mejor con la cabeza que con las tripas. La gente debe poder expresarse en libertad con el único límite del Código Penal. Cada vez que alguien expresa que quiere independizarse de España u otra persona dice que no está de acuerdo y que cree en la unidad de la misma o que deben decidir todos los españoles; la otra parte no debería tomárselo como una afrenta personal, como una ofensa a su honor o dignidad, como una especie de duelo a muerte del siglo XVIII.

Me resulta tan absurdo como delirante. Confieso también que me proporciona momentos de humor que me alegran los días menos jocosos.

No creo ser el único que percibe, en los últimos años, esa escalada de tensión e histeria tanto entre nuestros representantes como en la sociedad.

Y además se añade al contexto internacional en el que nos encontramos con la crisis de los refugiados de Siria, la crisis económica que nunca acaba (sí, aún existe pese a lo que nos venden algunos), las emergencias sociales consiguientes, el auge de la ultraderecha en Europa y lo que no es Europa (saludos, Donald Trump). Es preocupante cuando menos.

Pero volviendo al contexto español, lo alucinante es que parece que hablar de política en este país de forma sosegada sin la camiseta del partido al que supuestamente perteneces fuera una utopía. Igual es cosa mía y no soy plenamente consciente del tipo de país en el que vivo. No deja de ser España. La patria de Valle-Inclán. El esperpento permanente.

Una mina de oro para la tragicomedia. Berlanga disfrutaría como un gorrino en un lodazal de estos tiempos tan confusos. Tiempos sacados de una viñeta de la revista El Jueves.

A veces tengo la paranoica sensación de que vivo rodeado de actores que interpretan un papel. Un síndrome de El show de Truman o The Cabin in the Woods que empieza a ser algo agobiante. Casi asfixiante. Marionetas o títe… Mejor no sigo. Tampoco quiero tentar a la suerte.

Por cierto, el otro día se celebró un partido de fútbol, se pitó el himno nacional, se vieron esteladas en la capital del reino y la vida siguió… “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”, que cantaba Sabina.

Que todos los dramas sean como ese.

Fuente de la imagen: El País.

Juristas Desencadenados, 2016.

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