Cantabria: la novena provincia andaluza

cantabriayole

Por Manuel Cobo.

Es algo ya común y habitual. La Feria de Abril se celebra en Sarón, Solares y otras localidades. Y en la Semana Grande de Santander los trajes de faralaes, los rebujitos, las sevillanas y demás folclore andaluz forma parte del paisaje y paisanaje. Vaya por delante que no tengo nada en contra de la tierra de Antonio Machado. Al contrario. Me gusta conocer e incluso celebrar tradiciones de otros lugares. Lo que llevo peor es asumir como propia la cultura de otro lugar, si además viene aparejada un desprecio a lo propio.

Solo en Cantabria se puede suscitar un debate sobre una bandera como el lábaro. ¿Os imagináis las mismas críticas sobre la incompatibilidad de ambas banderas en las comunidades limítrofes del norte? Yo tampoco.

Solo aquí, decir que hay que apoyar a los bolos o ir con albarcas y traje montañés puede acarrear que otro paisano te llame paleto, aldeano o epíteto semejante. Bailar ‘La Macarena’ en Puertochico, en cambio, es sinónimo de modernidad y buen gusto.

Confieso que no entiendo este fenómeno de autoflagelación y sentimiento de vergüenza por las tradiciones cántabras que sienten no pocos habitantes de La Montaña. Algo se estará haciendo mal. Sentirse orgulloso de ser pasiego, meracho, campurriano, castreño, pejino o de cualquier otra maravillosa localidad de nuestra comunidad no está reñido con bailar sevillanas. Claro que no. Pero la danza de Ibio también merece su sitio. Mucho más sitio. Y eso no es abundar en nacionalismos excluyentes. Irrelevante políticamente hablando en número de votos y presencia pública.

No pasa nada porque de vez en cuando se vea una banderola blanca y roja enorme presidiendo alguna rotonda de la capital. Un lábaro ya supongo que es mucho pedir. No nos hace menos españoles. No da alergia. Incluso se puede poner a Benito por la megafonía cantando. Tampoco pasa nada. Nadie va a votar más a un partido o a otro por semejante acto transgresor.

Abrazar sin temor lo que somos no debería verse como algo extraño en determinados sectores de la sociedad santanderina. Por poner un ejemplo.

La única manera de quitar ciertos complejos es así. Con naturalidad. Rindiendo homenaje a nuestro pasado y de vez en cuando intercalando una canción de Camarón a ‘La Fuente de Cacho’. Porque nuestros hermanos andaluces nos quieren y es una de las comunidades donde más cántabros residen. Esa en la que tantos jándalos hicieron fortuna. Y nuestros ases del bolo palma: Salmón, Óscar y compañía seguirán yendo al Torneo de Cádiz; pero tampoco hace falta que nos convirtamos de facto en la novena provincia de Andalucía.

Juristas Desencadenados, 2016.

Anuncios

La realidad supera a la ficción: el cine, fábrica de sueños y de pesadillas

this-cannibal-film-is-banned-in-over-50-countries-and-it-s-real-vlad-the-impaler-jpeg-269183.jpg

Por Raúl Carral.

Es curioso que, cuando se tiene que cambiar, modificar o derogar una ley para tipificar una actividad delictiva o aumentar las penas, es cuando ha producido un hecho tan grave que obliga a realizar alguna de las acciones antes mencionadas. Y vamos a ser francos, esto ha ocurrido sobre todo cuando se han producido las infracciones más graves a la sociedad y ello ha producido un claro rechazo social y político, lo que ha provocado una transformación normativa por parte de los gobiernos y el sistema judicial pero también un incremento de la conciencia social, en acciones que antes eran, para la mayoría social, insignificantes, pero que, tras la realización de un hecho de elevada gravedad, se convierten en delito y provocan un rechazo en los ciudadanos.

Y el cine ha sido desde luego una clara muestra de esta situación. Y con ello, algunos ejemplos, concretamente tres:

  • ‘Holocausto caníbal’:

En los años 70, Ruggero Deodato, un director italiano cuya trayectoria inicial empezaba con buen pie, al ser asistente de grandes directores de su patria, sufrió un cambio en su vida cinematográfica al dirigirse al pantanoso mundo del cine explotaition o de clase B, en ocasiones bastante bizarra. Y más concretamente, se dirigió al cine de caníbales, un subgénero gore caracterizado casi siempre por el siguiente esquema: un grupo de exploradores jóvenes se dirigen a explorar una zona donde hay tribus caníbales y tras una serie de desencuentros bastantes graves con los salvajes, terminan siendo asesinados de la forma más macabra posible, casi siempre por venganza de los indígenas por las continuas vejaciones de los exploradores. Y es aquí cuando debemos hablar de Deodato, y más concretamente su obra más conocida: ‘Holocausto caníbal’, película estrenada en 1980.

El director italiano Ruggero Deodato y cartel de su obra maestra.

Fuente: cinewalkofshame.com y gnula.nu.

Pero claro, expliquemos un poco de qué va el film, el cual no se diferencia especialmente de lo citado anteriormente: un antropólogo decide realizar una expedición para buscar a un grupo de exploradores que han desaparecido en la selva amazónica en una anterior incursión. Tras dar con el poblado de los salvajes, encuentra una serie de películas caseras, en las que los exploradores extraviados habían rodado su periplo selvático. Después de hacer un trueque con los salvajes y conseguir el material, vuelve a la civilización y visiona las cintas, donde encuentra auténticas locuras: violaciones, agresiones y hasta asesinatos de los exploradores a los salvajes y la posterior venganza de estos al observarse en las grabaciones como los exploradores son asesinados, mutilados y devorados por los indígenas.

Bien, aparte de los macabros descubrimientos, ¿cuál es el problema legal de esta película? En un principio, debemos hablar de la famosa teoría según la cual, los actores habían sido asesinados de verdad para provocar un mayor efecto y publicidad a la película, debido a que era una película tan real y con efectos especiales tan limitados que mucha gente, incluida las autoridades italianas se creyeron que estaban viendo una película snuff (muertes violentas reales grabadas en directo) y Ruggero fue condenado por asesinato de los actores, aunque al final se descubrió que todo era una campaña publicitaria para favorecer el morbo sádico de futuros espectadores, lo cual funcionó porque, aunque la película fue prohibida en más de 50 países y censurada en otros, arrasó espectacularmente donde consiguió estrenarse, convirtiéndose en un taquillazo y película de culto posteriormente. Pero este no fue el motivo por el cual se hizo tristemente famosa esta película y provocó consecuencias legales.

tres

Una escena bastante realista del film.

Fuente: cinefagosmuertos.com

Entonces, ¿por qué es conocida esta película y especialmente de forma negativa? Porque aunque no murieron personas en esta película, sí murieron animales. Y no estoy hablando de muertes accidentales, sino de auténticos festivales de barbarie sin sentido contra los animales. Y es que en esta película es destripada una tortuga viva, cortada la cabeza de unos monos, asesinadas arañas y ratas almizcleras y disparado un cerdo en la cabeza sin ningún motivo, ya que, entre uno de los muchos fallos de guion, la muerte de los animales se produce de forma dolosa y sin ningún sentido a la historia. Y si ya es deplorable matar animales de verdad y grabarlo, es todavía peor hacerlo sin motivo alguno.

Como es obvio, la muerte real de los animales no pasó desapercibida. Diversos espectadores, asociaciones ecologistas, protectoras de animales y partidos políticos echaron pestes del film por tal salvajada y fueron a pedir responsabilidades legales y judiciales a Deodato. Pero no se pudo hacer mucho, porque las leyes para la protección de los animales eran muy limitadas y más aún en espectáculos cinematográficos, por lo que, tras el escándalo surgido, se empezaron a regular los derechos y la protección de los animales en estos eventos en Italia, ya que se temía que el éxito del film animara a que aparecieran imitadores de este género y que se repitieran tal espectáculo dantesco en próximas cintas. Y no era este aviso algo baladí, ya que el género del cine gore caníbal empezó a extenderse en los años 80 y ‘Holocausto caníbal’ tiene el curioso récord de ser una película que tiene cuatro secuelas iguales (todas piratas, obviamente) las cuales quisieron aprovechar el morbo y éxito comercial de la primera.

El caso es que se consiguió algo bastante admirable: se empezaron a proteger los derechos de los animales con mayor esfuerzo, se aseguró su protección en los rodajes cinematográficos y empezó a desarrollarse una conciencia social con y para los animales en una época finales de los 70 en la que esta temática no estaba muy desarrollada aún. Y esto tiene su importancia porque en aquellos tiempos la protección de los animales en la industria cinematográfica (y en otros ámbitos) era básicamente inexistente y en otras películas anteriores a ‘Holocausto caníbal’, los animales si debían sufrir lesiones o hasta morir para grabar alguna escena de un film cualquiera una caza, una persecución en un safari, una escena bélica con munición que podría provocar lesiones o un wéstern de serie B, los animales eran obligados a actuar sin protecciones o seguridad alguna sin respetar su salud y descanso o incluso eran asesinados de forma real si se buscaba aumentar el realismo, con la característica que nadie le daba apenas importancia, porque eran escenas en otras películas más autorizadas, nada sanguinarias o violentas y consecuentes con el guion (por ejemplo, ‘La caza’ de Carlos Saura de 1966).

Es bastante irónico que la película más cruel rodada con animales haya sido una de las bases para proteger los derechos de los seres irracionales y evitar su maltrato, tortura y asesinato y evidentemente lograr acercar a la sociedad de aquellas tiempos una conciencia de protección animal que cada día, por suerte aumenta más.

Por último, y para intentar defender a Deodato (ardua labor la mía), decir que el director y actores de la película han manifestado su arrepentimiento tiempo después por el uso brutal de los animales en el film y que la película, bien analizada, podría ser un magnífico reflejo de la crueldad irracional del ser humano civilizado frente a la población indígena, que solo ataca para defenderse del hombre blanco cruel y tiránico por los abusos desproporcionados cometidos a aquella.

  • El caso Morrow:

Explicamos este caso. Vic Morrow era un actor de cine y televisión caracterizado por interpretar personajes secundarios malos o autoritarios debido a su aspecto físico. En 1981, con 52 años, pensaba en retirarse del cine hasta que Spielberg le ofreció rodar la película ‘En los límites de la realidad’, dirigida por diversos directores —entre ellos, John Landis, de la que Spielberg era productor.

cuatro

Vic Morrow en ‘Semilla de maldad’ (1955).

Fuente: Wikipedia.

Morrow aceptó encantado realizar la película, pensando que sería un éxito de taquilla y ayudaría a realzar su carrera y posterior retiro. Por desgracia, en una de las escenas finales ocurrió un terrible accidente. Morrow tenía que huir por el caudal de un río, sosteniendo a dos niños vietnamitas (Myca Dinh Le, de 6 años, y Renee Shin-Yi Chen, de 7) mientras detrás se producían una serie de terribles explosiones en un campamento vietnamita y con un helicóptero encima de los actores y a escasa altura de los mismos, por lo que era una escena de gran peligrosidad y a altas horas de la mañana, así que no parecía una buena idea su grabación, aunque se decidió rodarse finalmente al asegurar los especialistas que, a pesar del peligro, todo estaba controlado

cinco

Los pequeños niños actores Myca Dinh Le y Renee Shin-Yi Chen.

Fuente: moviepilot.com.

Durante el transcurso de la escena, las explosiones fueron tan potentes que desestabilizaron el helicóptero y cayó encima de Morrow y los niños con fatales consecuencias. Morrow y uno de los niños fueron literalmente decapitados por las aspas del helicóptero y el otro niño murió por el peso del armatoste mecánico. Para colmo de males, la escena del horrible accidente fue grabada en directo por las cámaras.

seis

El helicóptero tras el accidente.

Fuente: traslascamaras.com.

La muerte de Morrow y los niños sacudió al público y obviamente se celebró un juicio contra Landis y el resto del equipo por negligencia y homicidio imprudente. Durante el proceso, se demostró que los niños actores habían sido contratados ilegalmente, lo que enturbió más la situación. Al final, Landis y el resto del equipo fueron absueltos, pero por medio de este caso se consiguió legalizar y mejorar las condiciones de seguridad en los rodajes con efectos especiales, se protegieron con más ahínco los derechos laborales de los niños actores menores de edad y se dio un claro aviso a Hollywood, porque con el boom de los filmes de acción y aventuras en los 80, ya se habían producido más accidentes de helicópteros y hasta 13 muertes de extras, las cuales habían pasado desapercibidas; pero el fallecimiento de un actor principal como Morrow en una producción del rey Midas de Hollywood sí provocó una llamada de atención.

  • El asesinato de Rebecca Schaeffer:

Esta actriz estadounidense, muy conocida en Estados Unidos por su papel en la serie de televisión ‘Mi hermana Sam’, falleció en 1989 a los 22 años, asesinada por un stalker o acosador, un desequilibrado mental llamado John Bardo. Y es que el delito fue muy fácil de cometer porque en ese tempo las leyes antiacosadores eran muy suaves y se consideraba a los fans insoportables como una carga personal que debían soportar los famosos y apenas se ofrecía protección a los mismos o a las personas acosadas en general.

Bardo estuvo acosando a la actriz durante trez años. Para colmo, mandó una carta de amor a Schaeffer y un encargado del club de fans de la actriz, se la respondió como si fuera suya, lo que provocó un anhelo mayor del stalker a la actriz, demostrando también el poco tacto social del club de fans, al considerar a Bardo como un simple enamorado y no como una persona que debería ser investigada, ya que tenía un largo historial de acosos a otras famosas y la carta era extremadamente posesiva. Tras ello, Bardo intentó dirigirse en un par de ocasiones al estudio en el que la actriz trabajaba, en una de ellas armado, pero fue rechazado por los guardias de seguridad, lo que fomentó su odio a la actriz por tal rechazo de los miembros de seguridad.

Rebecca Schaeffer y John Bardo.

Fuente: alchetron.com y criminalia.es.

Al ver que sería muy difícil conseguir hablar con ella en el estudio, Bardo decidió buscar su domicilio. Para ello, contactó con un detective que le brindó la dirección de la actriz, la cual fue conseguida simplemente sabiendo el número de la matrícula de coche de Schaeffer y con una simple llamada al departamento de tráfico el Departamento de Vehículos Motorizados, el cual le dio la información al detective sin apenas problemas y este a Bardo.

Armado con una pistola, y ya sabiendo su dirección, el acosador se dirigió a casa de su futura víctima. En un principio, Schaeffer, tras hablar con él un rato, le rechazó amablemente y le pidió que no volviera a hacerlo, a lo cual aceptó; pero tiempo después Bardo volvió a la residencia de la actriz y al abrir esta de nuevo la puerta, Bardo le disparó a quemarropa y huyó. Los servicios médicos atendieron a Rebecca pero nada se pudo hacer por su vida. Bardo fue detenido tiempo después, confesó el delito, de una forma totalmente tranquila y despreocupada y con todo lujo de detalles, y fue condenado a cadena perpetua.

Al igual que la muerte de Morrow, la de Schaeffer fue muy criticada, por lo que el sistema judicial y legislativo americano jugó su carta ante la gravedad del tema y la posible repetición de delitos similares por imitadores. El acoso pasó a convertirse en un delito más grave, se aumentó la protección a las víctimas de los delitos de acoso y se endureció la ley de protección de datos en muchos registros para que estos no puedan ser entregados a cualquier persona, favoreciendo la privacidad e intimidad total de los registrados.

Como se puede ver, la realidad supera a la ficción. El escándalo provocado por estos hechos tuvo al final una buena consecuencia. Motivaron a los legisladores a moverse, trabajar y sobre todo tomarse en serio actividades ilícitas que antes pasaban desapercibidas. Pero ojo, no sólo a los legisladores, la gente empezó a involucrarse más en evitar este tipo de actividades tras el shock recibido, es decir, despertó una conciencia social que sería muy recomendable que vuelva a aflorar en los tiempos actuales.

Fuente de las imagen de la cabecera: moviepilot.com.

Juristas Desencadenados, 2016.

Tras las huellas de la alienación social

(Reflexiones en torno al espectáculo y la sociedad de consumo)

fffd

“El consumo es un mito. Es decir, es una palabra de la sociedad contemporánea sobre sí misma, es la manera en que la sociedad habla de sí. Y, de algún modo, la única realidad objetiva del consumo es la idea del consumo, es esta configuración reflexiva y discursiva, retomada indefinidamente por el discurso cotidiano y el discurso intelectual, y que ha adquirido fuerza de sentido común”.1

Jean Baudrillard, ‘La sociedad de consumo’ (1970).

Por Guillermo Caloca.

¿Qué significa y qué implicaciones tiene estar alienado? ¿Qué mecanismos operan en este fenómeno contemporáneo de masas? ¿Contamos con herramientas para explicar, criticar y poder analizar la alienación? ¿Dónde y de quién o quiénes podemos rastrear elementos para comprender su naturaleza y causa? Sobre la base de este tipo de interrogantes planteados pretende el presente escrito ahondar en un breve y modesto análisis, abierto a la discusión, acerca del problema endémico que aqueja a la población de las democracias burguesas más avanzadas, en donde está reconocida formal y aparentemente la libertad de expresión y de pensamiento, pero paradójicamente los sujetos no tienen opiniones propias, no tienen pensamiento crítico ni demasiadas posibilidades de adquirirlo, ni saben qué hacer con su libertad. Basta decir, de antemano, que este escrito no tiene pretensiones de abordar la cuestión del cómo superar la alienación social puesto que tal tarea requeriría mayor tiempo y espacio y porque debería ser más una tarea práctica que teórica. Lo que aquí se analiza críticamente parte de una premisa aterradora que se da en la realidad social del tiempo histórico en que vivimos: el hecho de que nunca tantos fueron alienados por —y en beneficio de— tan pocos. Se trata de profundizar, subvirtiendo las apariencias, en el porqué y en el cómo de este fenómeno.

Cuando el joven Karl Marx tenía 26 años trató de analizar críticamente la categoría de enajenación humana o alienación en sus llamados Manuscritos económico-filosóficos. Según Marx, esta enajenación o alienación se origina y se manifiesta por medio de la relación social del trabajo y la naturaleza que éste tiene en el capitalismo: es un trabajo forzado, en donde los trabajadores no se afirman sino que se niegan en él en tanto que los productos del mismo no les pertenecen, y el tiempo que se dedica al trabajo no son horas felices sino desgraciadas durante las cuales el trabajador:

“[…] no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. […] Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste”.2

Así pues, la alienación surge, en un primer momento, en el ámbito del trabajo, en la producción. Sin embargo, en la sociedad del siglo XXI, especialmente en Occidente, se han desarrollado formas mucho más complejas y sutiles de alienación social que se extienden más allá de la relación laboral, de la esclavitud asalariada. En la medida en que los avances científicos y técnicos, el desarrollo de la maquinización y el subsiguiente incremento de la productividad laboral y la sobreproducción de mercancías a nivel mundial se fueron multiplicando a lo largo de todo el siglo XX, se fue generando, cada vez más, una ingente masa de población superflua, que ya no era necesaria ni rentable para las exigencias de la acumulación y la competencia capitalistas; el sistema estaba sustituyendo, en forma de progreso técnico, fuerza de trabajo (cualificada y no cualificada) por medios de producción más perfeccionados, más rentables y útiles que los propios trabajadores. El sistema va necesitando cada vez menos trabajadores, expulsándolos del ámbito del trabajo no sólo temporalmente sino, en muchos casos, para siempre:

“[…] carecer de un puesto de trabajo se percibe cada vez más como un estado de «redundancia» (ser descartado, etiquetado como superfluo, inútil, incapacitado para trabajar y condenado a permanecer «económicamente inactivo»). Estar sin trabajo implica ser prescindible, quizás incluso ser prescindible para siempre, destinado al basurero del «progreso económico», un progreso que, en última instancia, se reduce a realizar el mismo trabajo y conseguir idénticos beneficios, pero con menos personal y «costes laborales» inferiores”.3

Este «ejército industrial de reserva» del que hablaba Marx, continúa hoy engrosando sus filas indefinidamente. Aquí es donde surge la necesidad de crear e incentivar una cultura del ocio o incluso una industria cultural, como la llegó a calificar la Escuela de Frankfurt, para mantener a todo esa población innecesaria entretenida, calmada con promesas de evasión o de felicidad para que obedezcan y al menos consuman, ya que las dificultades del capitalismo ya no son tanto cómo producir muchas mercancías, sino venderlas y convencer a los consumidores de que realmente las necesitan.

En la sociedad actual del siglo XXI, donde las imágenes, las pantallas, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y la televisión gobiernan con férrea autoridad la totalidad de la vida social, sigue plenamente vigente la formulación de Guy Debord —más vigente aún, si cabe, que cuando lo escribió a finales de los 60 para analizar y describir con bastante acierto el grado de alienación y deshumanización al que llega nuestra civilización. El concepto que utilizó fue el de «sociedad del espectáculo»:

“El espectáculo, entendido en su totalidad, es al mismo tiempo el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento del mundo real, una decoración sobreañadida. Es el núcleo del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares —información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo actual de vida socialmente dominante. Es la omnipresente afirmación de una opción ya efectuada en la producción, y su consiguiente consumo. La forma y el contenido del espectáculo son, del mismo modo, la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. El espectáculo es también la permanente presencia de esta justificación, en cuanto ocupación de la parte primordial del tiempo de vida que transcurre fuera del ámbito de la producción moderna. […] La realidad vivida se halla materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, […] la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sustento de la sociedad actual”.4

Por tanto, en la sociedad existente la alienación social, analizada por Debord, ha conquistado el terreno del ocio, del tiempo libre, es decir, aquel espacio de tiempo que le quedaba al trabajdor como libre para dedicarse a sí mismo, a su autorrealización personal, al libre desarrollo de su personalidad, al cultivo de sus amistades, su creatividad, su espíritu, su descanso. Actualmente, en cambio, toda una industria del ocio, del entretenimiento, entra en forma de ruido en nuestras casas por los televisores y lo hace a gritos o en nuestras cenas y reuniones con amigos o familiares mediante la omnipresencia de pantallas, de sonidos, de imágenes, de esas mercancías de alta tecnología que son nuestros SmartPhones, de las fiestas y eventos sociales cuyo sentido y función no se entienden sin el exceso, sin el despilfarro material, sin el hiperconsumo, sin la excrecencia que como la canción de los Rolling no consigue ni puede conseguir la satisfacción. Es la lógica de la mercancía del criterio cuantitativo a ultranza que invade el ocio, el tiempo libre, hasta aniquilarlo convirtiéndolo en un espectáculo que “no conduce a ninguna parte sino salvo a sí mismo”5. En este sentido, lo que importa recalcar de la alienación social que impera y se reproduce por el capitalismo cobrando forma de espectáculo, de sociedad de consumo, de pensamiento único, etc. es que no tiene nada de inocente ni de neutral, ya que está siendo fomentado y puesto en marcha por la clase dominante. Si la alienación social se agudiza y cobra formas tanto más seductoras, sutiles y perfeccionadas cuanto más se desarrolla la técnica, la explotación y precariedad laboral, la industria cultural y del ocio que embrutece a las masas es tan sólo porque favorece a los intereses e ideología de la clase capitalista, conformando en las masas una falsa conciencia, una inversión de lo real, difundiendo entre ellas el modo de vida de la burguesía como ideal para toda la sociedad y ocultando la inconciliabilidad de los intereses de las clases sociales en lucha.

Al no encontrar el sujeto ni la autorrealización, ni la satisfacción, ni la felicidad en el trabajo forzado, ni en el ocio mediado por la lógica de la mercancía que se revela a todas luces insatisfactorio, las masas acaban entregándose a las formas más básicas, degradadas, brutales, banales y superficiales de evasión, de desconexión con el mundo real, profundizando en su alienación adoptando una conducta autómata que se confunde con la del animal:

“De esto resulta que el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la habitación y al atavío, y en cambio en sus funciones humanas se siente como animal. Lo animal se convierte en lo humano y lo humano en lo animal. Comer, beber y engendrar, etc., son realmente también funciones humanas. Pero en la abstracción que las separa del ámbito restante de la actividad humana y las convierte en fin único y último son animales”.6

No es tan solo que se dé esta inversión de las funciones humanas y animales, como señala Marx, sino que dentro de la categoría de lo humano, el estado alienante de sí mismo, conforma a un sujeto consumista degradado a su condición más infantil, se normaliza la conducta del eterno adolescente caprichoso, inseguro, que no se conoce a sí mismo ni entiende del todo el mundo que lo rodea aunque finge entenderlo, que es ignorante aunque finge saber lo que no sabe, que está desinformado pero trata de hacer ver estar a la última, fruto todo ello de una interiorización en su estructura del carácter de la lógica competitiva con sus iguales consumidores. Tal es el tipo de sujeto imperante que brutalmente se manifiesta a través de las diversas formas de alienación social.

La madurez y el adulto han muerto; la ideología del consumo homogeneiza a la sociedad en una masa honda y profunda de adolescentes consumistas compulsivos. Instalado en la brecha abierta entre el rechazo a la niñez y el miedo o desprecio a la tercera edad, el adolescente como agente social en las relaciones de consumo —caracterizado por los rasgos de narcisismo, rebeldía, la satisfacción inmediata y caprichosa de sus deseos individuales, la búsqueda de «ser verdaderamente uno mismo», etc.— opera, aun sin ser consciente, en base a las mismas premisas de una sociedad de consumo de la que, en principio, se quiere diferenciar, en tanto que participa de las mismas motivaciones psicológicas que quienes venden, publicitan, promocionan, etc., productos y servicios de consumo. Así pues, las pretensiones de diferenciación son un eficaz instrumento medial y congruente que logran una identificación con la ideología del consumo, vinculando recíprocamente a los consumidores con los productores y, por ende, a ambos dentro de la totalidad.

Y es necesario el matiz: ideología consumista no necesariamente quiere decir comprar mucho y/o gastar mucho dinero. No se trata de una mera cuestión de cantidad. Se trata más bien de la inserción en el carácter y en la actitud de aquello que Baudrillard denomina la «lógica del signo», es decir; valorar los objetos no por su valor de uso —y ya ni tan siquiera por su valor de cambio—, sino por un status asignado socialmente a los objetos de consumo, de tal suerte que el adoctrinamiento deviene en modo de vida ideal, referente, vale decir, dominante. Dijérase, en palabras de Gramsci, que deviene en hegemonía cultural (de consumo, específicamente).

Cabe entender que la aceptación de este valor de signo de los sujetos con respecto los objetos es tributaria de la ideología de la clase dominante burguesa y que la normalización de esos signos (ideológicos) opera eficazmente desde los aparatos ideológicos del Estado de que dispone la clase dominante. Y aquí cabría hablar de todos aquellos valores socialmente conceptuados como positivos dentro de la cultura (hegemónica) del ocio y del espectáculo, aprovechados por el sistema ideológico de consumo para crear nuevas «necesidades» al consumidor medio y normalizado (aquel que se inserta en las clases subalternas), haciéndole creer que es soberano, que realmente decide y define o conforma libremente dichas «necesidades», cuando en realidad “ya no trabajamos para nuestras necesidades, sino para el capital. El capital genera sus propias necesidades, que nosotros, de forma errónea, percibimos como propias”7. Al estar la lógica de la mercancía ampliada a todos los ámbitos de la vida social, todas estas «necesidades» particulares, tomadas una a una, son irrelevantes en su deseo de ser «satisfechas», puesto que se encuadran en un sistema de pseudonecesidades donde ya no impera el valor de su uso, de su goce, sino la lógica del deseo o consumo. Ya no estamos hablando de un deseo de consumo, sino más bien de un consumo del deseo, que es permanente, ilimitado, insatisfactorio, incompleto, sustituible a cada momento por un nuevo objeto, socialmente fetichizado. Es la obligación (¿dictadura?) —desde la ideología del consumo— de gozar, de ser feliz (análoga a la obligación de trabajar y producir), de la cual nadie debe sustraerse, pues en tal caso se le recordará al consumidor que ya no tiene derecho a ser feliz; «es un antisocial». En esa imposición del goce, de la diversión, de la «fiesta» se evidencia la denegación de la satisfacción del deseo. Lo que hay es una continua reproducción del espectáculo sostenida por el temor a «perderse» algo (cualquier instante de «diversión», lo que sea). Por ello, más que de «evasión» (hacia un afuera) sería más preciso hablar aquí de encierro (hacia dentro); el objeto de consumo que aísla y vuelve a las muchedumbres solitarias. Esta especie de diversión por imposición se torna, de este modo, en un aburrimiento endémico que reproduce la insatisfacción social crónica.

De este modo, se venden y promocionan las promesas (valores) de «felicidad», de «evasión», de «fiesta», promesas de «eterna juventud», de «autorrealización», «autoperfección», etc, que no sirven, pues, a otro fin que a la perpetuación de la falsa conciencia por excelencia; el dominio total sobre la vida social del espectáculo debordiano, de la sociedad unidimensional marcusiana; la clara ratificación de la hegemonía burguesa —imbuyendo a la clase proletaria de una conciencia antagónica a sus intereses— en el terreno ideológico de la lucha de clases.

Así pues, en ese marco general hecho a medida de ese sujeto unidimensional de Marcuse —o automático, que diría Jappe—, la ideología del consumo trasciende más allá de los meros hábitos y actitudes puramente personales, esto es; tiene implicaciones en el plano político en el sentido de que reproduce la autoalienación, en el sentido de que, aparentemente, enquista la lucha de clases en una suerte de espectáculo permanente donde el votante y el consumidor participan de la misma lógica del consumo, tal como señala Byung Chul-Han:

“La libertad del ciudadano cede ante la pasividad del consumidor. El votante, en cuanto consumidor, no tiene un interés real por la política, por la configuración activa de la comunidad. No está dispuesto ni capacitado para la acción política común. Sólo reacciona de forma pasiva a la política, refunfuñando y quejándose, igual que el consumidor ante las mercancías y los servicios que le desagradan. Los políticos y los partidos también siguen esta lógica del consumo. Tienen que proveer. De este modo, se degradan a proveedores que han de satisfacer a los votantes en cuanto consumidores o clientes. La transparencia que hoy se exige de los políticos es todo menos una reivindicación política. No se exige transparencia frente a los procesos políticos de decisión, por los que no se interesa ningún consumidor. El imperativo de la transparencia sirve sobre todo para desnudar a los políticos, para desenmascararlos, para convertirlos en objeto de escándalo. La reivindicación de la transparencia presupone la posición de un espectador que se escandaliza. No es la reivindicación de un ciudadano con iniciativa, sino la de un espectador pasivo. La participación tiene lugar en la forma de reclamación y queja. La sociedad de la transparencia, que está poblada de espectadores y consumidores, funda una democracia de espectadores”.8

Lo patológico de esta sociedad capitalista, en lo que concierne al carácter de los explotados y oprimidos por el sistema, transita en la contradicción entre esa pasividad moderna del espectador y del votante y la frenética actividad impuesta al trabajador-consumidor que termina por degenerar, cada vez más, en un tipo de sujeto (sujeto en el sentido de estar sometido) que es el esclavo ideal —al que sobre el papel, formalmente, se le reconoce un elenco de derechos y libertades— que se caracteriza por ser apático, desgastado por el cansancio, desorientado por la desinformación, hipnotizado por las modas, seducido por la publicidad, codicioso y devoto del dinero; sometido a lo que manda la tribu, arrogante dentro de esa errónea seguridad de sí mismo que da el estar alienado; débil con los fuertes, fuerte con los débiles; ultraindividualista, fanático de los deportes y los estadios; profeta especializado en banalidades e ideas intrascendentes, narcisista, egocéntrico, gregario; consumidor de las mitologías del momento más inmediato, sin memoria, racista y misógino, etc.

Desde la irracionalidad de su racionalidad, que diría Marcuse, el sistema, a fuerza de promocionar y explotar la libertad (de consumo, de elección, etc.) acaba generando, paradójicamente, reflejos de sumisión y coacción imperceptibles:

“El rasgo distintivo de la sociedad industrial avanzada es la sofocación efectiva de aquellas necesidades que requieren ser liberadas —liberadas también de aquello que es tolerable, ventajoso y cómodo mientras que sostiene y absuelve el poder destructivo y la función represiva de la sociedad opulenta. Aquí, los controles sociales exigen la abrumadora necesidad de producir y consumir el despilfarro; la necesidad de un trabajo embrutecedor cuando ha dejado de ser una verdadera necesidad; la necesidad de modos de descanso que alivian y prolongan ese embrutecimiento; la necesidad de mantener libertades engañosas tales como la libre competencia a precios políticos, una prensa libre que se autocensura, una elección libre entre marcas y gadgets. […] La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación. Y la reproducción espontánea, por los individuos, de necesidades superimpuestas no establece la autonomía; sólo prueba la eficacia de los controles”.9

Referencias:

1. BAUDRILLARD, J.; La sociedad de consumo, Siglo XXI, 2ª edición, 2011, pág. 247.

2. MARX, K.; Manuscritos de economía y filosofía, Alianza Editorial, 3ª edición, 2013, pág. 139.

3. BAUMAN, Z.; Tiempos líquidos: vivir en una época de incertidumbre, Tusquets Editores, 4ª edición, 2013, pág. 101.

4. DEBORD, G.; La sociedad del espectáculo, Pre-textos, 2ª edición, págs. 39 y 40.

5. DEBORD, G.; op. cit., pág. 42.

6. MARX, K.; op. cit., págs. 139 y 140.

7. BYUNG-CHUL, H.; Psicopolítica, Herder, 1ªedición, 2014, pág. 19.

8. BYUNG-CHUL, H.; op. cit., págs. 23 y 24.

9. MARCUSE, H.; El hombre unidimensional, Ariel, 1ª edición, 2010, págs. 46 y 47.

Juristas Desenadenados, 2016.

Gustos salvajes II: el boxeo

toro-salvaje--644x362

Por Manuel Cobo.

Persisto en mi salvajismo y, siguiendo con mis aficiones inconfesables, afirmo con rotundidad que me gusta ver los grandes combates de boxeo. Si es en la categoría de los pesos pesados todavía mejor. Aunque los Pacquiao vs. Márquez también han sido sensacionales. La crisis actual de la categoría reina provoca que tenga que tirar de archivo. De las viejas leyendas.

A todo esto, ¿Cómo podemos definir un deporte en el que dos personas se dan puñetazos voluntariamente? En ocasiones con trágicas consecuencias en el mismo ring o fuera de él a medio-largo plazo. El maestro Manuel Alcántara lo define como “el arte de salir de la miseria a base de golpes”. No me atrevo a ponerle ni un pero a esa definición.

Al igual que me pasaba con el asunto taurino, tampoco soy un experto en el deporte pugilístico. No domino al dedillo los conceptos de guardia alta o baja, de la pegada, no me entero cuándo están en la distancia del dinero o juega uno con el otro.

Tampoco voy a justificar por qué me emociona ver Thrilla in Manila (el mejor combate de la historia según la mayoría de periodistas especializados) o las razones por las que me pongo en pie cuando reviso las embestidas de esa bestia de la naturaleza forjada en las calles más duras e instituciones juveniles menos agradables llamada Mike Tyson. Series de golpes que parecían acabar con la vida del desgraciado que tenía en frente en cualquier instante. Como si aquellos sacos con piernas hubieran ofendido a ese delincuente juvenil y alma atormentada en lo más profundo de su ser.

En lo referente al recientemente fallecido Muhammad Ali, hay que decir que es innegable que poseía la labia, la literatura, la personalidad, y el talento para convertirse en lo que fue. Coincidió además con una época fascinante en la historia de Estados Unidos. Fue un líder negro en una época en la que serlo te costaba la vida. Y sabemos que se enfrentó al mismísimo gobierno de su poderoso país. Puede que se trate del mejor deportista del siglo XX.

Pero estrictamente en el formato boxeador, reconozco que mis preferencias oscilan más hacia los grandes pegadores. Algo que nunca fue el anteriormente conocido como Cassius Clay. Su contemporáneo y gran rival Joe Frazier y el mordedor de Holyfield me gustaban más. Quizás no tuvieran una técnica tan depurada. No tengo ni idea. Puede que careciesen de esa estética y musicalidad a la hora de moverse por el ring. No flotaban como una mariposa ni picaban como una abeja. Se limitaban a mandarte al séptimo cielo cuando tuvieses un mínimo descuido. Como si fueses un utilitario averiado en un paso a nivel y ellos trenes de mercancías. Menos sutiles, pero no por ello peores.

Del boxeo, a diferencia de la tauromaquia, me gusta también lo que le envuelve. La liturgia, esos gimnasios de barrio y sobre todo las historias humanas que encierran. Casi siempre dramáticas. Casi siempre también interesantes, cuando no fascinantes. No es casualidad que dichos relatos que se esconden detrás de esos guerreros que se ponen los guantes a partirse la cara hayan sido fuente inagotable en la que han abrevado escritores, periodistas y cineastas de varias generaciones.

Sin ir más lejos en el séptimo arte se ha creado a lo largo del tiempo una especie de rara avis, un subgénero pugilístico que suele producir siempre cintas entre buenas, muy buenas y obras maestras. También hay algún bodrio infumable, lo admito, pero el ratio es más que aceptable.

Es la magia del uno-dos. El refugio al que muchos jóvenes de vida turbulenta acuden en busca de una oportunidad o incluso una familia. El boxeo estremece el alma sensible por los golpes que se propinan encima de la lona. Pero muchos aceptan ese precio porque ya han conocido antes los golpes aún más letales que da la vida.

Que tu único talento para sobrevivir sea que se te de bien pegar a otro ser humano no debe ser sencillo de asumir. Pero vale la pena asomarse a estos gladiadores para conocer un poco más de cerca que les ronda por la cabeza entre combate y combate. Os aseguro a los profanos que os sorprenderá. No sé si para bien o para mal. Pero os sorprenderá. Y puede que hasta os deje KO.

Fuente de la imagen: ABC.

Juristas Desencadenados, 2016.

Gustos salvajes I: la tauromaquia

scene-of-a-bullfight.jpg!Large

Por Manuel Cobo.

En este blog hemos realizado una entrevista a representantes del PACMA. En Juristas Desencadenados estamos en contra del maltrato animal. Así que si este artículo hiere la sensibilidad de alguna persona, e incluso de alguna de mis amistades, pido perdón de antemano.

Servidor ha tenido a lo largo de su vida un hámster, periquitos, gatos, varios perros (ahora tengo dos canes hembras preciosas)… Y unos de los recuerdos más bonitos de mi infancia es el de ver parir a vacas, jatucos preciosos que poco a poco se convertían en novillos y vacas lecheras que mi abuelo ordeñaba. Ir en carro a la hierba me parecía por aquel entonces la mayor y más emocionantes de las aventuras. Ya se sabe que la única patria de un hombre es su infancia.

Toda esta introducción sé que suena a excusatio non petita… pero tenía que decirlo para a continuación escribir de otro asunto que tiene que ver con animales. De un tema, siempre polémico, que convive en mi interior y me reconcome. Una afición no muy intensa, pero que me produce una especie de sensación, si no de culpa, al menos sí de incomodidad. Porque entre otros motivos, me da rabia no tener argumentos sólidos para defenderme en un debate sobre este tema. Igual por escrito lo consigo. Aunque creo que voy a hacer un pan con unas tortas.

Hablo de la tauromaquia. Y más allá del debate visceral y totalmente entendible de si se trata de arte o maltrato animal público, he de decir que a mí sólo me gusta ver torear a una persona. El de Galapagar. El resto del escalafón me resulta anodino y cuando se ceban en la suerte de la espada o el descabello sale mi vena animalista y aún me siento peor. El rejoneo tampoco me gusta porque para ver bailar a equinos hermosos ya hay otros espectáculos.

Confieso también que nunca he ido a una plaza de toros. Nunca he visto torear en directo. Porque me parece caro y porque además estoy casi convencido de que mi afición de baja intensidad desaparecería en el primer par de banderillas o cuando se pusiera el picador en faena. Creo que saldría del recinto despavorido. Así que ni siquiera puedo opinar con precisión o a sabiendas de las sensaciones que produce en primera fila ese espectáculo.

No tengo opinión firme y contundente. Simplemente recuerdo las escasas veces que he visto a José Tomás por la televisión y cómo me impresionaba lo que hacía. Un tipo que se arrimaba tanto, que parecía practicar otra forma de suerte distinta al resto de compañeros de oficio.

Vuelvo a pedir perdón. Quizás pertenezca a esa parte de España tan nuestra, tan tradicional y profunda y me resulta difícil admitirlo. Pero si lo pienso detenidamente, tampoco siento apego por todo lo que rodea la tauromaquia. La personalidad de los toreros me resulta indiferente cuando no simplona, son parecidos a la mayoría de futbolistas de élite en ese sentido con la única diferencia de que parecen sacados de un episodio de Curro Jiménez. La aristocracia que se da cita en el tendido y todo ese ambiente me resulta totalmente ajeno.

Lo de respetar los gustos de la gente está tan sobado que no me atrevo ni a decirlo. Hay un animal que sufre y muere. Se podría incluso tipificar esa conducta como delito.

¿Pero por qué en pleno siglo XXI sigue teniendo arraigo? No solo en nuestro país, sino en toda Latinoamérica y hasta en nuestro país vecino del norte, siempre tan avanzado e intelectual. ¿En Nimes también son salvajes?

Hace poco leí una noticia en la que se decía que las pinturas de Goya de temática taurina eran en el fondo una crítica a la fiesta. Que era uno de los pioneros de la defensa de los derechos de los animales. Quizás tengan razón. Y la corrida goyesca sea una gran ironía.

Si en un futuro se prohíbe totalmente en España y las plazas pasan a ser recintos para conciertos o shows de Red Bull, no me pondré triste. Será fruto de una lógica evolución. Los taurinos dirán que será una imposición o cosas peores.

En todo caso es innegable que es algo muy español y que está en nuestro ADN. ADN salvaje y atávico como un natural o una verónica. Esa naturaleza salvaje (que los toros van afeitados y no es un duelo justo también lo sé), es la que supongo atraía a tipos como Orson Welles, Salvador Dalí o Pablo Picasso. A Hemingway no le cuento porque a ese genio lo que le atraía era la jarana alrededor del asunto. Su novela Fiesta y Pamplona dan fe.

Resumiendo y para acabar voy a soltar unas perogrulladas, de esas que tanto gustan al caminante gallego. El toreo es violento y muy sangriento. Insoportablemente violento y sangriento. Una barbarie. Es indudable. Pero también hay estética. La hay. También es indudable.

Creo que voy a seguir con estos sentimientos contradictorios unos años más. Voy a seguir dando la razón a los defensores de los animales mientras en silencio pienso en que el miedo es ese lugar donde José Tomás se coloca para dar muletazos. Seguiré sin acercarme a una plaza de toros. Y seguiré siendo muy incoherente. Porque entre otras cosas soy español y creo que eso es un significativo resumen. No tengo remedio.

Fuente de la imagen: WikiArt.

Juristas Desencadenados, 2016.