Gustos salvajes I: la tauromaquia

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Por Manuel Cobo.

En este blog hemos realizado una entrevista a representantes del PACMA. En Juristas Desencadenados estamos en contra del maltrato animal. Así que si este artículo hiere la sensibilidad de alguna persona, e incluso de alguna de mis amistades, pido perdón de antemano.

Servidor ha tenido a lo largo de su vida un hámster, periquitos, gatos, varios perros (ahora tengo dos canes hembras preciosas)… Y unos de los recuerdos más bonitos de mi infancia es el de ver parir a vacas, jatucos preciosos que poco a poco se convertían en novillos y vacas lecheras que mi abuelo ordeñaba. Ir en carro a la hierba me parecía por aquel entonces la mayor y más emocionantes de las aventuras. Ya se sabe que la única patria de un hombre es su infancia.

Toda esta introducción sé que suena a excusatio non petita… pero tenía que decirlo para a continuación escribir de otro asunto que tiene que ver con animales. De un tema, siempre polémico, que convive en mi interior y me reconcome. Una afición no muy intensa, pero que me produce una especie de sensación, si no de culpa, al menos sí de incomodidad. Porque entre otros motivos, me da rabia no tener argumentos sólidos para defenderme en un debate sobre este tema. Igual por escrito lo consigo. Aunque creo que voy a hacer un pan con unas tortas.

Hablo de la tauromaquia. Y más allá del debate visceral y totalmente entendible de si se trata de arte o maltrato animal público, he de decir que a mí sólo me gusta ver torear a una persona. El de Galapagar. El resto del escalafón me resulta anodino y cuando se ceban en la suerte de la espada o el descabello sale mi vena animalista y aún me siento peor. El rejoneo tampoco me gusta porque para ver bailar a equinos hermosos ya hay otros espectáculos.

Confieso también que nunca he ido a una plaza de toros. Nunca he visto torear en directo. Porque me parece caro y porque además estoy casi convencido de que mi afición de baja intensidad desaparecería en el primer par de banderillas o cuando se pusiera el picador en faena. Creo que saldría del recinto despavorido. Así que ni siquiera puedo opinar con precisión o a sabiendas de las sensaciones que produce en primera fila ese espectáculo.

No tengo opinión firme y contundente. Simplemente recuerdo las escasas veces que he visto a José Tomás por la televisión y cómo me impresionaba lo que hacía. Un tipo que se arrimaba tanto, que parecía practicar otra forma de suerte distinta al resto de compañeros de oficio.

Vuelvo a pedir perdón. Quizás pertenezca a esa parte de España tan nuestra, tan tradicional y profunda y me resulta difícil admitirlo. Pero si lo pienso detenidamente, tampoco siento apego por todo lo que rodea la tauromaquia. La personalidad de los toreros me resulta indiferente cuando no simplona, son parecidos a la mayoría de futbolistas de élite en ese sentido con la única diferencia de que parecen sacados de un episodio de Curro Jiménez. La aristocracia que se da cita en el tendido y todo ese ambiente me resulta totalmente ajeno.

Lo de respetar los gustos de la gente está tan sobado que no me atrevo ni a decirlo. Hay un animal que sufre y muere. Se podría incluso tipificar esa conducta como delito.

¿Pero por qué en pleno siglo XXI sigue teniendo arraigo? No solo en nuestro país, sino en toda Latinoamérica y hasta en nuestro país vecino del norte, siempre tan avanzado e intelectual. ¿En Nimes también son salvajes?

Hace poco leí una noticia en la que se decía que las pinturas de Goya de temática taurina eran en el fondo una crítica a la fiesta. Que era uno de los pioneros de la defensa de los derechos de los animales. Quizás tengan razón. Y la corrida goyesca sea una gran ironía.

Si en un futuro se prohíbe totalmente en España y las plazas pasan a ser recintos para conciertos o shows de Red Bull, no me pondré triste. Será fruto de una lógica evolución. Los taurinos dirán que será una imposición o cosas peores.

En todo caso es innegable que es algo muy español y que está en nuestro ADN. ADN salvaje y atávico como un natural o una verónica. Esa naturaleza salvaje (que los toros van afeitados y no es un duelo justo también lo sé), es la que supongo atraía a tipos como Orson Welles, Salvador Dalí o Pablo Picasso. A Hemingway no le cuento porque a ese genio lo que le atraía era la jarana alrededor del asunto. Su novela Fiesta y Pamplona dan fe.

Resumiendo y para acabar voy a soltar unas perogrulladas, de esas que tanto gustan al caminante gallego. El toreo es violento y muy sangriento. Insoportablemente violento y sangriento. Una barbarie. Es indudable. Pero también hay estética. La hay. También es indudable.

Creo que voy a seguir con estos sentimientos contradictorios unos años más. Voy a seguir dando la razón a los defensores de los animales mientras en silencio pienso en que el miedo es ese lugar donde José Tomás se coloca para dar muletazos. Seguiré sin acercarme a una plaza de toros. Y seguiré siendo muy incoherente. Porque entre otras cosas soy español y creo que eso es un significativo resumen. No tengo remedio.

Fuente de la imagen: WikiArt.

Juristas Desencadenados, 2016.

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