Gustos salvajes II: el boxeo

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Por Manuel Cobo.

Persisto en mi salvajismo y, siguiendo con mis aficiones inconfesables, afirmo con rotundidad que me gusta ver los grandes combates de boxeo. Si es en la categoría de los pesos pesados todavía mejor. Aunque los Pacquiao vs. Márquez también han sido sensacionales. La crisis actual de la categoría reina provoca que tenga que tirar de archivo. De las viejas leyendas.

A todo esto, ¿Cómo podemos definir un deporte en el que dos personas se dan puñetazos voluntariamente? En ocasiones con trágicas consecuencias en el mismo ring o fuera de él a medio-largo plazo. El maestro Manuel Alcántara lo define como “el arte de salir de la miseria a base de golpes”. No me atrevo a ponerle ni un pero a esa definición.

Al igual que me pasaba con el asunto taurino, tampoco soy un experto en el deporte pugilístico. No domino al dedillo los conceptos de guardia alta o baja, de la pegada, no me entero cuándo están en la distancia del dinero o juega uno con el otro.

Tampoco voy a justificar por qué me emociona ver Thrilla in Manila (el mejor combate de la historia según la mayoría de periodistas especializados) o las razones por las que me pongo en pie cuando reviso las embestidas de esa bestia de la naturaleza forjada en las calles más duras e instituciones juveniles menos agradables llamada Mike Tyson. Series de golpes que parecían acabar con la vida del desgraciado que tenía en frente en cualquier instante. Como si aquellos sacos con piernas hubieran ofendido a ese delincuente juvenil y alma atormentada en lo más profundo de su ser.

En lo referente al recientemente fallecido Muhammad Ali, hay que decir que es innegable que poseía la labia, la literatura, la personalidad, y el talento para convertirse en lo que fue. Coincidió además con una época fascinante en la historia de Estados Unidos. Fue un líder negro en una época en la que serlo te costaba la vida. Y sabemos que se enfrentó al mismísimo gobierno de su poderoso país. Puede que se trate del mejor deportista del siglo XX.

Pero estrictamente en el formato boxeador, reconozco que mis preferencias oscilan más hacia los grandes pegadores. Algo que nunca fue el anteriormente conocido como Cassius Clay. Su contemporáneo y gran rival Joe Frazier y el mordedor de Holyfield me gustaban más. Quizás no tuvieran una técnica tan depurada. No tengo ni idea. Puede que careciesen de esa estética y musicalidad a la hora de moverse por el ring. No flotaban como una mariposa ni picaban como una abeja. Se limitaban a mandarte al séptimo cielo cuando tuvieses un mínimo descuido. Como si fueses un utilitario averiado en un paso a nivel y ellos trenes de mercancías. Menos sutiles, pero no por ello peores.

Del boxeo, a diferencia de la tauromaquia, me gusta también lo que le envuelve. La liturgia, esos gimnasios de barrio y sobre todo las historias humanas que encierran. Casi siempre dramáticas. Casi siempre también interesantes, cuando no fascinantes. No es casualidad que dichos relatos que se esconden detrás de esos guerreros que se ponen los guantes a partirse la cara hayan sido fuente inagotable en la que han abrevado escritores, periodistas y cineastas de varias generaciones.

Sin ir más lejos en el séptimo arte se ha creado a lo largo del tiempo una especie de rara avis, un subgénero pugilístico que suele producir siempre cintas entre buenas, muy buenas y obras maestras. También hay algún bodrio infumable, lo admito, pero el ratio es más que aceptable.

Es la magia del uno-dos. El refugio al que muchos jóvenes de vida turbulenta acuden en busca de una oportunidad o incluso una familia. El boxeo estremece el alma sensible por los golpes que se propinan encima de la lona. Pero muchos aceptan ese precio porque ya han conocido antes los golpes aún más letales que da la vida.

Que tu único talento para sobrevivir sea que se te de bien pegar a otro ser humano no debe ser sencillo de asumir. Pero vale la pena asomarse a estos gladiadores para conocer un poco más de cerca que les ronda por la cabeza entre combate y combate. Os aseguro a los profanos que os sorprenderá. No sé si para bien o para mal. Pero os sorprenderá. Y puede que hasta os deje KO.

Fuente de la imagen: ABC.

Juristas Desencadenados, 2016.

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