Tras las huellas de la alienación social

(Reflexiones en torno al espectáculo y la sociedad de consumo)

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“El consumo es un mito. Es decir, es una palabra de la sociedad contemporánea sobre sí misma, es la manera en que la sociedad habla de sí. Y, de algún modo, la única realidad objetiva del consumo es la idea del consumo, es esta configuración reflexiva y discursiva, retomada indefinidamente por el discurso cotidiano y el discurso intelectual, y que ha adquirido fuerza de sentido común”.1

Jean Baudrillard, ‘La sociedad de consumo’ (1970).

Por Guillermo Caloca.

¿Qué significa y qué implicaciones tiene estar alienado? ¿Qué mecanismos operan en este fenómeno contemporáneo de masas? ¿Contamos con herramientas para explicar, criticar y poder analizar la alienación? ¿Dónde y de quién o quiénes podemos rastrear elementos para comprender su naturaleza y causa? Sobre la base de este tipo de interrogantes planteados pretende el presente escrito ahondar en un breve y modesto análisis, abierto a la discusión, acerca del problema endémico que aqueja a la población de las democracias burguesas más avanzadas, en donde está reconocida formal y aparentemente la libertad de expresión y de pensamiento, pero paradójicamente los sujetos no tienen opiniones propias, no tienen pensamiento crítico ni demasiadas posibilidades de adquirirlo, ni saben qué hacer con su libertad. Basta decir, de antemano, que este escrito no tiene pretensiones de abordar la cuestión del cómo superar la alienación social puesto que tal tarea requeriría mayor tiempo y espacio y porque debería ser más una tarea práctica que teórica. Lo que aquí se analiza críticamente parte de una premisa aterradora que se da en la realidad social del tiempo histórico en que vivimos: el hecho de que nunca tantos fueron alienados por —y en beneficio de— tan pocos. Se trata de profundizar, subvirtiendo las apariencias, en el porqué y en el cómo de este fenómeno.

Cuando el joven Karl Marx tenía 26 años trató de analizar críticamente la categoría de enajenación humana o alienación en sus llamados Manuscritos económico-filosóficos. Según Marx, esta enajenación o alienación se origina y se manifiesta por medio de la relación social del trabajo y la naturaleza que éste tiene en el capitalismo: es un trabajo forzado, en donde los trabajadores no se afirman sino que se niegan en él en tanto que los productos del mismo no les pertenecen, y el tiempo que se dedica al trabajo no son horas felices sino desgraciadas durante las cuales el trabajador:

“[…] no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. […] Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste”.2

Así pues, la alienación surge, en un primer momento, en el ámbito del trabajo, en la producción. Sin embargo, en la sociedad del siglo XXI, especialmente en Occidente, se han desarrollado formas mucho más complejas y sutiles de alienación social que se extienden más allá de la relación laboral, de la esclavitud asalariada. En la medida en que los avances científicos y técnicos, el desarrollo de la maquinización y el subsiguiente incremento de la productividad laboral y la sobreproducción de mercancías a nivel mundial se fueron multiplicando a lo largo de todo el siglo XX, se fue generando, cada vez más, una ingente masa de población superflua, que ya no era necesaria ni rentable para las exigencias de la acumulación y la competencia capitalistas; el sistema estaba sustituyendo, en forma de progreso técnico, fuerza de trabajo (cualificada y no cualificada) por medios de producción más perfeccionados, más rentables y útiles que los propios trabajadores. El sistema va necesitando cada vez menos trabajadores, expulsándolos del ámbito del trabajo no sólo temporalmente sino, en muchos casos, para siempre:

“[…] carecer de un puesto de trabajo se percibe cada vez más como un estado de «redundancia» (ser descartado, etiquetado como superfluo, inútil, incapacitado para trabajar y condenado a permanecer «económicamente inactivo»). Estar sin trabajo implica ser prescindible, quizás incluso ser prescindible para siempre, destinado al basurero del «progreso económico», un progreso que, en última instancia, se reduce a realizar el mismo trabajo y conseguir idénticos beneficios, pero con menos personal y «costes laborales» inferiores”.3

Este «ejército industrial de reserva» del que hablaba Marx, continúa hoy engrosando sus filas indefinidamente. Aquí es donde surge la necesidad de crear e incentivar una cultura del ocio o incluso una industria cultural, como la llegó a calificar la Escuela de Frankfurt, para mantener a todo esa población innecesaria entretenida, calmada con promesas de evasión o de felicidad para que obedezcan y al menos consuman, ya que las dificultades del capitalismo ya no son tanto cómo producir muchas mercancías, sino venderlas y convencer a los consumidores de que realmente las necesitan.

En la sociedad actual del siglo XXI, donde las imágenes, las pantallas, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y la televisión gobiernan con férrea autoridad la totalidad de la vida social, sigue plenamente vigente la formulación de Guy Debord —más vigente aún, si cabe, que cuando lo escribió a finales de los 60 para analizar y describir con bastante acierto el grado de alienación y deshumanización al que llega nuestra civilización. El concepto que utilizó fue el de «sociedad del espectáculo»:

“El espectáculo, entendido en su totalidad, es al mismo tiempo el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento del mundo real, una decoración sobreañadida. Es el núcleo del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares —información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo actual de vida socialmente dominante. Es la omnipresente afirmación de una opción ya efectuada en la producción, y su consiguiente consumo. La forma y el contenido del espectáculo son, del mismo modo, la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. El espectáculo es también la permanente presencia de esta justificación, en cuanto ocupación de la parte primordial del tiempo de vida que transcurre fuera del ámbito de la producción moderna. […] La realidad vivida se halla materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, […] la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sustento de la sociedad actual”.4

Por tanto, en la sociedad existente la alienación social, analizada por Debord, ha conquistado el terreno del ocio, del tiempo libre, es decir, aquel espacio de tiempo que le quedaba al trabajdor como libre para dedicarse a sí mismo, a su autorrealización personal, al libre desarrollo de su personalidad, al cultivo de sus amistades, su creatividad, su espíritu, su descanso. Actualmente, en cambio, toda una industria del ocio, del entretenimiento, entra en forma de ruido en nuestras casas por los televisores y lo hace a gritos o en nuestras cenas y reuniones con amigos o familiares mediante la omnipresencia de pantallas, de sonidos, de imágenes, de esas mercancías de alta tecnología que son nuestros SmartPhones, de las fiestas y eventos sociales cuyo sentido y función no se entienden sin el exceso, sin el despilfarro material, sin el hiperconsumo, sin la excrecencia que como la canción de los Rolling no consigue ni puede conseguir la satisfacción. Es la lógica de la mercancía del criterio cuantitativo a ultranza que invade el ocio, el tiempo libre, hasta aniquilarlo convirtiéndolo en un espectáculo que “no conduce a ninguna parte sino salvo a sí mismo”5. En este sentido, lo que importa recalcar de la alienación social que impera y se reproduce por el capitalismo cobrando forma de espectáculo, de sociedad de consumo, de pensamiento único, etc. es que no tiene nada de inocente ni de neutral, ya que está siendo fomentado y puesto en marcha por la clase dominante. Si la alienación social se agudiza y cobra formas tanto más seductoras, sutiles y perfeccionadas cuanto más se desarrolla la técnica, la explotación y precariedad laboral, la industria cultural y del ocio que embrutece a las masas es tan sólo porque favorece a los intereses e ideología de la clase capitalista, conformando en las masas una falsa conciencia, una inversión de lo real, difundiendo entre ellas el modo de vida de la burguesía como ideal para toda la sociedad y ocultando la inconciliabilidad de los intereses de las clases sociales en lucha.

Al no encontrar el sujeto ni la autorrealización, ni la satisfacción, ni la felicidad en el trabajo forzado, ni en el ocio mediado por la lógica de la mercancía que se revela a todas luces insatisfactorio, las masas acaban entregándose a las formas más básicas, degradadas, brutales, banales y superficiales de evasión, de desconexión con el mundo real, profundizando en su alienación adoptando una conducta autómata que se confunde con la del animal:

“De esto resulta que el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la habitación y al atavío, y en cambio en sus funciones humanas se siente como animal. Lo animal se convierte en lo humano y lo humano en lo animal. Comer, beber y engendrar, etc., son realmente también funciones humanas. Pero en la abstracción que las separa del ámbito restante de la actividad humana y las convierte en fin único y último son animales”.6

No es tan solo que se dé esta inversión de las funciones humanas y animales, como señala Marx, sino que dentro de la categoría de lo humano, el estado alienante de sí mismo, conforma a un sujeto consumista degradado a su condición más infantil, se normaliza la conducta del eterno adolescente caprichoso, inseguro, que no se conoce a sí mismo ni entiende del todo el mundo que lo rodea aunque finge entenderlo, que es ignorante aunque finge saber lo que no sabe, que está desinformado pero trata de hacer ver estar a la última, fruto todo ello de una interiorización en su estructura del carácter de la lógica competitiva con sus iguales consumidores. Tal es el tipo de sujeto imperante que brutalmente se manifiesta a través de las diversas formas de alienación social.

La madurez y el adulto han muerto; la ideología del consumo homogeneiza a la sociedad en una masa honda y profunda de adolescentes consumistas compulsivos. Instalado en la brecha abierta entre el rechazo a la niñez y el miedo o desprecio a la tercera edad, el adolescente como agente social en las relaciones de consumo —caracterizado por los rasgos de narcisismo, rebeldía, la satisfacción inmediata y caprichosa de sus deseos individuales, la búsqueda de «ser verdaderamente uno mismo», etc.— opera, aun sin ser consciente, en base a las mismas premisas de una sociedad de consumo de la que, en principio, se quiere diferenciar, en tanto que participa de las mismas motivaciones psicológicas que quienes venden, publicitan, promocionan, etc., productos y servicios de consumo. Así pues, las pretensiones de diferenciación son un eficaz instrumento medial y congruente que logran una identificación con la ideología del consumo, vinculando recíprocamente a los consumidores con los productores y, por ende, a ambos dentro de la totalidad.

Y es necesario el matiz: ideología consumista no necesariamente quiere decir comprar mucho y/o gastar mucho dinero. No se trata de una mera cuestión de cantidad. Se trata más bien de la inserción en el carácter y en la actitud de aquello que Baudrillard denomina la «lógica del signo», es decir; valorar los objetos no por su valor de uso —y ya ni tan siquiera por su valor de cambio—, sino por un status asignado socialmente a los objetos de consumo, de tal suerte que el adoctrinamiento deviene en modo de vida ideal, referente, vale decir, dominante. Dijérase, en palabras de Gramsci, que deviene en hegemonía cultural (de consumo, específicamente).

Cabe entender que la aceptación de este valor de signo de los sujetos con respecto los objetos es tributaria de la ideología de la clase dominante burguesa y que la normalización de esos signos (ideológicos) opera eficazmente desde los aparatos ideológicos del Estado de que dispone la clase dominante. Y aquí cabría hablar de todos aquellos valores socialmente conceptuados como positivos dentro de la cultura (hegemónica) del ocio y del espectáculo, aprovechados por el sistema ideológico de consumo para crear nuevas «necesidades» al consumidor medio y normalizado (aquel que se inserta en las clases subalternas), haciéndole creer que es soberano, que realmente decide y define o conforma libremente dichas «necesidades», cuando en realidad “ya no trabajamos para nuestras necesidades, sino para el capital. El capital genera sus propias necesidades, que nosotros, de forma errónea, percibimos como propias”7. Al estar la lógica de la mercancía ampliada a todos los ámbitos de la vida social, todas estas «necesidades» particulares, tomadas una a una, son irrelevantes en su deseo de ser «satisfechas», puesto que se encuadran en un sistema de pseudonecesidades donde ya no impera el valor de su uso, de su goce, sino la lógica del deseo o consumo. Ya no estamos hablando de un deseo de consumo, sino más bien de un consumo del deseo, que es permanente, ilimitado, insatisfactorio, incompleto, sustituible a cada momento por un nuevo objeto, socialmente fetichizado. Es la obligación (¿dictadura?) —desde la ideología del consumo— de gozar, de ser feliz (análoga a la obligación de trabajar y producir), de la cual nadie debe sustraerse, pues en tal caso se le recordará al consumidor que ya no tiene derecho a ser feliz; «es un antisocial». En esa imposición del goce, de la diversión, de la «fiesta» se evidencia la denegación de la satisfacción del deseo. Lo que hay es una continua reproducción del espectáculo sostenida por el temor a «perderse» algo (cualquier instante de «diversión», lo que sea). Por ello, más que de «evasión» (hacia un afuera) sería más preciso hablar aquí de encierro (hacia dentro); el objeto de consumo que aísla y vuelve a las muchedumbres solitarias. Esta especie de diversión por imposición se torna, de este modo, en un aburrimiento endémico que reproduce la insatisfacción social crónica.

De este modo, se venden y promocionan las promesas (valores) de «felicidad», de «evasión», de «fiesta», promesas de «eterna juventud», de «autorrealización», «autoperfección», etc, que no sirven, pues, a otro fin que a la perpetuación de la falsa conciencia por excelencia; el dominio total sobre la vida social del espectáculo debordiano, de la sociedad unidimensional marcusiana; la clara ratificación de la hegemonía burguesa —imbuyendo a la clase proletaria de una conciencia antagónica a sus intereses— en el terreno ideológico de la lucha de clases.

Así pues, en ese marco general hecho a medida de ese sujeto unidimensional de Marcuse —o automático, que diría Jappe—, la ideología del consumo trasciende más allá de los meros hábitos y actitudes puramente personales, esto es; tiene implicaciones en el plano político en el sentido de que reproduce la autoalienación, en el sentido de que, aparentemente, enquista la lucha de clases en una suerte de espectáculo permanente donde el votante y el consumidor participan de la misma lógica del consumo, tal como señala Byung Chul-Han:

“La libertad del ciudadano cede ante la pasividad del consumidor. El votante, en cuanto consumidor, no tiene un interés real por la política, por la configuración activa de la comunidad. No está dispuesto ni capacitado para la acción política común. Sólo reacciona de forma pasiva a la política, refunfuñando y quejándose, igual que el consumidor ante las mercancías y los servicios que le desagradan. Los políticos y los partidos también siguen esta lógica del consumo. Tienen que proveer. De este modo, se degradan a proveedores que han de satisfacer a los votantes en cuanto consumidores o clientes. La transparencia que hoy se exige de los políticos es todo menos una reivindicación política. No se exige transparencia frente a los procesos políticos de decisión, por los que no se interesa ningún consumidor. El imperativo de la transparencia sirve sobre todo para desnudar a los políticos, para desenmascararlos, para convertirlos en objeto de escándalo. La reivindicación de la transparencia presupone la posición de un espectador que se escandaliza. No es la reivindicación de un ciudadano con iniciativa, sino la de un espectador pasivo. La participación tiene lugar en la forma de reclamación y queja. La sociedad de la transparencia, que está poblada de espectadores y consumidores, funda una democracia de espectadores”.8

Lo patológico de esta sociedad capitalista, en lo que concierne al carácter de los explotados y oprimidos por el sistema, transita en la contradicción entre esa pasividad moderna del espectador y del votante y la frenética actividad impuesta al trabajador-consumidor que termina por degenerar, cada vez más, en un tipo de sujeto (sujeto en el sentido de estar sometido) que es el esclavo ideal —al que sobre el papel, formalmente, se le reconoce un elenco de derechos y libertades— que se caracteriza por ser apático, desgastado por el cansancio, desorientado por la desinformación, hipnotizado por las modas, seducido por la publicidad, codicioso y devoto del dinero; sometido a lo que manda la tribu, arrogante dentro de esa errónea seguridad de sí mismo que da el estar alienado; débil con los fuertes, fuerte con los débiles; ultraindividualista, fanático de los deportes y los estadios; profeta especializado en banalidades e ideas intrascendentes, narcisista, egocéntrico, gregario; consumidor de las mitologías del momento más inmediato, sin memoria, racista y misógino, etc.

Desde la irracionalidad de su racionalidad, que diría Marcuse, el sistema, a fuerza de promocionar y explotar la libertad (de consumo, de elección, etc.) acaba generando, paradójicamente, reflejos de sumisión y coacción imperceptibles:

“El rasgo distintivo de la sociedad industrial avanzada es la sofocación efectiva de aquellas necesidades que requieren ser liberadas —liberadas también de aquello que es tolerable, ventajoso y cómodo mientras que sostiene y absuelve el poder destructivo y la función represiva de la sociedad opulenta. Aquí, los controles sociales exigen la abrumadora necesidad de producir y consumir el despilfarro; la necesidad de un trabajo embrutecedor cuando ha dejado de ser una verdadera necesidad; la necesidad de modos de descanso que alivian y prolongan ese embrutecimiento; la necesidad de mantener libertades engañosas tales como la libre competencia a precios políticos, una prensa libre que se autocensura, una elección libre entre marcas y gadgets. […] La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación. Y la reproducción espontánea, por los individuos, de necesidades superimpuestas no establece la autonomía; sólo prueba la eficacia de los controles”.9

Referencias:

1. BAUDRILLARD, J.; La sociedad de consumo, Siglo XXI, 2ª edición, 2011, pág. 247.

2. MARX, K.; Manuscritos de economía y filosofía, Alianza Editorial, 3ª edición, 2013, pág. 139.

3. BAUMAN, Z.; Tiempos líquidos: vivir en una época de incertidumbre, Tusquets Editores, 4ª edición, 2013, pág. 101.

4. DEBORD, G.; La sociedad del espectáculo, Pre-textos, 2ª edición, págs. 39 y 40.

5. DEBORD, G.; op. cit., pág. 42.

6. MARX, K.; op. cit., págs. 139 y 140.

7. BYUNG-CHUL, H.; Psicopolítica, Herder, 1ªedición, 2014, pág. 19.

8. BYUNG-CHUL, H.; op. cit., págs. 23 y 24.

9. MARCUSE, H.; El hombre unidimensional, Ariel, 1ª edición, 2010, págs. 46 y 47.

Juristas Desenadenados, 2016.

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