LeBron James: el jugador que nunca deja de creer

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Por Manuel Cobo.

LeBron «King» James nunca fue santo de mi devoción. No me llenaba el ojo. Todo lo que se escribía de él me parecía exagerado. Denominado «El Elegido», LeBron era un adolescente cuando ocupó portada de la revista Sports Illustrated. Se hablaba de su físico privilegiado, de su ambición descomunal y de que estaba llamado a marcar una época en el baloncesto estadounidense.

En el Mundial de Japón de 2006 (ha pasado una década…), de maravilloso recuerdo para los aficionados españoles, el de Akron protagonizó un sonoro fracaso junto con Dwyane Wade y Carmelo Anthony como principales estrellas. No vi en ese jugador nada más que unn físico tremebundo. Un jugador explosivo que anotaba mediante entradas a canastas indefendibles. Lo más parecido a un buldócer en un parqué. Chocar contra él era una mala noticia. Su tiro exterior, visión de juego, defensa o liderazgo aún eran aspectos manifiestamente mejorables.

En la temporada siguiente, la 2006/07, el alero de espaldas hercúleas consiguió lo impensable. Llevar a sus Cavaliers a una final de la NBA por primera vez en su historia. Para muchos, entre los que me incluyo, se trataba de un auténtico milagro. La derrota contundente ante los de Popovic y Duncan (el tiro a tabla sin ti ya no parece tan bello) fue inevitable.

Mientras la megaestrella evolucionaba en su juego, su equipo se quedaba estancado y caía en tres finales de conferencia frente al Big Three de Boston en dos ocasiones y con los Orlando Magic en otra. Aquellos sinsabores y su condición de agente libre provocaron que el jugador más cotizado del momento tomara la decisión de buscar un equipo ganador y conseguir al fin su ansiado anillo. Es aquí cuando su grado de impopularidad despegó definitivamente. Su presentación en Miami tampoco ayudó.

Aquellos Heat repetían la fórmula de tres estrellas que dio éxitos a Celtics y Lakers, y aún así no consiguió su objetivo al primer intento. A pesar de tener como compañeros a Bosh y Wade; Lebron volvió a toparse con un equipo texano. Los Mavericks de Nowitzki retrataron como pocos equipos las carencias de un jugador al que le faltaban recursos en ataque. En ello se aplicó durante el verano siguiente. Si algo ha demostrado esta fuerza de la naturaleza es que nunca se rinde. A pesar de la mofa, los memes, los símiles con la saga de Tolkien y demás creaciones de los anti-LeBron o meros aficionados al baloncesto con dosis de mala leche. Hasta la conocida firma de ropa deportiva supo sacar partido a este fiasco con algún spot marca de la casa.

En su etapa en el estado soleado, finalmente se impuso la capacidad de resiliencia del jugador todoterreno, que logró dos anillos consecutivos. El segundo ante los Spurs, consumando así su venganza. No obstante, al año siguiente, se repitió la final y los Parker, Ginóbili, Duncan y un nuevo perímetro joven que estaba fraguando Don Greg volvió a amargar al de Ohio.

Su balance era de dos anillos y cuatri finales en la etapa Miami. Cinco finales en el total de su carrera. Una estadística que otros históricos de la NBA sin título firmarían con sangre pero que, aun así, para la prensa y el propio James resultaba pobre. Y en ese momento de su carrera toma la decisión más arriesgada de su treyactoria. Volver a casa. A la ciudad que le llamó Judas. El lugar donde quemaban su camiseta. Pero poco le importó eso. Él tenía un sueño. Ganar con el equipo de su estado. Su voluntad de hierro, un puñado de refuerzos, y otra campaña de marketing sensacional hicieron el resto.

El hijo pródigo se reconcilió con sus vecinos y consiguió que sus Cavs regresaran a las finales. Lo que no entraba en los planes es que un tal Stephen Curry escoltado por un equipazo apareciese casi de la nada para amargarle la operación. Y sí, el pobre LeBron volvió a perder. Y también volvió a renacer de sus cenizas. Y con cambio de entrenador incluido a mitad de temporada Tyronn Lue aún no se lo cree logró al fin materializar un sueño largamente esperado. Por el camino también nos ha dejado enfrentamientos frente a España en los juegos Olímpicos de Pekín y Londres que han quedado en la retina del aficionado al deporte de la canasta.

En definitiva, el líder de Cleveland es un jugador capaz de participar en las cinco posiciones de la cancha, dar el máximo en el momento preciso en ataque y en defensa, ceder protagonismo a sus compañeros repartiendo juego. Se ha convertido en un jugador impresionante. El tipo de jugador que de primeras no te convence pero que te va ganando poco a poco. Un líder dentro y fuera de la cancha. No es Michael Jordan, ni Magic Johnson, ni Larry Bird. Tampoco Kobe Bryant o Tim Duncan. Incluso se puede admitir que Curry, Durant, George, Wade o Anthony pueden tener tanta calidad o más que él, pero dudo mucho que posean un corazón de campeón como El Rey.

Y es que aquel adolescente del que hablaba al principio del artículo ha cumplido gran parte de las expectativas. Pocos pueden decir eso. Es alguien que está marcando los actuales tiempos de la competición norteamericana y que sigue luchando encarnizadamente por evitar que los fabulosos Warriors, los siempre efectivos Spurs o cualquier otra sorpresa que pueda surgir impidan que su dimensión siga agrandándose. Dicho lo cual, creo que este año la final será la misma y ganarán los de Steve Kerr.

Fuente de la imagen: futbolytv.com.

Juristas Desencadenados, 2016.

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