Los dioses no quieren morir

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Por Manuel Cobo.

Al comienzo del primer Grand Slam del año, pocos daban (dábamos) un duro por esta final. Los aficionados siempre estamos deseando descubrir un nuevo ídolo, una nueva estrella mundial del deporte que nos encandile. Es algo natural, aunque contenga también un matiz de desagradecimiento hacia los que tanto nos han hecho disfrutar.

Cada aficionado tiene una o varias disciplinas deportivas que le gustan especialmente. Fútbol, baloncesto y automovilismo en mi caso. Pero cuando Nadia Comăneci aparece como una diosa de la perfección en los Juegos Olímpicos de Montreal 76, Ali y Frazier hacen temblar Manila o Alberto Tomba se desliza por Sierra Nevadael deporte se transforma en otra cosa. En epopeya y drama. En belleza. Quizás en eso tan etéreo que llaman arte.

Eso es en lo que se ha convertido el tenis desde que Roger Federer y Rafa Nadal se dedican profesionalmente a dar sartenazos a la pelota. Y cuando además se da la afortunada circunstancia de cruzarse en la pista, el síndrome de Stendhal se convierte en rutina. El asombro es costumbre juego tras juego y set tras set. Estos legendarios duelos, como los Celtic-Lakers de los 80, tienen la capacidad de trascender su propio deporte. Atrae al profano. Al que cuando le hablan de empuñadura universal o tie-break te mira como las vacas al tren. Dos jugadores que han conseguido que los Sampras-Agassi de mi infancia parezcan duelos menores. Y eso que ese período de la vida todo lo agranda.

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Hemos estado pendientes del reinado de Novak Djokovic —fantástico e impredecible jugador— y los récords que podía derribar. Hemos visto crecer y creérselo al escocés Andy Murray. Ver a otro suizo evolucionar a la sombra del amo del tenis —vaya mérito el de Stan Wawrinka— y a otros tipos resucitar de sus cenizas como el cañonero Juan Martín del Potro; por no hablar de Grigor Dimitrov, talentoso búlgaro de futuro esplendoroso.

Pero lo que se nos había olvidado de forma flagrante es que los dioses no quieren morir. Que los campeones no se pueden enterrar. Tantas veces hemos echado tierra sobre los mejores deportistas español y helvético de la historia que, a ellos, salir de sus tumbas a lo Beatrix Kiddo o Hugh Glass no les molesta.

Por mi parte, solo puedo decir dos cosas: perdón por no creer en los gigantes y gracias otra vez por esta década larga de deporte con mayúsculas.

Fuente de las imagen de cabecera: Vavel.

Juristas Desencadenados, 2017.

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