Gustos salvajes II: el boxeo

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Por Manuel Cobo.

Persisto en mi salvajismo y, siguiendo con mis aficiones inconfesables, afirmo con rotundidad que me gusta ver los grandes combates de boxeo. Si es en la categoría de los pesos pesados todavía mejor. Aunque los Pacquiao vs. Márquez también han sido sensacionales. La crisis actual de la categoría reina provoca que tenga que tirar de archivo. De las viejas leyendas.

A todo esto, ¿Cómo podemos definir un deporte en el que dos personas se dan puñetazos voluntariamente? En ocasiones con trágicas consecuencias en el mismo ring o fuera de él a medio-largo plazo. El maestro Manuel Alcántara lo define como “el arte de salir de la miseria a base de golpes”. No me atrevo a ponerle ni un pero a esa definición.

Al igual que me pasaba con el asunto taurino, tampoco soy un experto en el deporte pugilístico. No domino al dedillo los conceptos de guardia alta o baja, de la pegada, no me entero cuándo están en la distancia del dinero o juega uno con el otro.

Tampoco voy a justificar por qué me emociona ver Thrilla in Manila (el mejor combate de la historia según la mayoría de periodistas especializados) o las razones por las que me pongo en pie cuando reviso las embestidas de esa bestia de la naturaleza forjada en las calles más duras e instituciones juveniles menos agradables llamada Mike Tyson. Series de golpes que parecían acabar con la vida del desgraciado que tenía en frente en cualquier instante. Como si aquellos sacos con piernas hubieran ofendido a ese delincuente juvenil y alma atormentada en lo más profundo de su ser.

En lo referente al recientemente fallecido Muhammad Ali, hay que decir que es innegable que poseía la labia, la literatura, la personalidad, y el talento para convertirse en lo que fue. Coincidió además con una época fascinante en la historia de Estados Unidos. Fue un líder negro en una época en la que serlo te costaba la vida. Y sabemos que se enfrentó al mismísimo gobierno de su poderoso país. Puede que se trate del mejor deportista del siglo XX.

Pero estrictamente en el formato boxeador, reconozco que mis preferencias oscilan más hacia los grandes pegadores. Algo que nunca fue el anteriormente conocido como Cassius Clay. Su contemporáneo y gran rival Joe Frazier y el mordedor de Holyfield me gustaban más. Quizás no tuvieran una técnica tan depurada. No tengo ni idea. Puede que careciesen de esa estética y musicalidad a la hora de moverse por el ring. No flotaban como una mariposa ni picaban como una abeja. Se limitaban a mandarte al séptimo cielo cuando tuvieses un mínimo descuido. Como si fueses un utilitario averiado en un paso a nivel y ellos trenes de mercancías. Menos sutiles, pero no por ello peores.

Del boxeo, a diferencia de la tauromaquia, me gusta también lo que le envuelve. La liturgia, esos gimnasios de barrio y sobre todo las historias humanas que encierran. Casi siempre dramáticas. Casi siempre también interesantes, cuando no fascinantes. No es casualidad que dichos relatos que se esconden detrás de esos guerreros que se ponen los guantes a partirse la cara hayan sido fuente inagotable en la que han abrevado escritores, periodistas y cineastas de varias generaciones.

Sin ir más lejos en el séptimo arte se ha creado a lo largo del tiempo una especie de rara avis, un subgénero pugilístico que suele producir siempre cintas entre buenas, muy buenas y obras maestras. También hay algún bodrio infumable, lo admito, pero el ratio es más que aceptable.

Es la magia del uno-dos. El refugio al que muchos jóvenes de vida turbulenta acuden en busca de una oportunidad o incluso una familia. El boxeo estremece el alma sensible por los golpes que se propinan encima de la lona. Pero muchos aceptan ese precio porque ya han conocido antes los golpes aún más letales que da la vida.

Que tu único talento para sobrevivir sea que se te de bien pegar a otro ser humano no debe ser sencillo de asumir. Pero vale la pena asomarse a estos gladiadores para conocer un poco más de cerca que les ronda por la cabeza entre combate y combate. Os aseguro a los profanos que os sorprenderá. No sé si para bien o para mal. Pero os sorprenderá. Y puede que hasta os deje KO.

Fuente de la imagen: ABC.

Juristas Desencadenados, 2016.

Gustos salvajes I: la tauromaquia

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Por Manuel Cobo.

En este blog hemos realizado una entrevista a representantes del PACMA. En Juristas Desencadenados estamos en contra del maltrato animal. Así que si este artículo hiere la sensibilidad de alguna persona, e incluso de alguna de mis amistades, pido perdón de antemano.

Servidor ha tenido a lo largo de su vida un hámster, periquitos, gatos, varios perros (ahora tengo dos canes hembras preciosas)… Y unos de los recuerdos más bonitos de mi infancia es el de ver parir a vacas, jatucos preciosos que poco a poco se convertían en novillos y vacas lecheras que mi abuelo ordeñaba. Ir en carro a la hierba me parecía por aquel entonces la mayor y más emocionantes de las aventuras. Ya se sabe que la única patria de un hombre es su infancia.

Toda esta introducción sé que suena a excusatio non petita… pero tenía que decirlo para a continuación escribir de otro asunto que tiene que ver con animales. De un tema, siempre polémico, que convive en mi interior y me reconcome. Una afición no muy intensa, pero que me produce una especie de sensación, si no de culpa, al menos sí de incomodidad. Porque entre otros motivos, me da rabia no tener argumentos sólidos para defenderme en un debate sobre este tema. Igual por escrito lo consigo. Aunque creo que voy a hacer un pan con unas tortas.

Hablo de la tauromaquia. Y más allá del debate visceral y totalmente entendible de si se trata de arte o maltrato animal público, he de decir que a mí sólo me gusta ver torear a una persona. El de Galapagar. El resto del escalafón me resulta anodino y cuando se ceban en la suerte de la espada o el descabello sale mi vena animalista y aún me siento peor. El rejoneo tampoco me gusta porque para ver bailar a equinos hermosos ya hay otros espectáculos.

Confieso también que nunca he ido a una plaza de toros. Nunca he visto torear en directo. Porque me parece caro y porque además estoy casi convencido de que mi afición de baja intensidad desaparecería en el primer par de banderillas o cuando se pusiera el picador en faena. Creo que saldría del recinto despavorido. Así que ni siquiera puedo opinar con precisión o a sabiendas de las sensaciones que produce en primera fila ese espectáculo.

No tengo opinión firme y contundente. Simplemente recuerdo las escasas veces que he visto a José Tomás por la televisión y cómo me impresionaba lo que hacía. Un tipo que se arrimaba tanto, que parecía practicar otra forma de suerte distinta al resto de compañeros de oficio.

Vuelvo a pedir perdón. Quizás pertenezca a esa parte de España tan nuestra, tan tradicional y profunda y me resulta difícil admitirlo. Pero si lo pienso detenidamente, tampoco siento apego por todo lo que rodea la tauromaquia. La personalidad de los toreros me resulta indiferente cuando no simplona, son parecidos a la mayoría de futbolistas de élite en ese sentido con la única diferencia de que parecen sacados de un episodio de Curro Jiménez. La aristocracia que se da cita en el tendido y todo ese ambiente me resulta totalmente ajeno.

Lo de respetar los gustos de la gente está tan sobado que no me atrevo ni a decirlo. Hay un animal que sufre y muere. Se podría incluso tipificar esa conducta como delito.

¿Pero por qué en pleno siglo XXI sigue teniendo arraigo? No solo en nuestro país, sino en toda Latinoamérica y hasta en nuestro país vecino del norte, siempre tan avanzado e intelectual. ¿En Nimes también son salvajes?

Hace poco leí una noticia en la que se decía que las pinturas de Goya de temática taurina eran en el fondo una crítica a la fiesta. Que era uno de los pioneros de la defensa de los derechos de los animales. Quizás tengan razón. Y la corrida goyesca sea una gran ironía.

Si en un futuro se prohíbe totalmente en España y las plazas pasan a ser recintos para conciertos o shows de Red Bull, no me pondré triste. Será fruto de una lógica evolución. Los taurinos dirán que será una imposición o cosas peores.

En todo caso es innegable que es algo muy español y que está en nuestro ADN. ADN salvaje y atávico como un natural o una verónica. Esa naturaleza salvaje (que los toros van afeitados y no es un duelo justo también lo sé), es la que supongo atraía a tipos como Orson Welles, Salvador Dalí o Pablo Picasso. A Hemingway no le cuento porque a ese genio lo que le atraía era la jarana alrededor del asunto. Su novela Fiesta y Pamplona dan fe.

Resumiendo y para acabar voy a soltar unas perogrulladas, de esas que tanto gustan al caminante gallego. El toreo es violento y muy sangriento. Insoportablemente violento y sangriento. Una barbarie. Es indudable. Pero también hay estética. La hay. También es indudable.

Creo que voy a seguir con estos sentimientos contradictorios unos años más. Voy a seguir dando la razón a los defensores de los animales mientras en silencio pienso en que el miedo es ese lugar donde José Tomás se coloca para dar muletazos. Seguiré sin acercarme a una plaza de toros. Y seguiré siendo muy incoherente. Porque entre otras cosas soy español y creo que eso es un significativo resumen. No tengo remedio.

Fuente de la imagen: WikiArt.

Juristas Desencadenados, 2016.

El caminante y su sombra

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Por Manuel Cobo.

Estamos de resaca electoral. La de la izquierda y Ciudadanos intuyo que viene con dolor de cabeza y molestias estomacales. Y es que las encuestas y sondeos a pie de urna fallaron. Al estilo de un McLaren-Honda de estas dos últimas temporadas de Fórmula 1. Una traca. Aunque fiarse de israelitas y otras encuestas tampoco es la mejor estrategia. Pasamos del sorpasso al gatillazo. Y ni los más optimistas de Génova pensaban en un resultado semejante.

Sin duda, fue una noche complicada de gestionar para los que más ambiciones tenían. En un primer momento, en lo que respecta a Unidos Podemos, me gustó su reacción asumiendo que eran unos resultados decepcionantes. Lo dijo Íñigo Errejón, y también Pablo Iglesias. Las caras eran las típicas de un boxeador sonado. Cariacontecidos. Destacaba la de un Alberto Garzón que se jugaba mucho.

Pero en el intermedio entre esa primera comparecencia y la segunda fue donde algo sucedió. Quizás era necesaria esa arenga. Nunca he visto tan encendido al hombre con cara de niño. También creo que influyeron esos gritos en la fiesta del Partido Popular. Escuchar ese lema y grito de guerra en boca de los seguidores del rival tuvo que ser la mecha que encendió ese discurso enardecido.

Ahora toca desactivar el modo poscampaña y que España al fin tenga Gobierno. También toca por parte de la izquierda gestionar el varapalo.

Que el PSOE salga medio sonriendo al ver que ha aguantado la segunda posición no parece la mejor digestión. Y más si tenemos en cuenta que son sus peores resultados en democracia. Es un golpe duro. Pero no es menos cierto que pueden consolarse con que siguen siendo la fuerza hegemónica de la izquierda. Triste consuelo, pero consuelo al fin y al cabo. El ruido de sables me temo que continuará en Ferraz para mayor ansiedad de Pedro Sánchez.

Tampoco se puede decir que se trate de un no rotundo al cambio, pero está claro que la ciudadanía parece haber dado por concluido el momento para un ejecutivo de izquierdas. Las razones son variadas y se pueden explicar:

Es indudable el trasvase de votos del partido de Albert Rivera al PP apelando a la siempre efectiva estrategia del voto útil. También ha funcionado el discurso del miedo al comunismo disfrazado de morado socialdemócrata escandinavo. Su calado es innegable y esto unido a la tradicional fidelidad suicida del votante de la derecha ha hecho el resto.

Pero eso no explica del todo esa subida. Existen otros factores decisivos: La abstención y división del voto zurdo, que empieza a ser un mal endémico para los partidos de ese espectro ideológico. O incluso me atrevo a especular con la posibilidad de una fuga de votantes del ala más liberal de los de Ferraz hacia la derecha. Hasta el brexit a última hora ha podido influir en ese postrero empujón final del votante indeciso.

Otro asunto que no es baladí es ese aborto de legislatura sin Gobierno. Desde el 20 de diciembre de 2015 hasta el 26 de junio pasado, la sociedad española parece que ha tomado nota. Los que más se han mojado son los que más diputados han perdido (PSOE y Ciudadanos); los que amagaron pero no se decidieron (la confluencia IU-Podemos) han quedado igual. Y los que se quedaron haciendo la estatua desde el mismo 20 de diciembre por la noche han sido los triunfadores.

Y es aquí donde quería llegar. Al líder del partido ganador. A ese cadáver político mil veces enterrado que responde al nombre de Mariano Rajoy. Un muerto más vivo que nunca. Un zombi político que goza de una salud envidiable. Un tipo que lleva toda la vida en política. Lo recuerdo como ministro desde los 90 y ahí sigue. Inmune a críticas internas de líderes poderosos que dudaban de su carácter, a elecciones perdidas, a hilillos negros de plastilina o a corrupción de color aún más oscuro, a ministros espiados y con amigos imaginarios, a contables que cuentan sobres, a alcaldesas folclóricas metidas a senadoras o a pujantes movimientos políticos nuevos.

Un político de verbo manifiestamente mejorable, con el carisma justo, tics faciales y una comicidad involuntaria que resulta una mina para los humoristas de este país. Ese personaje que ha hecho de don Tancredo un tipo activo es el que ha triunfado. Y tengo el íntimo convencimiento de que él tampoco sabe muy bien cómo lo ha hecho.

Si se sigue su trayectoria, se puede observar que su máxima de “no tomar ninguna decisión también es tomar una decisión” le ha funcionado en todas las crisis que ha abordado. Y no han sido pocas. Igual es que su flor es inmensa. O que tiene a Soraya. O que está al frente de un partido con la base de votantes más sólida de este país.

O quizás que este caminante tiene una sombra que le susurra al oído. Y no me refiero a Bárcenas. Porque en Jorge Moragas también reside gran parte de este milagro político con barba. El tramoyista de la política de pelo rizado que domina como nadie los escenarios, los tiempos, y que consigue que su jefe salga airoso en los momentos de mayor apuro.

Un analista político sobresaliente que sabe anticiparse a los movimientos del rival. Intuir qué mensajes llegan mejor a su electorado tradicional y cuáles al del votante indeciso. Sale poco en los medios pero los maneja como pocos y es capaz de ganar el debate del debate poniendo a su jefe al teléfono con Ferreras en laSexta mientras se alejan en el coche oficial. Los pequeños detalles de la política. Los decisivos. Como en tantos otros aspectos de la vida. Con discreción y sin aspavientos.

La izquierda quizás necesita algo menos de alardes y más Moragas. Y también asumir lo antes posible que España es sociológicamente de derechas y que para mover a su electorado necesita mucho más. Para empezar un mensaje ideológico menos cambiante y alambicado. Algo sencillo que no se pierda en la retórica de las ideas.

Porque una perogrullada de Rajoy llega más a los suyos que una cita de Gramsci al electorado de izquierdas. Está comprobado. No hay que olvidar que esto es España.

Fuente de la imagen: El Mundo.

Juristas Desencadenados, 2016.

Poscampaña y Ferraz: o cómo ser Pedro Sánchez y no morir en el intento

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Por Manuel Cobo.

La precampaña, tras la primera legislatura sin lograr formar Gobierno de nuestra democracia del 78, se ha hecho muy pesada. La campaña por extensión añade un mayor plus de hartazgo viniendo de donde venimos. Pero lo que me preocupa y me aterra de verdad es la poscampaña. Es ahí donde está la clave. En el tiempo de formar un ejecutivo y de que los partidos aparquen sus eslóganes y frases hechas.

En la fallida, breve (aunque a la vez eterna) y esperpéntica legislatura que hemos vivido sin que hubiera nuevo Gobierno, lo que ha faltado ha sido precisamente desconectar el modo poscampaña.

En un ejercicio de fe casi suicida, creo que los políticos de las distintas fuerzas parlamentarias se darán cuenta del panorama ante el que se encuentran. Y del papelón y ridículo histórico que harían si provocasen unas terceras elecciones sin haber conseguido entenderse.

La única novedad, si atendemos a la tendencia que apuntan las encuestas, es que la llave de un posible Gobierno la va a tener el PSOE. Los programas de unos y otros ya son conocidos, sus discursos también; pero son los socialistas los que tendrían que hablar claro, ya sea antes o después de las elecciones, sobre que decisión van a tomar. En algún momento deberán pasar de las palabras a los hechos.

El cambio es su leitmotiv. Siendo consecuentes con ese ansiado cambio, lo lógico sería pactar con Unidos Podemos. Sin embargo, desde dentro del partido del puño y la rosa y sus satélites (saludos a Cebrián) no lo ven con buenos ojos por variados motivos. Estratégicamente para los socialistas todo dependerá de si finalmente se cumple lo pronosticado y la confluencia que encabeza Pablo Iglesias y, en un segundo plano que quiere ser primero, Alberto Garzón, consigue finalmente ese tan cacareado sorpasso.

Si es así, y el partido que lidera es un decir Pedro Sánchez se convierte en la tercera fuerza del país, sería un suicidio político que aceptara ese pacto de izquierdas. No para la carrera de Pedro Sánchez, que conseguiría una vicepresidencia probablemente, pero sí para los de Ferraz.

Pero esto no deja de ser vaticinios de un oráculo que siempre o casi siempre se equivoca.

No hay que olvidar que ese posible pacto tiene dos escollos muy duros. Por un lado el pacto con Ciudadanos que arrastra de la legislatura pasada y por el otro, y este sí que es un obstáculo difícilmente salvable para un partido que se denomina a sí mismo constitucionalista, la promesa de permitir un referéndum en Cataluña sobre la independencia que recoge la confluencia Unidos Podemos.

Y tras el único debate a cuatro de la campaña, todo ha seguido en el aire. Con insinuaciones de gran coalición, de pacto de izquierdas y más rumorología que confunde y aturde más al votante indeciso.

¿Sería mucho pedir para el ciudadano saber que pactos estarían dispuestos a realizar y cuáles no? Supongo que sí. Una frase que me llamó la atención del intento de debate del otro día fue una pronunciada por Pablo Iglesias: “En una negociación no hay líneas rojas” Yo creo que sí. Pero en todo caso, parece una invitación de la pujante formación morada, para la que incluso el tema del referéndum podría ser negociable. Yo, al menos ahí, veo un guiño. Guiño que por cierto, no sé si vio el que tenía que verlo.

En todo caso, la mayoría de analistas y también el observador medio sabe que la pelota se encuentra en el tejado de Ferraz y da la sensación de que a Pedro Sánchez (vaya época para ser secretario general elegiste, muchacho) empieza a picarle el traje, y también la de que su careta de calculada ambigüedad se le puede caer en cualquier momento empieza a ser palpable. Incluso puede que ya se le haya caído. Los Jordi Sevilla y demás barones con ansias de liderazgo y/o poder supongo que tampoco ayudan.

Si hay un político que no me gustaría ser ahora mismo es el candidato socialista. Su futuro está más en el alambre que nunca. No es una decisión sencilla. Ni tiene contrincantes sencillos. Ni a la derecha ni sobre todo a la izquierda. Ese que le susurra aquello de “no soy tu adversario, Pedro”.

Más que una china en el zapato, lo que puede suponer para el fotogénico socialista este fenómeno político, no suficientemente analizado como merece viendo su éxito, es una rama de un árbol estampándose en su cara. Metáfora visual que los votantes, militantes y dirigentes del PSOE no querrán que se convierta en profética. ¿O igual sí?

De momento, creo que Susana Díaz ya se ha puesto el peto para salir a calentar.

Fuente de la imagen: El Confidencial.

Juristas Desencadenados, 2016.

La edad de oro de las obviedades

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Por Manuel Cobo.

No se cuándo sucedió. En qué momento las obviedades empezaron a ser aplaudidas con gran entusiasmo. Como si fueran ideas innovadoras o revolucionarias. Supongo que está intrínsecamente ligado con el auge de la mediocridad y la estupidez más contumaz.

Los idiotas sin fronteras siempre dispuestos al más difícil todavía provocan que cuando alguien dice algo de cajón de madera de pino parezca un genio venido del futuro o de otra galaxia.

Por poner dos ejemplos al calor de la actualidad: llevar esteladas a un recinto deportivo no es inconstitucional. Pitar el himno de España tampoco.

No hace falta haber estudiado Derecho para saber eso. A poco que uno esté mínimamente formado, conozca las bases de una democracia o simplemente tenga dos dedos de frente lo entenderá perfectamente. Lo de los sentimientos y el debate político es otro tema. A mí no me gusta que se pite el himno de mi país. Pero no se puede prohibir hacerlo y mucho menos meter en la cárcel a alguien por ello. ¿Tan complejo resulta el asunto? ¿Tan en las trincheras estamos aún? ¿Seguimos sin aprender nada de nada?

La política se debate mejor con la cabeza que con las tripas. La gente debe poder expresarse en libertad con el único límite del Código Penal. Cada vez que alguien expresa que quiere independizarse de España u otra persona dice que no está de acuerdo y que cree en la unidad de la misma o que deben decidir todos los españoles; la otra parte no debería tomárselo como una afrenta personal, como una ofensa a su honor o dignidad, como una especie de duelo a muerte del siglo XVIII.

Me resulta tan absurdo como delirante. Confieso también que me proporciona momentos de humor que me alegran los días menos jocosos.

No creo ser el único que percibe, en los últimos años, esa escalada de tensión e histeria tanto entre nuestros representantes como en la sociedad.

Y además se añade al contexto internacional en el que nos encontramos con la crisis de los refugiados de Siria, la crisis económica que nunca acaba (sí, aún existe pese a lo que nos venden algunos), las emergencias sociales consiguientes, el auge de la ultraderecha en Europa y lo que no es Europa (saludos, Donald Trump). Es preocupante cuando menos.

Pero volviendo al contexto español, lo alucinante es que parece que hablar de política en este país de forma sosegada sin la camiseta del partido al que supuestamente perteneces fuera una utopía. Igual es cosa mía y no soy plenamente consciente del tipo de país en el que vivo. No deja de ser España. La patria de Valle-Inclán. El esperpento permanente.

Una mina de oro para la tragicomedia. Berlanga disfrutaría como un gorrino en un lodazal de estos tiempos tan confusos. Tiempos sacados de una viñeta de la revista El Jueves.

A veces tengo la paranoica sensación de que vivo rodeado de actores que interpretan un papel. Un síndrome de El show de Truman o The Cabin in the Woods que empieza a ser algo agobiante. Casi asfixiante. Marionetas o títe… Mejor no sigo. Tampoco quiero tentar a la suerte.

Por cierto, el otro día se celebró un partido de fútbol, se pitó el himno nacional, se vieron esteladas en la capital del reino y la vida siguió… “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”, que cantaba Sabina.

Que todos los dramas sean como ese.

Fuente de la imagen: El País.

Juristas Desencadenados, 2016.

El eterno caso Racing

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Por Manuel Cobo.

Envidio la cultura de club del Athletic de Bilbao. Escribir esto nada más empezar un artículo sobre el Racing es políticamente incorrectísimo en mi tierra. Soy plenamente consciente de ello. Y aunque no vivo el día a día de los del botxo; percibo que allí su equipo es sagrado y los líos institucionales surgen muy de cuando en cuando. Y si vienen mal dadas, la unión es mayor. Quizás sea una percepción errónea.

Sé que es injusto comparar y también sé que el carácter y la forma de comportarse de vascos y cántabros es muy distinta.

Pero no es menos cierto que el Racing de Santander, de un tiempo a esta parte, es un caso digno de estudio. Aunque desde luego no es el único club o, mejor dicho, S. A. D. que tiene sus “cosillas”. Pero yo hablo de mi equipo. El que me toca más de cerca. El que me duele. Y desde hace unos años he visto desfilar por El Sardinero a personajes esperpénticos. Cada nuevo infraser superaba al anterior en ruindad. Todo muy estrafalario. A ello hay que añadir la insoportable contaminación política o la surrealista división de la sociedad entorno a su buque insignia deportivo. Todo ello ha despertado en mi sentimientos encontrados que intento expresar de algún modo en este artículo de desahogo.

Quizás sin todos estos agentes externos el Racing no estaría en el pozo de 2ª B, del que afortunadamente parece que podemos salir en breve. Pero el fútbol ya sabemos cómo funciona. En todo caso, es la fractura social lo que me preocupa. La sensación triste de que el Racing se ha convertido (quizás lo ha sido desde tiempos remotos pero no se hacía a la luz de la opinión pública de los cántabros) en moneda de cambio de unos y otros; en una pelota que va y viene en el debate político. Todo eso aleja al ciudadano menos apasionado de su equipo.

Espero que la justicia, más pronto que tarde, dicte las sentencias que procedan. Que paguen los que tienen que pagar. Y dejemos de ver en portada de los medios cántabros el nombre de nuestro club vinculado a presuntos chorizos.

Que el Racing juegue su futuro en el césped de los Campos de Sport y no en Las Salesas será una buena señal.

Y es que ser aficionado de un equipo humilde pero histórico, pequeño pero orgulloso, no es nada fácil. Un club centenario de una pequeña ciudad (Santander) y una comunidad autónoma (Cantabria) reducida en extensión pero grande en todo lo demás; tiene sus pros y contras. Para empezar muchos aficionados, entre los que yo me incluyo, tenemos dos equipos en el corazón. Eso se percibe desde una parte del racinguismo más pasional como una traición.

Yo no lo veo así. Uno encuentra sus afectos y se hace de un equipo por arraigo, por familia y normalmente en un momento concreto de la infancia. Eso le pasa a servidor. Soy del Racing porque soy cántabro. Me siento representado por sus colores. Por su escudo. He ido a El Sardinero desde pequeño y siempre quiero que mi equipo, el equipo de mi tierruca, de La Montaña (cómo mola ese nombre) gane. Y soy del Real Madrid por familia. Y no tengo que pedir perdón por ello.

Igual que tengo amigos que son del Racing y del Barcelona. Y otros que son del Racing y nada más. Lo que intento expresar es que el Racing para nosotros, para nuestra tierra es algo que hay que cuidar como un tesoro. Algo que debe estar fuera del juego político. Que tiene que existir un sentimiento de unión que impida que nos vuelvan a pasar cosas como las que nos han sucedido en nuestro reciente pasado. Y aunque sea una modesta sociedad anónima deportiva, creo que tenemos recursos de sobra y hemos aprendido a base de palos para saber cuándo alguien nos quiere ayudar o estafar.

Que no nos estafen más. El fútbol, a pesar del dinero, de las sociedades interpuestas, los fondos de inversión y demás mierda, sigue siendo el último reducto donde expresar nuestras emociones. El fútbol y los equipos siguen siendo de la gente. Me da igual lo que pone en los papeles. Sin afición, sin apoyo social, un equipo no tiene alma.

El Racing sigue teniendo alma. Por eso, y a pesar de todo, sigue vivo. Más vivo que nunca

Fuente de la imagen: El Diario Montañés.

Juristas Desencadenados, 2016.

El discreto encanto del patriarcado

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Por Guillermo Caloca.

Reconociendo que la violencia contra las mujeres es una manifestación de desequilibrio histórico entre la mujer y el hombre que ha llevado a la dominación y a la discriminación de la mujer por el hombre, privando así a la mujer de su plena emancipación;

Reconociendo que la naturaleza estructural de la violencia contra las mujeres está basada en el género, y que la violencia contra las mujeres es uno de los mecanismos sociales cruciales por los que se mantiene a las mujeres en una posición de subordinación con respecto a los hombres;

Preámbulo del Convenio de Estambul1

El objeto y la intención de este artículo es indagar en algunos aspectos, aportar herramientas teóricas y aclarar prejuicios y conceptos, del modo más didáctico posible, sobre una serie de cuestiones que, en un artículo anterior2, el compañero Manuel Cobo o bien ya dejó planteadas, o bien las dejó sin abordar y que, por ser un tema tan amplio, confuso y complejo —más de lo que a simple vista pudiera parecer—,  se antoja especialmente útil e interesante profundizar en su desarrollo.

En aquel artículo, el compañero Manuel Cobo comenzaba señalando sintéticamente cuáles han sido las principales medidas jurídicas implementadas por el Estado español en los últimos años en materia de violencia de género, como son: la aprobación de la Ley 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género de 28 de diciembre (modificada por la Ley 7/2015 de 21 de julio) que crea nuevos tipos penales y establece como novedad los Juzgados de Violencia sobre la Mujer cuyas competencias objetivas se ven ampliadas con la introducción del nuevo art. 87 ter de la Ley Orgánica del Poder Judicial; la modificación del Código Penal por la Ley Orgánica 1/2015 de 30 de marzo, etc…

Seguidamente, tras este repaso legislativo, el compañero, muy pertinente y acertadamente, llega a plantearse unas preguntas inquietantes que apuntan hacia las raíces, de carácter extrajurídico, del problema:

“¿Qué sucede en la sociedad española? ¿Por qué a pesar de tal batería de medidas este fenómeno tan repugnante no cesa?

Es verdad que se han puesto en marcha desde hace años campañas de concienciación, servicios de ayuda a la mujer maltratada. Que las penas para el maltratador y asesino se han agravado. ¿Ha cambiado algo?

Bajo mi humilde punto de vista subyacen problemas en nuestra sociedad que son impermeables a todas estas propuestas y modificaciones legales. […] Y desde luego el Derecho no puede arreglar situaciones que ya están enquistadas de forma tan lamentable en una sociedad”.

En efecto, si después de tales medidas desde que en 2004 el gobierno de Zapatero aprobara la vigente Ley contra la Violencia de Género se comprueba el hecho de que casi en el mismo período (2003-2015) han sido asesinadas 980 mujeres3 no podemos esperar que desde el ámbito del Derecho —concretamente, del Derecho Penal— se vaya a dar solución a toda una forma de opresión y dominación patriarcal de carácter histórico y estructural cuyas implicaciones repercuten a nivel político, económico, social, cultural, etc. Es a partir de preguntas de este tipo cuando podemos comenzar a visualizar que las herramientas legales y judiciales son condición necesaria pero no suficiente. ¿Cómo se va a combatir o eliminar el patriarcado legislativamente si el patriarcado no está expresado ni se ha instaurado exclusivamente en y por las leyes? Como había señalado el compañero, aquí subyacen problemas más profundos, endémicos, que son impermeables a lo estrictamente jurídico.

Partiendo de aquí, surge la intención en este escrito de poner de relieve y en tela de juicio ciertos prejuicios que el sentido común patriarcal ha venido reproduciendo a modo de pautas de pensamiento y comportamiento inherentemente machistas en una sociedad construida principalmente por y para nosotros mismos; los hombres.

Un ejemplo paradigmático de estos prejuicios, tan expandido y popularizado hasta el punto de que ya casi es de sentido común (machista), es el tópico falaz de la «gran cantidad» de denuncias falsas de mujeres contra sus parejas que probaría el hecho, supuestamente incontestable, de que la opresión se ejerce «en ambas direcciones». El tema de las denuncias falsas es precisamente un asunto que preocupa en la Fiscalía General del Estado, por lo que desde el año 2009 se hace un seguimiento exhaustivo de las mismas y sobre cuya base se evidencia que “[e]ntre 2009 y 2014, de las 783.826 denuncias presentadas, sólo ha habido 49 condenas por denuncia falsa. […] Si comparamos las cifras, las condenas representan sólo el 0,006% de las denuncias.”4

Es notorio, por tanto, que el número de casos en que se deduce testimonio contra la mujer por delito de denuncia falsa (arts. 456 y 457 del Código Penal) o falso testimonio (art. 458 y ss. C.P.) se revela insignificante con respecto al total de denuncias presentadas, como se puede visualizar en el siguiente diagrama elaborado por el Consejo General del Poder Judicial5 donde se compara la variación porcentual producida entre 2009, primer año en que se registra el seguimiento de las denuncias falsas, y 2016:

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Cabe hacer una precisión al respecto para señalar que no es equiparable una sentencia absolutoria o un sobreseimiento provisional por falta de pruebas a una denuncia falsa6, confusión que puede llevar a sostener falazmente la «tesis de las denuncias falsas» en virtud de la cual proliferan ubérrimas denuncias falsas gracias a las cuales las mujeres obtendrían privilegios procesales y ayudas asistenciales sirviéndose de las ventajas jurídicas de la Ley 1/2004.

No obstante, la finalidad de este escrito es trascender más allá de lo jurídico para ahondar en los aspectos ideológicos y sociológicos que subyacen bajo las manifestaciones más virulentas y sangrientas —las inmediatamente perceptibles—  del patriarcado para así dirigir el enfoque hacia una autoconciencia crítica sobre nuestro histórico papel privilegiado de comodidad y conformismo en detrimento de la subordinación, exclusión, sufrimiento e invisibilización de las mujeres; dar cuenta, por tanto, de cómo y en qué medida el patriarcado —en tanto que relación social— se reproduce y perpetúa como hegemonía ideológica en y desde la totalidad de la vida social, política, cultural…

¿Y en qué consiste esta hegemonía? Al igual que ocurre con la hegemonía del pensamiento burgués implementada desde la Revolución francesa, la hegemonía patriarcal opera desde los aparatos del Estado en su versión represiva, pero, sobre todo, en su versión ideológica y que, en cierto modo, podría decirse que ambas —ideología burguesa y normatividad heteropatriarcal— se yuxtaponen y se interrelacionan a la hora de conformar el sentido común dominante en la sociedad capitalista. No obstante, esta yuxtaposición ideológica no es inherente a la historia desde el origen de los tiempos, puesto que la fuerza hegemónica patriarcal lleva muchos más siglos funcionando como máquina de opresión para la mitad de la humanidad. Desde que existe el patriarcado, su hegemonía se ha adaptado a —y se ha complementado con— la ideología y a los aparatos ideológicos de la clase social que en cada tiempo y lugar históricos ha detentado el poder, reforzando así el orden existente y su forma de ver el mundo.

Si bien es cierto que esta hegemonía patriarcal se refuerza, yuxtaponiéndose a la burguesa, desde el Estado y sus leyes tanto por la represión como por la ideología, no lo es menos que también opera desde el ámbito privado, consistiendo tal hegemonía en lo que Gramsci entiende como “la correspondencia espontánea y libremente aceptada entre los actos y los principios admitidos por cada individuo, entre la conducta de cada persona y los fines que la sociedad se plantea como necesarios, correspondencia que es coactiva en la esfera del Derecho positivo técnicamente entendido y es espontánea y libre (más estrictamente ética) en aquellos ámbitos en que la coacción no es estatal sino de opinión pública, de ambiente moral, etc.”7

 Así pues, lo relevante del poder estatal, lo que le confiere ese marcado carácter masculino, no es que el Estado esté copado en su mayoría por el sexo masculino sino que la forma, la perspectiva desde la que se ejerce ese poder es masculina y las leyes al servicio de ese Estado perpetúan esa dominación; la masculinidad como referencia de todas las cosas en las relaciones en el seno de la sociedad civil y entre ésta y el Estado. Esa forma de poder se canaliza y opera tanto en el ámbito público como privado de nuestra sociedad a través del Estado (aparato de aparatos) y de sus aparatos ideológicos —que más abajo describiremosdestacando, sobre todo, en el ámbito privado, la institución de la familia por ser donde se reproduce desde la más temprana infancia la educación patriarcal y donde cristaliza el trabajo doméstico de las mujeres, pilar invisible y fundamental de la sociedad capitalista:

“El trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir a los que ganan el salario, física, emocional y sexualmente, tenerlos listos para el trabajo día tras día. Es la crianza y cuidado de nuestros hijos —los futuros trabajadores— cuidándoles desde el día de su nacimiento y durante sus años escolares, asegurándonos de que ellos también actúen de la manera que se espera bajo el capitalismo. Esto significa que tras cada fábrica, tras cada escuela, oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres que han consumido su vida, su trabajo, produciendo la fuerza de trabajo que se emplea en esas fábricas, escuelas, oficinas o minas. Esta es la razón por la que, tanto en los países «desarrollados», como en los «subdesarrollados», el trabajo doméstico y la familia son los pilares de la producción capitalista. La disponibilidad de una fuerza de trabajo estable, bien disciplinada, es una condición esencial para la producción en cualquiera de los estadios del desarrollo capitalista. Las condiciones en las que se lleva a cabo nuestro trabajo varían de un país a otro. En algunos países se nos fuerza a la producción intensiva de hijos, en otros se nos conmina a reproducirnos, especialmente si somos negras o vivimos de subsidios sociales o si tendemos a reproducir «alborotadores». En algunos países producimos mano de obra no cualificada para los campos, en otros trabajadores cualificados y técnicos. Pero en todas partes nuestro trabajo no remunerado y la función que llevamos a cabo para el capital es la misma”.8

Se pone de manifiesto, entonces, que allí donde no pueden llegar el Estado y sus leyes ni sus aparatos ideológicos son las instituciones de la sociedad civil las que mejor pueden contruibuir a perpetuar la hegemonía patriarcal allí donde —como en la familia— no hay necesidad de intervención directa por parte del Estado, constatando, de este modo, que “el ámbito de libertad privada de los hombres es el ámbito de subordinación colectiva de las mujeres”.9

Esta normatividad androcéntrica proyecta en la existencia del hombre la cualidad de su inmanencia. Es decir, en un contexto de hegemonía patriarcal, la mujer encuentra explicación o justificación de su destino en otro ser: el hombre. En el patriarcado, la mujer no existe para sí misma. El hombre, por el contrario, contiene en sí mismo su razón de ser, pues “[l]a fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación: la visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla”.10 La jerarquía de valores vigente en esta sociedad es tributaria del criterio y los intereses que los hombres hemos impuesto como referencia implícita. La inmanencia de la existencia del hombre es la que explica, en buena parte, nuestra posición de privilegiados en la sociedad patriarcal y el hecho de que “durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural”.11

Pero hay un elemento de carácter más ideológico que represivo que coadyuva, de manera casi imperceptible, a reproducir esta hegemonía y que es esencial tener muy presente: la violencia simbólica. ¿Qué es y cómo opera? Veamos lo que a  este respecto señala Nuria Varela:

“La violencia simbólica no es “otro tipo de violencia” como la física, psicológica o económica, sino un continuo de actitudes, gestos, patrones de conducta y creencias, cuya conceptualización permite comprender la existencia de la opresión y subordinación, tanto de género, como de clase o raza. La violencia simbólica son los resortes que sostienen ese maltrato y lo perpetúan y está presente en todas las demás formas de violencia garantizando que sean efectivas. Cuando hablamos de violencia simbólica nos referimos, como plantea Alda Facio, a la familia patriarcal, la maternidad forzada, la educación androcéntrica, la heterosexualidad obligatoria, las religiones misóginas, la historia robada, el trabajo sexuado, el derecho monosexista, la ciencia ginope, etc… pero fundamentalmente a los gestos, silencios, miradas, signos, mensajes, que hacen posible que esas instituciones existan porque constituyen y designan en mujeres y varones, desde que nacen, la posición social que ocuparán, el rol de género a través del cual ejercerán posiciones de poder o de subordinación”.12

Podemos apreciar, que se trata de formas muy sutiles de nocividad social pero tan fuertemente arraigadas en la mentalidad y la conducta que se tornan imperceptibles, casi invisibles, que tienden a jerarquizar las relaciones entre hombres y mujeres en perjuicio de éstas, puesto que, como dice Bourdieu, las dominadas “aplican a las relaciones de dominación unas categorías construidas desde el punto de vista de los dominadores, haciéndolas aparecer de ese modo como naturales.”13 Cabe destacar, asimismo, lo que Bourdieu nos advierte tener en cuenta a la hora de delimitar el concepto de violencia simbólica; lo que éste no es y todo aquello con que no debe confundirse:

“Al tomar «simbólico» en uno de sus sentidos más comunes, se supone a veces que hacer hincapié en la violencia simbólica es minimizar el papel de la violencia física y (hacer) olvidar que existen mujeres golpeadas, violadas, explotadas, o, peor aún, querer disculpar a los hombres de tal forma de violencia. Cosa que, evidentemente, no es cierta. Al entender «simbólico» como opuesto a real y a efectivo, suponemos que la violencia simbólica sería una violencia puramente «espiritual» y, en definitiva, sin efectos reales. Esta distinción ingenua, típica de un materialismo primario, es lo que la teoría materialista de la economía de los bienes simbólicos, que intento elaborar desde hace muchos años, tiende a destruir, dejando que ocupe su espacio teórico la objetividad de la experiencia subjetiva de las relaciones de dominación. […] No voy a afirmar que las estructuras de dominación sean ahistóricas, sino que intentaré establecer que son el producto de un trabajo continuado (histórico por tanto) de reproducción al que contribuyen unos agentes singulares (entre los que están los hombres, con unas armas como la violencia física y la violencia simbólica) y unas instituciones: Familia, Iglesia, Escuela, Estado.”14

Así pues, la violencia simbólica se halla ínsita y es un elemento fundamental en lo que Althusser denomina los aparatos ideológicos del Estado15, a saber: los aparatos ideológicos de información (prensa, radio, televisión, etc.); los aparatos ideológicos políticos (el sistema político, sus distintos partidos…); los aparatos ideológicos escolares (el sistema de las distintas escuelas públicas y privadas); los aparatos ideológicos sindicales, religiosos, familiares y culturales. Es decir, se trata de aquellas instituciones políticas, sociales, económicas, etc., desde las cuales se reproducen las relaciones capitalistas de explotación, la ideología y los intereses de las clases dominantes, aunque habría que añadir que en esos aparatos ideológicos la imposición de la dominación masculina por medio de la violencia simbólica juega un papel transversal en todos ellos, tanto desde el ámbito público como privado. Para sintetizarlo a modo de simplismo: el Estado y sus aparatos ven y tratan a las mujeres tal como los hombres ven y tratan a las mujeres.

No es arriesgado aventurarse a decir que la ocultación de esta violencia simbólica, es decir, su no comprensión, —en tanto que no es inmediatamente visible, en tanto que no es fenomenológicamente perceptible— puede dar cuenta de por qué se tiende a considerar al patriarcado como una forma de opresión menor, secundaria, ya que éste sólo oprimiría (según el relato hegemónico construido) en aquellos casos aislados en que mata, viola, acosa, agrede o humilla físicamente. El hecho de que sea arduo y costoso entender y percibir la violencia simbólicia como una forma de opresión —así como defenderse de ella— es lo que tal vez explica que muchos hombres lleguemos a contarnos a nosotros mismos que por no violar a mujeres o por no maltratar físicamente a nuestra pareja no somos machistas, no somos opresores, y que todas aquellas conductas, gestos y creencias, que realmente se encuadran bajo el signo de la violencia simbólica, no son para nosotros sino «lo que está mandado», es lo socialmente permitido y asumido y, aún más, es lo que las propias mujeres desean que les digan, que les hagan o que piensen de ellas. De este modo, es debido a la ocultación de esta violencia simbólica que se justifica como algo normal que «llorar como una mujer» sea signo de debilidad en los hombres; que ser un cobarde sea equivalente a ser «un marica»; que las mujeres sean «putas» o «zorras» según vistan de determinada manera antinormativa; que para «estar buenas» deban ajustarse al aspecto dictado por la industria de la moda o la publicidad; que sea conveniente en este contexto social heteropatriarcal que las dejen entrar sin pagar a una discoteca (lo cual se suele aducir como un «privilegio» de las mujeres para minimizar o negar el patriarcado); que el propio lenguaje constate la dominación masculina y la discriminación de la mujer empleándose sin ser cuestionado; que la empatía por parte de los hombres sea casi una utopía, etc.

También la polémica y controvertida Valerie Solanas pone de relieve esta violencia simbólica cuando recuerda una típica situación que millones de mujeres se ven compelidas a tener que soportar casi a diario y que es incuestionada por los hombres:

“El macho no ve para nada incorrecto entrometerse en los pensamientos de cualquier mujer, aunque se trate de una completa desconocida, en cualquier lugar y en cualquier momento, sino que se siente indignado e insultado cuando se le menosprecia por hacerlo, y también confundido: no puede entender por qué alguien puede preferir un minuto de soledad antes que la compañía de un indeseable”.16

Como bien dice Solanas, esta violencia simbólica es tan imperceptible que si una mujer decide defenderse de ella puede conllevar el enfado y la total incomprensión de los hombres que tenemos ese tipo de comportamientos y actitudes. Esa imperceptibilidad hace que ese tipo de comportamientos, palabras, gestos, etc., no sean algo que deba ser corregido, puesto que es incuestionable, sino que, al contrario, se hace (solemos hacer) gala de ello.

En definitiva, el lector podrá concluir después de todo lo dicho que, aunque no vaya a darse una solución de hoy para mañana a las formas más graves y sangrientas de violencia de género que con frecuencia aparecen en los telediarios, al menos habrá tomado una ligera conciencia —si no lo había hecho ya— sobre las formas de opresión de machista más imperceptibles, más cotidianas y más normalizadas que los maltratos físicos, feminicidios, acosos, violaciones, etc., y que son previos y simultáneos en el tiempo a la realización de estas conductas atroces. Si comenzamos por visualizar, desde nuestra pequeña jurisdicción personal, nuestras propias conductas tóxicas de carácter simbólico y a autocorregirlas —en mayor medida si somos hombres— no sólo estaremos más capacitados para sensibilizarnos integralmente sobre las dimensiones de la opresión patriarcal y para adelantarnos a su influencia, sino que seremos mejores personas, concibiendo y gestionando nuestras relaciones sociales de una manera más sana, para nosotros mismos y para los demás. Ahora bien, huelga decir que este escrito no contempla, ni lo pretende, un estudio total y completo ni sobre las causas históricas y sociales de la dominación patriarcal como tampoco ofrece guía alguna para la acción colectiva que requeriría una transformación radical del orden social existente, materia que excede sobremanera el ámbito y el espacio de este trabajo. No debemos olvidar que la ideología machista dominante se puede y se debe subvertir mediante una toma de conciencia que la combata pedagógicamente, pero que es necesario además modificar las bases materiales que reproducen y legitiman histórica y estructuralmente dichas pautas de pensamiento y conducta que subordinan a las mujeres para, de este modo, iniciar un efectivo proceso de emancipación colectiva y total de la opresión patriarcal.

Bibliografía:

  1. CONSEJO DE EUROPA, Convenio sobre prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica (11 de abril de 2011) http://www.msssi.gob.es/ssi/igualdadOportunidades/internacional/consejoeu/CAHVIO.pdf
  2. MANUEL COBO, Violencia de género: la lacra de la sociedad española que debe terminar. Juristas Desencadenados (3 de marzo de 2016) https://jdesencadenados.wordpress.com/2016/03/03/violencia-de-genero-la-lacra-de-la-sociedad-espanola-que-debe-terminar/
  3. Cifras oficiales extraídas de las estadísticas elaboradas por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género para el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad: http://www.violenciagenero.msssi.gob.es/violenciaEnCifras/victimasMortales/fichaMujeres/home.htm

En este escrito se ha optado por prescindir de la cifra de víctimas referidas al año 2016, por no haber concluido éste. De haber incluido en el cómputo las víctimas asesinadas en este año la cifra total, al momento presente de redactar estas líneas, sería de 993. Hay que señalar que, aún con todo, ésta es una cifra muy pequeña que contempla tan sólo un período muy limitado y concreto si tenemos en cuenta que el Ministerio de Sanidad registra datos oficiales de víctimas mortales desde el año 2003.

  1. DIARIO EL MUNDO, Entrevista a Pilar Martín Nájera, Fiscal de Sala delegada de Violencia contra la Mujer (26 de noviembre de 2015) http://www.elmundo.es/sociedad/2015/11/26/56564863e2704ee77b8b456d.html
  2. CONSEJO GENERAL DEL PODER JUDICIAL, Estudio sobre la aplicación en la Ley Integral contra la Violencia de Género por las Audiencias Provinciales (marzo de 2016) pág. 169.
  3. A este respecto, véase la distinción entre la no condena y la falta de prueba suficiente en la Memoria de la Fiscalía General del Estado (2012) pág. 642 y ss. y los motivos de absolución en el Estudio sobre la aplicación en la Ley Integral contra la Violencia de Género por las Audiencias Provinciales elaborado por un Grupo de expertos y expertas en Violencia Doméstica y de Género del CGPJ (marzo de 2016) pág. 37 y ss.
  4. ANTONIO GRAMSCI, La política y el Estado moderno. Ed. Biblioteca Pensamiento Crítico (2009) pág. 229.
  5. SILVIA FEDERICI, Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Ed. Traficantes de Sueños (2013), págs. 55 y 56.
  6. CATHARINE A. MCKINNON, Hacia una teoría feminista del Estado. Ed. Cátedra (1995) pág. 301.
  7. PIERRE BOURDIEU, La dominación masculina. Ed. Anagrama, S.A. (2000) pág 22.
  8. VIRGINIA WOOLF, Una habitación propia. Ed. Seix Barral (2008) pág 28.
  9. NURIA VARELA, Violencia simbólica. (2013) http://nuriavarela.com/violencia-simbolica/
  10. PIERRE BOURDIEU, op. cit., pág 50.
  11. PIERRE BOURDIEU, op. cit., pág 50.
  12. Véase LOUIS ALTHUSSER, Ideología y aparatos ideológicos del Estado. (1970)
  13. VALERIE SOLANAS, Manifiesto SCUM. Ed. Herstory (2008), pág. 38.

Fuente de la ilustración: jorgebosia.blogspot.com

Juristas Desencadenados, 2016.

 

 

 

Unión Europea: la miserable decadencia de un OPNI (objeto político no identificado)

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Por Manuel Cobo.

Estamos asistiendo en los últimos años y más aún en estos últimos meses, acentuado con la guerra en Siria y el surgimiento del Estado Islámico, a un fenómeno de inmigración masiva que está dejando en evidencia un proyecto que el observador más avezado ya intuía que no iba a ningún lado. Hablo de la UE. Ese mostrenco político lleno de burocracia, felices ideas y buenas intenciones que ha sido y sigue siendo incapaz de afrontar los problemas que se le presentan.

El Frankenstein político al que pertenece nuestro país tiene su origen en el Tratado de Roma de 1957. Ya unos años antes, se había constituido la CECA. Pero más allá de repasar la historia de los antecedentes de la UE, me gustaría reflexionar sobre la utilidad de dicha institución o proyecto. Porque esa es otra.

¿Qué es la UE? Es un proyecto común de unos cuantos países europeos que compartimos unos valores comunes. Eso nos dijeron al menos. La realidad nos dice claramente otra cosa. Hace unos años me creía esa definición. Estudié el Convenio de Derechos Humanos, los reglamentos, las directivas, los tratados. En definitiva, toda esa panoplia legislativa.

Como digo todo lleno de ideas brillantes. No lo niego. Compartir una moneda común, que las personas puedan circular libremente, el espacio de justicia europeo, etc. Incluso hubo un proyecto de constitución europea que se votó en referéndum. ¿Os acordáis?

Luego la realidad poco a poco ha ido desmontando ladrillo a ladrillo el edificio. Aunque quizás si tus cimientos son endebles solo con una ligera brisa todo se puede venir abajo.

¿cuáles son los objetivos reales de la UE? ¿Que sus países juntos sean más competitivos económicamente? Cedemos soberanía pero solo a ratos. Cachitos pequeños. ¿Cada miembro tiene el mismo peso? Se puede ser de un club y tener privilegios respecto a otros. ¿Los que tienen más deben ayudar a los que tienen menos siempre? ¿O solo hasta cierto punto? ¿Es una Europa social lo que estamos viviendo?

En fin, que tengo más preguntas que respuestas. Aunque, desde luego, alguna certeza si que albergo.

Para empezar, que esta copia mala de unos Estados Unidos de Europa está naufragando. Que aquel muro que cayó en Berlín ahora es más grande, tiene pinchos (no concertinas que suena mucho menos crudo) y recorre prácticamente todos los límites de nuestro continente para dejar morir ahogados, o de hambre o frío a miles de personas, familias enteras, niños incluidos; que huyen de la guerra, el Estado Islámico y en definitiva del infierno.

Y sí puede que mi artículo suene demagógico. No soy ajeno a las voces que dicen que aquí ya tenemos suficientes problemas, incluso que vienen terroristas infiltrados entre ellos. Qué cómo los atendemos, etc. Por cierto, juraría que se firmó un acuerdo de reparto de refugiados.

No soy un mago. No tengo soluciones. Solo soy un mero observador con algo de sensibilidad aún. Y el tema de los refugiados no es más que una excusa. Un asunto de primera necesidad que requiere inmediatez. Y, al igual que ha pasado con otros asuntos (crisis económica, terrorismo, deuda pública, Rusia, Reino Unido, racismo…), la UE no solo no ha hecho nada o ha manifestado su inutilidad, sino que yendo más allá en su estulticia, mira para otro lado o peor aún firma acuerdos para que otros hagan el trabajo sucio.

Y también es cierto que esta crisis humanitaria no es solo culpa de Europa. Pero de verdad, ¿la UE y sus países miembros no podemos hacer algo más? ¿No hemos aprendido nada de nuestro pasado reciente?

Si seguimos impasibles ante esas imágenes que nos muestran un día sí y otro también lo miserable que podemos llegar a ser como especie, volveremos a ser como el niño del tambor de hojalata. Testigos extraños de un horror indescriptible. Ese bucle espantoso llamado Historia.

No seamos testigos por una vez. Seamos protagonistas y hagamos algo. Por favor, creo que somos mejor de lo que estamos demostrando hasta el momento.

Juristas Desencadenados, 2016.

Violencia de género: la lacra de la sociedad española que debe terminar

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Por Manuel Cobo.

La violencia de género muy a nuestro pesar continua siendo de actualidad. Desde el gobierno central, los autonómicos, los ayuntamientos y en general las administraciones públicas se han buscado y se siguen buscando soluciones para erradicar esta lacra. También es encomiable la labor de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, la sanidad y el ámbito de los profesionales de la psicología.
Desde el punto de vista jurídico, el hito más reseñable de los últimos tiempos es la aprobación de la Ley 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Ley que supone un antes y un después modificando varios artículos del Código Penal y creando tipos nuevos; además de la novedad del establecimiento de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer.
Más recientemente se ha introducido una modificación a la mencionada legislación, con la Ley 7/2015 de 21 de julio. Las novedades más significativas que me gustaría resaltar son:

Un nuevo artículo 87 Ter de la Ley Orgánica del Poder Judicial (En adelante LOPJ) que amplía la competencia objetiva de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer a los delitos contra el honor, intimidad personal e imagen. También al delito de quebrantamiento de condena (468 del Código Penal), cuando la víctima es una mujer víctima de violencia de género.

Adecuación también de este nuevo 87 Ter de la LOPJ a la modificación del Código Penal (Ley Orgánica 1/2015, de 30 de marzo) por el cual desaparecen las faltas y los denominados delitos leves que tengan relación con la Violencia de Género también pasan a ser competencia de estos juzgados especiales de instrucción.
Por último, reseñar que se garantiza a las víctimas de este tipo de violencia una asistencia técnica y profesional integral por parte de los equipos adscritos a la Administración de Justicia, en especial, en el ámbito de los Institutos de Medicina Legal y Ciencias Forenses (Artículo 479 LOPJ).
Las medidas cautelares pueden mantenerse hasta la firmeza absolutoria de la sentencia. Aunque es necesario que el juzgado de los penal realice un pronunciamiento expreso sobre la necesidad del mantenimiento de dichas medidas. Artículo 69, Capítulo IV de la Ley 1/2004.
Y después de todo lo expuesto y unos cuantos detalles legales más que sería demasiado árido detallar a efectos de este artículo; hay que decir que en nuestro país siguen muriendo asesinadas mujeres a manos de sus parejas hombres. Por cierto, servidor no va a entrar en el debate absurdo y comparativo de que también los hombres sufren violencia a mano de sus parejas mujeres y de la violencia entre parejas homosexuales, ya sean gays o lesbianas. (Claro que existe y nadie lo niega).
Me centro en la violencia ejercida por parte de la pareja o marido hombre sobre la mujer porque entre otros motivos es de la que se ocupa con mayor y especial atención el legislador; (independientemente del color político del gobierno de turno) puesto que se trata de un problema que lejos de erradicarse continua persistente en nuestra sociedad. A las tristes cifras me remito.
¿Qué sucede en la sociedad española? ¿Por qué a pesar de tal batería de medidas este fenómeno tan repugnante no cesa?
Es verdad que se han puesto en marcha desde hace años campañas de concienciación, servicios de ayuda a la mujer maltratada. Que las penas para el maltratador y asesino se han agravado. ¿Ha cambiado algo?
Bajo mi humilde punto de vista subyacen problemas en nuestra sociedad que son impermeables a todas estas propuestas y modificaciones legales.
Y hago especial énfasis en los hombres. Aquellos que mantenemos una relación sana y de respeto entre iguales con nuestras amigas, parejas, madres, abuelas, etc. Somos nosotros los que tenemos que dar un paso adelante en determinados foros públicos cuando contemplamos escenas de machismo o micromachismo. Creo que es a partir de pequeños gestos como se cambian las cosas.
Y desde luego el Derecho no puede arreglar situaciones que ya están enquistadas de forma tan lamentable en una sociedad. Las leyes son el último recurso cuando todo falla. Y muchas cosas parecen estar fallando si cada día tenemos que desayunarnos con noticias de este tipo.
Por tanto antes del Código Penal, las medidas cautelares, las órdenes de alejamiento o el teléfono para la mujer maltratada; deben ponerse en marcha otro tipo de herramientas. Porque todas esas cortapisas y penas son a posteriori del hecho delictivo, cuando ya no tiene remedio. Y la supuesta función de prevención general del ordenamiento jurídico penal es ineficaz, o cuanto menos inapreciable a todas luces.
Hay que poner el foco en qué estamos haciendo mal como sociedad. Porque está claro que estamos haciendo algo mal cuando es algo tan generalizado.
Implicarse en todos los ámbitos y desde luego y sobremanera poner el foco en el antes. En la educación. Cuando aún hay remedio. Cuando la persona está aún en formación. Contra más temprana edad mejor. Que en nuestros centros escolares existan asignaturas que promuevan una serie de valores básicos que provoquen un cambio real y efectivo para que nuestras amigas/compañeras puedan sentirse seguras. Para que por fin en España ser mujer no entrañe un peligro en sí mismo y los hombres no nos tengamos que avergonzar de nuestro género cada vez que visionemos un telediario.
No creo que sea utópico pensar que como sociedad podemos ser mil veces mejores de lo que estamos demostrando hasta el momento.
Queda muchísimo por hacer. Pero resignarnos no es una opción.
Desde Juristas Desencadenados seguiremos aportando nuestro humilde granito de arena y llamando la atención sobre este y otros temas que preocupan a los españoles.

Bibliografía:

Juristas Desencadenados, 2016.

El Estado autonómico: el debate que nunca acaba

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“España es el único lugar del mundo donde 2 y 2 no suman 4″.

Lord Wellington.

Por Manuel Cobo.

Cada persona que haya abordado este asunto en los últimos 38 años siempre podrá comenzar con la frase: “Es un tema de rabiosa actualidad”. Y es que, efectivamente, el Estado autonómico que diseñó, al menos en parte, nuestra Constitución de 1978 y a través del principio dispositivo los estatutos de autonomía de las diferentes comunidades autónomas; ha sido, es y sigue siendo un asunto capital del debate jurídico, económico, social y por supuesto político.

Desde Juristas Desencadenados, nos gusta centrarnos en lo que conocemos, el mundo jurídico. Pero tenemos claro que detrás de las leyes, de las normas, siempre va a haber ideología, más o menos intensa. Desde luego, este es uno de los temas en los que es inútil abstraerse de tal circunstancia.

Al tratarse de un tema complejo y con muchas aristas, nada mejor que seguir un orden y empezar por nuestra mencionada Carta Magna. Es en ella donde se esboza la llamada España de las autonomías, estado autonómico o la organización territorial del Estado como dice su Título VIII.

Y es que si echamos la vista atrás podemos advertir un fenómeno que desde todos los puntos de vista se antoja casi milagroso, por no decir mágico. La transformación en apenas cinco años de vértigo (si partimos del año en que se aprueba la Constitución hasta la fecha en que se aprueba el último estatuto de autonomía el de Castilla y León en 1983) de un Estado centralista a machamartillo a otro con una descentralización muy acusada.

Por tanto, a mediados de los años 80 del siglo XX nuestro país caminaba por una senda nueva. Una senda que parece llegar a su fin en vista de los acontecimientos a los que estamos asistiendo en los últimos tiempos o al menos amaga con bifurcarse.

Y es que las continuas reformas de los estatutos de autonomía y en especial en aquellas autonomías donde existen fuerzas políticas nacionalistas de carácter independentista han provocado que paulatinamente el artículo 148 se agotara. Aunque aquí hay que precisar que, si bien aparentemente la distribución de competencias Estado-Comunidades autónomas se rige por las dos listas existentes en el mencionado 148 y el 149 (el llamado sistema de doble lista) en realidad, es algo más complicado. Puesto que existe un principio dispositivo al que hacía alusión al principio (artículo 149.3) por el cual todas aquellas competencias no mencionadas expresamente como exclusivas del Estado podrán ser asumidas por las Comunidades Autónomas a través de sus estatutos de autonomía. Por tanto, son ellas y no el Estado central, las que están en disposición de aumentar sus competencias. Aunque también podrá realizarse esa asunción a través de transferencia del Estado mediante Ley Orgánica. Artículo 150.

Todo esto mucho mejor expuesto y con un lenguaje más riguroso, preciso y científico lo dejó negro sobre blanco el Tribunal Constitucional en su sentencia STC 76/1983. Alguna otra sentencia interesante en este mismo sentido es la STC 31/2010 que declara inconstitucional preceptos del Estatuto de Autonomía de Cataluña (Ley Orgánica 6/2006, de 19 de julio) por invadir competencias que eran exclusivas del Estado.

¿Pero qué sucede si las reivindicaciones de los poderes autonómicos van más allá? ¿Qué respuesta jurídica cabe ante la demanda de independencia de Catalunya?

Desde algunos sectores se apunta a una reforma de la constitución para ir hacia un modelo federal. Otros hablan directamente de abrir un nuevo proceso constituyente, dando por finiquitado este período que se inició en 1978.

A la primera idea hay que decir que es difícil cambiar una cosa que crees que debe ser otra cosa que en realidad ya es. Me sorprende esa confusión nominal que parece existir en algunas personas. Aunque se denomine autonómico nuestro modelo no puede ser más federal. La prueba clara es que cumple con las características esenciales de este tipo de modelo. A saber:

  • Un Estado central y entes territoriales con autonomía administrativa, política y legislativa.
  • Un órgano judicial que resuelva los conflictos competenciales que puedan originarse entre el estado central y esos entes territoriales.
  • Distribución de la financiación de acuerdo a unos criterios de solidaridad y justicia.
  • Que tal modelo no pueda ser alterado ni modificado por ley ordinaria.
  • Una cámara donde estén representados esos entes territoriales.

El lector atento puede decir que al menos el último punto no se cumple puesto que el Senado es una cámara con escasa relevancia y si bien en teoría representa la diversidad territorial de este país, en el fondo sabemos que no es así y los senadores se pliegan a la disciplina de voto partidista.

Pero negar la naturaleza federal de España es no querer ver la realidad. Ahora bien ¿Este sistema ha saciado la sed de los nacionalismos periféricos? ¿Es la respuesta a las reivindicaciones independentistas?

Que el lector saque sus propias conclusiones. Lo único claro es que la encrucijada actual con el “procés” en Catalunya y la irrupción de los partidos emergentes nos hacen ser testigos de momentos políticos decisivos para nuestro país.

Veremos qué Gobierno central se conforma y si hay una reforma constitucional (Título X. “De la reforma constitucional”)

Hay quien dice que la Historia es cíclica y que se repite como un bucle. Quién sabe si regresaremos a nuestro loco y convulso siglo XIX en el que si te despistabas un momento no te enterabas si vivías en una monarquía, una república y ni mucho menos quién tenía el poder.

Bibliografía:

  • Nacionalidades históricas y regiones sin Historia. Roberto L. Blanco Valdés. Alianza Editorial. 2005.
  • El Estado de las autonomías. Antonio Monreal. Tecnos. 1991.
  • Las nacionalidades. Escritos y discursos sobre Federalismo. Francisco Pi i Margall. Akal. 2009
  • http://www.congreso.es
  • http://www.tribunalconstitucional.es

Juristas Desencadenados, 2016.